CAPÍTULO 34
La inspectora Amaia Garmendia ha citado en comisaría a Sonsoles y a Luis, los padres de Agustín Díaz. Ahora están en una de las salas de interrogatorio. Sentados y expectantes a lo que les puedan llegar a decir. Al otro lado del cristal, Amaia y su equipo los observan sin ser vistos.
—El tío está acojonado —señala Pedro.
—Cierto —afirma Rocío—. Le cae hasta el sudor por la frente.
—Los de la brigada tecnológica no han podido averiguar de quién es el número de cuenta de donde provienen los pagos —les explica la inspectora—. Creen que puede ser de un paraíso fiscal, pero está muy bien montado.
—Déjame cinco minutos con ellos —le pide Osorio—. Ya verás como cantan.
—No quiero que se meen encima, Martín. Hablaré con ellos, si veo que no saco nada, entras tú.
—Eso quiere decir que no tendrás que entrar —le dice Pedro sonriendo—. La jefa es bueno en lo suyo.
Cuando la vasca entra en la sala de interrogatorios, el hombre parece ponerse tenso. Luis agarra la mano de Sonsoles y la mira.
—Tranquila, todo irá bien —le dice.
—Hola —les saluda Amaia.
Sonsoles y Luis no dicen nada. Solo saludan haciendo un leve gesto con la cabeza. No quieren que se les note, pero están asustados. Son un matrimonio sencillo, sin más. Al menos eso creen ellos. Tiene un hijo algo conflictivo, sí, pero eso no quiere decir que no harían cualquier cosa por él.
—¿Cómo están? —les pregunta la inspectora mientras se sienta en una de las sillas.
—Bien. Pero con ganas de saber qué ocurrirá con nuestro hijo… les recuerdo que por su culpa está todavía en el hospital.
Luis parece haber recuperado la cordura y ahora se siente poderoso, al menos durante esa última frase.
—Su evolución es muy favorable, seguro que en pocos días estará en casa —indica Amaia.
—¿Qué es lo que quiere, inspectora? —le pregunta el hombre con sequedad.
—¿Saben qué es esto? —Amaia deja sobre la mesa los documentos de los extractos de cuenta del matrimonio que ha conseguido Martín. Ningún juez ha autorizado el registro de la cuenta, pero es una baza que la inspectora ha de jugar.
La pareja los observa detenidamente y lo reconocen, sobre todo al ver sus nombres en la parte de arriba.
—¿Qué hacen con esto? —quiere saber Luis.
—Responda, señor Díaz —insiste la inspectora.
Después de que su esposa y él se miren durante unos segundos en un completo silencio, el padre de Agustín decide hablar en un tono chulesco, intentando ponerse a la defensiva.
—Es un extracto de nuestra cuenta bancaria. ¿Algún problema?
—Bueno, mire las transferencias recibidas, ¿ve algo extraño?
—No, inspectora, todo parece normal.
—Entiendo… así que estoy hablando ahora con un matrimonio que piensa que recibir diferentes ingresos de una cuenta desconocida es algo muy normal, ¿verdad? Hemos investigado de donde provienen todas esas transferencias, ¿y sabe qué? Que esto pinta muy negro para ustedes…
—¿Está insinuando algo? Mi mujer y yo somos dos personas decentes, no le hemos hecho daño a nadie jamás, somos demasiado honrados…
—Lo que usted diga, señor Díaz, honrados y con dinero… es cuestión de tiempo que averigüemos quién les hizo todos esos ingresos, pero si nos adelantan el trabajo quizá podamos llegar a un acuerdo… los jueces suelen tenerlo en cuenta.
—Díselo, Luis. Todo esto me avergüenza —interrumpe Sonsoles.
—Cállate, mujer —le suelta él.
La inspectora mira a la mujer, la mirada es fija e incómoda.
—Sonsoles —le dice Amaia—, hágalo por su hijo. ¿Quiere que Agustín pase varios años en la cárcel?
—Mire, inspectora —salta el marido—, no puedo consentir que venga aquí y nos amenace con…
—Todo gira en torno a un tal Hans —le interrumpe Sonsoles.
Luis se queda perplejo, su mujer acaba de hablar de algo que no debe. Ya habían decidido no hacerlo, era un acuerdo, gracias a eso todos los ingresos en la cuenta existen.
—Nos acabas de condenar, Sonsoles —le dice él—. ¿Por qué lo has hecho, mujer?
Amaia reconoce ese nombre, y los que están al otro lado del cristal también. Agustín dio ese mismo nombre cuando fue atropellado. Quizá porque, en un estado de lucidez, imaginaba que podía llegar a morir, o simplemente quería joder a alguien.
—¿Quién es Hans? —les pregunta la inspectora.
—Sabemos muy poco de él —le confiesa Sonsoles—.
Pero un día nuestro hijo vino y nos explicó que nuestros problemas podían arreglarse.
Dijo que había conocido a un hombre en un bar, nunca supo decirnos su nombre.
A los pocos días teníamos todo ese dinero en la cuenta.
Cuando le pregunté a Agustín me dijo que todo había sido gracias a Hans.
—¿Y ustedes no se extrañaron? De repente, un día, tienen todos esos ingresos y les da igual, ¿no? Un poco extraño todo…
—Mire, inspectora —la interrumpe la mujer—.
Somos una familia humilde, pagamos las facturas como podemos…
pero, tenemos deudas, demasiadas… Mi madre iba en silla de ruedas y de mi padre mejor no hablar, cuando era pequeña pasábamos penurias, seguramente como los suyos, o como los de muchos españoles.
Mi marido y yo vimos la oportunidad de llevar una vida mucho mejor que la que llevábamos…
solo le hice una pregunta a mi hijo: ¿Para conseguir ese dinero has tenido que hacer algo ilegal que pueda llevarte a la cárcel?
Y me respondió que no, que lo único que había hecho era negociar para proporcionar una información, que al parecer era muy importante.
—¿Qué información? —indaga Amaia.
—No lo sé —responde Sonsoles—. Tendrán que hablar con Agustín. Dígale que lo cuente todo, que su madre no puede más… y déjele claro que un día iremos a las rocas de la playa para coger cangrejos. Usted dígale eso y él le dirá todo lo que quieran saber.