CAPÍTULO 35
El niño juega a la pelota, de mayor quiere ser futbolista, su ídolo es Guti, el del Madrid. En alguna ocasión se le ha ido el balón hacia la carretera, pero su madre le ha gritado por la ventana diciéndole que ni se le ocurra cruzar, y que si lo hace se llevará un buen bofetón.
—¡Juan! —le llama su madre—. ¡A comer!
—¡Ya voy, mamá! ¡Los últimos toques y entro!
—¡Me cago en tu santísima madre! ¡La mesa está puesta! —grita—. ¡Un minuto te doy!
Juan no hace demasiado caso. Su padre, que ahora trabaja en la obra, siempre le dice que es un niño rebelde, y que cuando sea mayor comerá huevos.
El chaval sigue dándole toques al balón y el último ha sido fuerte.
La pelota cruza la carretera y cae sobre unos matorrales, cerca de la nacional.
El niño mira hacia su casa, su madre no está asomada, por eso decide cruzar corriendo para recuperarlo sin ser visto.
Antes de pasar observa a ambos lados, no viene nadie, así que cruza.
Cuando llega a los arbustos coge su balón, pero Juan resbala.
Algo le ha hecho caer. Se lleva la mano hacia el muslo derecho, el golpe ha sido ahí, le duele.
Pero cuando observa hacia su lado el dolor desaparece, su cerebro ahora intenta asimilar otra cosa: hay un cuerpo, el de una chica, repleto de sangre y moscas que lo sobrevuelan.
El cadáver comienza a estar en estado de putrefacción.
Juan grita, ya no se acuerda de su balón.
Corre y cruza de nuevo la carretera. Al llegar a su casa le dice a su madre que hay una muerta en el arcén de la nacional, junto a unos arbustos.
La comida ya se ha enfriado, pero a Teresa eso le da igual.
Ha ido con una vecina para comprobar lo que su hijo decía, y es cierto.
El cadáver de la chica está repleto de bichos.
Algunos parecen que ya se están comiendo la carne.
El olor es insoportable. Huele a podrido.
Como cuando hace calor y se va la luz y toda la carne de la nevera se estropea, igual.
Al menos muy parecido. La joven está desnuda, llena de sangre y tiene un corte muy profundo en el cuello.
Ni Juan ni su madre lo saben todavía, pero la muerta que han encontrado trabajaba de enfermera en un hospital y se llamaba Cecilia.
Y alguien la ha tenido varios días encerrada en una especie de sótano.