La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Mientras Amaia conduce, de nuevo, hacia Madrid, despotrica con el hecho de que al final tendrá que pedir un préstamo para poder pagar la dichosa gasolina.

—¿No tienes gastos de gasolina ilimitada como inspectora jefa? —indaga Rocío.

—Sí —le confirma la vasca —. Pero los cabrones tardan en pagarla, y ahora que el comisario Mendoza está en el hospital, peor todavía.

—¿Cómo está?

—De momento sigue igual, esperan que en unos pocos días hayan más avances en su estado. Despierto está, pero no ha dicho nada.

El cadáver de Remedios, la mujer con Alzheimer, ha sido encontrado muy cerca del Santiago Bernabéu, en la avenida Brasil, en unos matorrales.

En la zona no hay ni una sola cámara que pueda haber registrado quién dejó el cuerpo.

Por lo que han dicho los del servicio de ambulancias, a su hija Amanda le ha dado un ataque muy fuerte de ansiedad y ha tenido que ser trasladada al Hospital Universitario San Rafael.

La inspectora Garmendia y la agente Contreras entran en el anatómico forense, un lugar que prácticamente es ya una segunda residencia para ellas.

—¿Cuánto hay de Segovia a Madrid? —le pregunta Espinosa a Amaia cuando la ve.

—Una hora y poco, si le doy caña puedo estar en cincuenta y cinco minutos.

—Tienes que estar hasta el moño de coche, Amaia.

—Hasta el moño no, hasta el coño. ¿Qué tienes?

—Pues un poco más de lo mismo, igual que Julián Herrero —explica el forense—. La han cortado por la mitad y cortado la cabeza, el modus operandi es el mismo. También se han llevado el cerebro, claro.

—¡Joder! —exclama la jefa—. He hablado con Martín y con Pedro, me han informado sobre un dato interesante: quizá nuestro asesino se esté llevando el cerebro de gente que padece enfermedades.

¿El motivo? Ni puta idea, Espinosa. Todo es para ayudar a un tal Hans.

Tú eres un tío listo, el mejor forense que conozco, ¿alguna idea?

—Pues… —hace una pausa— si el asesino se lleva a hombres y mujeres enfermos y les quita el cerebro, creo que me decantaría porque nuestro hombre sabe de medicina, o tiene conocimientos, o realmente es médico. Quizá intenta curar alguna enfermedad…

—¿Del tal Hans? —interrumpe Rocío.

—Buena observación, agente. Todavía no sabemos quién es, pero quizá la clave de todo esté ahí. ¿Habéis metido el nombre en el sistema?

—Claro —confirma la inspectora—. Pero es una aguja en un pajar, imposible tirar de ahí.

—¿Y si Hans no es una persona? —propone la agente.

Amaia y Espinosa se miran. La chica es joven, pero tiene buenas preguntas.

—Interesante dato —la felicita el forense—. Dadas las circunstancias, yo no descartaría nada.

—¿Cómo han matado a esta mujer? —le pregunta la inspectora al forense.

—Sadismo total. La cortó por la mitad mientras estaba viva… comenzó desde la ingle hacia arriba. Al llegar al cuello la degolló, arrancó la cabeza y partió el cráneo para sacar el cerebro.

—¡Joder, Espinosa! —exclama Amaia, exhausta—. Menuda puta masacre. ¿Alguna idea de donde lo pudo hacer?

—No lo sé, pero la víctima tenía restos de plantas, podrían ser de cualquier lugar.

—Vale. Si encuentras algo más, avísame.

La inspectora Garmendia y la agente Contreras salen del anatómico forense y se dirigen hacia la escena del crimen del abogado Rafael Pomares. Según han informado a Amaia todavía no ha llegado el juez.

Cuando llegan a Alcobendas entran en La Moraleja y dejan el coche a unos veinte metros del chalet. Al entrar, los agentes que hay proporcionan a la vasca los datos encontrados.

—El jardinero encontró el cuerpo —explica un agente de uniforme—. En la casa hay cámaras, tanto en el interior como en el exterior, pero no hay ni un solo grabador ni cintas.

Amaia y Rocío observan detenidamente la escena. El cuerpo del abogado está suspendido en el aire con una soga sujeta a la barandilla de la planta de arriba. Va vestido exactamente igual que cuando ellas estuvieron hablando con él.

—Como le he comentado en la llamada —prosigue—, usted había venido a hablar con él según un informe, por eso desde la comisaría norte la hemos avisado.

—Bien hecho —señala Amaia—. ¿Dónde está la criada?

