La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Amaia le ha pedido a Pedro y a Martín que se ocupen de hablar con Agustín Díaz en el hospital, que ella y Rocío tienen que continuar con el caso de Noelia Crespo, la niña desparecida hace cuatro años.

También se ha sumado a todo eso el asesinato del ex comisario Santiago Ríos.

La vasca sabe que hay demasiados cabos sueltos.

—Viven aquí —le dice la inspectora a la agente Contreras.

—Bonita zona residencial.

—Sí.

—¿Te han dicho si estarán? —quiere saber la agente.

—Sí, cuando hablé con ellos me dijeron que podíamos pasar a a cualquier hora.

Jaime y Margarita, los padres de Noelia, viven en una de las casas de una zona residencial a las afueras de Segovia.

Delante hay un parque, que es justo donde la niña desapareció.

Cuando la inspectora y Rocío bajan del coche tienen la sensación de que alguien las observa, pero al mirar no ven a nadie.

Es como si fuera una sensación extraña, de esas que te obligan a girarte cuando notas una presencia.

Al llegar a la casa suben los dos peldaños que llevan hacia la puerta y pulsan el timbre.

Un hombre, con aspecto desaliñado y con una ropa que ha visto mejores días, abre la puerta.

—¿Jaime Crespo? —le dice Amaia.

—Soy yo. Imagino que usted será la inspectora Garmendia.

—Así es, y ella es la agente Rocío Contreras.

—Pasen, por favor.

Cuando entran en la casa, Margarita aparece por el pasillo.

La mujer viste con un vestido blanquecino bastante desgastado.

La decoración del interior es como si se hubiese detenido en el tiempo hace cuatro años.

La limpieza es escasa, el polvo asoma en cualquier esquina y encima de los muebles.

Amalia no reprocha nada y tampoco quiere juzgar.

Imagina que una hija desaparecida puede llegar a provocar toda esa dejadez.

Los cuatro se sientan alrededor de una mesa, tres de las sillas cojean, y la cuarta da la sensación de que está a punto de romperse.

—Ustedes dirán —salta Jaime, desconcertado—. Cuando recibí su llamada me quedé sorprendido… hace ya mucho tiempo que nadie se preocupa por nuestra hija. El único era el comisario Ríos, pero hace ya tiempo que no nos facilitaba ninguna nueva información, y ahora con su muerte, mucho menos.

Margarita no dice nada, está en completo silencio y con la mirada perdida.

—Bueno —dice Amaia—. El señor Santiago Ríos le pidió ayuda a nuestro comisario, por eso ahora nos ocupamos nosotros… nuestra brigada.

—¿Desde Madrid? —Margarita acaba de hablar, y hace esa pregunta como si desconfiara del trabajo de las personas que tiene ahora en su casa.

—Sí, desde Madrid —le confirma la inspectora—. Nos han asignado esto porque creen que somos los mejores en esto.

—¿Lo son? —quiere saber Jaime.

—Lo somos.

—Mi hija lleva cuatro años desaparecida —explica el padre—. Nos la arrebataron, y no sabemos quién fue. El día que alguien se la llevó nuestras vidas se pararon por completo.

—Lo imaginamos, señor Crespo —le indica Amaia—.

Queremos encontrar a Noelia, sea como sea, se lo aseguro.

Es nuestra prioridad. Pero necesitamos que nos diga todo lo que ocurrió aquel día, y los días anteriores, también.

Cualquier cosa extraña aunque crean que pueda ser insignificante puede ser clave.

—Lo que ya saben, imagino. Lo hemos contado todo.

El ex comisario Ríos decía que alguien vigilaba a nuestra hija desde hace días, dijo que eran unos policías.

Esos murieron, y el que investigó la desaparición también.

No sabemos nada más… nuestra niña era feliz y risueña.

Nadie nos llamó para pedir ni siquiera un rescate… desapareció de la faz de la tierra.

—Hubo una testigo, ¿cierto?

—Sí. Una mujer vio una furgoneta en el parque, el día que se llevaron a Noelia —afirma Jaime.

—Una Mercedes Benz —señala Amaia—. Según parece es la misma que usaban esos policías de narcóticos para seguir a su hija.

Ya le gustaría a Amaia poder hablar con esa testigo, pero mientras indagaba ha descubierto que falleció de un accidente de tráfico.

—Santiago Ríos ya habló con esa testigo, pero solo pudo mencionar esa furgoneta con el faro delantero roto —le explica el padre—. Pero esa mujer falleció en un accidente.

—Lo sabemos —comenta Rocío—. ¿Algún dato más que recuerden?

—No. Nada. ¿Qué más quieren? Como saben hace cuatro años que se marchó, por aquí han pasado decenas de agentes y todos hacen preguntas, y después, nadie la encuentra.

Incluso el policía que estaba en la investigación falleció…

era Vicente Prado, un policía excepcional.

Dijeron que se había suicidado, todo mierdas, inspectora.

Detrás de la desaparición de mi hija hay algo muy oscuro.

Amaia y Rocío se miran, lo suficiente como para que se digan con esa mirada que saben perfectamente que en todo eso hay algo muy oscuro, cierto.

Demasiado, quizá. Unos agentes de narcóticos siguen a una niña, la secuestran aunque no haya pruebas de ello, después asesinan a esos agentes de narcóticos y al policía que investiga la desaparición de Noelia.

Alguien se carga al ex comisario que continuaba indagando sobre el caso, y unos sicarios disparan al comisario Mendoza intentándolo asesinar, tanto a él como a Amaia por entrometerse en esa investigación.

Sí, la vasca sabe que detrás de todo eso no solo hay algo oscuro y turbio, si no que probablemente involucre a gente que esté muy arriba.

Cuando hay policías implicados suele ser lo que al final acaba sucediendo.

—No tenemos nada nuevo que de momento podamos decirles —añade Amaia—. Pero les quería decir que vamos a hacer todo lo posible para averiguar todo lo ocurrido.

Jaime y Margarita han escuchado esa frase demasiadas veces, por eso prefieren no decir nada ni alabar lo que dice la inspectora. Se despiden cordialmente de los padres y las dos se marchan. Ya no pueden hacer nada más ahí.

Cuando salen a la calle, Amaia se enciende un cigarrillo y saborea cada una de las caladas intentando esclarecer toda la información que tiene metida en su cabeza. Y es ahí cuando recibe una llamada a su teléfono móvil. Es de central.

—La llamamos, inspectora, porque consta en el acta que usted ha ido a verle —le dice la voz—, el señor Rafael Pomares ha fallecido, lo han encontrado muerto en su casa. Al parecer se ha suicidado.

Amaia cuelga la llamada. Piensa durante unos segundos y apaga el Marlboro en el suelo pisándolo con la bota.

—¿Qué ocurre? —quiere saber Rocío.

—Se han cargado al abogado.

—¡Joder! —exclama la agente—. ¿Quién?

—Hay que averiguarlo, de cara a la galería se ha suicidado… alguien nos la ha metido doblada.