—¿Qué criada? —quiere saber el policía.

—Cuando la agente Contreras y yo vinimos a verle había aquí una tal Beatriz, la empleada de hogar del señor Pomares.

—No hemos visto a nadie, quizá terminó su horario de trabajo en la casa… el que encontró el cadáver fue el jardinero.

—¿Habéis hablado con él?

—Sí, inspectora. Pero no nos ha dicho nada extraño que haya que tener en cuenta.

—¿Dónde está? —quiere saber Amaia.

—Creo que está fuera, con los servicios médicos. Le estaban dando un ansiolítico. Un poquito más y a ese tío le da un infarto.

La inspectora y la agente salen de la casa y se aproximan a un hombre de color que está junto a una de las ambulancias. Ven que incluso ya hay vecinos que están detrás del cordón policial curioseando.

—Hola, soy la inspectora Garmendia —le dice—. ¿Eres el jardinero que ha encontrado el cuerpo?

—Sí, señora —responde visiblemente asustado.

—No queremos molestarte mucho, pero queríamos saber sobre la chica que trabaja en la casa.

—¿Beatriz?

—Así es. ¿Dónde está?

—No lo sé, de verdad. Ella debería estar aquí, pero cuando llegué a la casa solo estaba el señor Rafael… —solloza—, muerto.

—¿Beatriz es interna?

—Sí. Ella duerme y vive aquí.

—¿Puede que se haya ausentado para ir a comprar o a hacer algunos recados? —indaga la inspectora.

—No, eso jamás, creo. A la señorita Beatriz nunca la he visto salir de la casa —explica—. Todas las compras las hacía normalmente el señor Rafael, incluso a mí a veces me había pedido traer algo.

La inspectora y Rocío se retiran de la casa, incluso del cordón policial. Amaia se enciende un cigarrillo y, como suele hacer, se queda unos minutos pensando sin decir nada, pero es la agente la que decide hablar.

—¿Crees que puede haber sido la tal Beatriz?

—Puede ser… Joder, no lo sabría asegurar. Es mucha casualidad que hayamos venido a ver a ese cabrón y que ahora haya muerto, y además, suicidándose. ¿Le viste aspecto de querer acabar con su vida?

—No. Era un cabrón, y seguro que está implicado en mil mierdas, pero sus aires de chulo prepotente no daban la sensación de querer terminar con todo. Y encima tiene decenas de cámaras y ni un solo grabador y ni una puta cinta.

—Por eso te digo, Rocío, aquí hay algo que huele muy mal. Hablaré con el comisario de la zona norte y le daré algunos datos. Nuestra prioridad ahora es saber por qué el abogado está muerto y saber dónde está la criada, la tal Beatriz.

A Amaia Garmendia le apasiona su trabajo.

Ya desde muy pequeña quería ser policía, sobre todo por su padre.

En todos los casos en los que ha estado jamás ha descansado hasta no resolverlo.

Tiene una resolución a día de hoy del cien por cien de ellos, y ella quiere que siga siendo así.

Ya encerró a un familiar muy cercano a ella, le da igual, sea quien sea tiene que pagar por los actos que hacen, y eso bien lo sabe la inspectora.

Por eso, no descansará hasta averiguar todos los flecos sueltos: ¿Quién asesinó a Julián Herrero?

¿Qué tiene que ver el preso Felipe Carrera con eso?

¿Es Remedios una nueva víctima del mismo asesino?

Pero, se juntan muchas más preguntas con el encargo que le hizo el comisario Faustino Mendoza.

Ayudar al ex comisario Santiago Ríos, asesinado recientemente.

Las preguntas son demasiadas: ¿Quién lo asesinó?

¿Dónde está la niña Noelia Crespo? ¿Por qué el colombiano y otro sicario quisieron acabar con su vida y la de Mendoza?

¿Qué ocurrió con Vicente Prado? El policía que se encargaba de la investigación de Noelia.

¿Y qué ocurrió con los de narcóticos que seguían a la niña?

Según parece fueron los que se la llevaron.

Y ahora la muerte del abogado. Amaia piensa que alguien quiere silenciar a otros, pero, ¿por qué?

Conocer el motivo es la clave. Pero contra más indague sobre ello más en la sombra caerá.

La oscuridad más absoluta se aproxima hacia la inspectora, y ni ella ni nadie se puede llegar a imaginar el lugar en el que está cada vez más cerca.

Es como si se estuviera aproximando hacia el infierno, y en todo infierno hay un Diablo.