CAPÍTULO 33
Rafael Pomares coge el pequeño canuto de cartón, se inclina y esnifa la raya de cocaína que tiene preparada en la mesa.
Suelta un grito que ha salido de la más pura adrenalina y se tumba en el sofá.
Se desabrocha el pantalón, se baja la cremallera y se queda desnudo de la parte de abajo mientras acaricia sus testículos sudorosos.
—Dale, nena —le dice a Beatriz, su criada—. Toda tuya.
La chica, que ha tenido que ver como su jefe esnifaba la droga, tiene que hacerle ahora una mamada al abogado.
Eso ocurre cada día, y a veces también tiene que follar con él.
Le da asco, le repugna esa situación, pero no tiene otro remedio.
Tiene que hacerlo. Se aparta el cabello y comienza a chupársela.
—Métetela entera en la boca, ya sabes que me gusta que te den arcadas —suelta él—. Y la leche, en la boca.
En ese momento no lo ve venir, el chaval repeinado viene por detrás, coge a la chica del cabello y la aparta sin agresividad, como si fuera un pianista tocando las teclas. El abogado abre los ojos y se percata de lo que ocurre.
—Hijo de… —Antes de terminar la frase, el chaval lo ha dejado inconsciente—. Coge tus cosas y lárgate de aquí. Toma y espera la llamada, es de prepago, como siempre —le dice ahora a ella, a Beatriz.
Ella contempla el teléfono móvil que acaba de recibir.
Ya sabe lo que eso significa, no hace falta que le den demasiadas explicaciones.
No dice nada, solo asiente con la cabeza y sube hacia la planta de arriba para hacerse su maleta.
Una vez le ocurrió exactamente lo mismo, no fue ese chaval guapo y repeinado el que lo hizo, pero vino otro hombre, más mayor, pero también guapo y elegante.
Entró en la casa en la que estaba y de varios disparos se cargó a aquel juez.
Ocurrió lo mismo que ahora, recibió un teléfono y órdenes de esperar una llamada, una llamada que tardó seis días en llegar.
El abogado Rafael Pomares abre los ojos.
Se siente desconcertado, le duele la cabeza y siente un pequeño mareo.
Nota algo en su cuello, y cuando se percata de lo que tiene se queda horrorizado.
Observa a su lado, reconoce al chaval que tiene a escasos dos metros.
Es ese chico repeinado y elegante con el que ha hablado muchas veces.
—¿Qué cojones haces? —quiere saber el abogado.
—Conoces las reglas, Rafael. Leíste el contrato.
—¡No he dicho nada, joder! —grita.
—Puede que no, pero lo harás. Conocemos a los que son como tú… te has visto involucrado en un interrogatorio, y sabes que eso no lo podemos tolerar.
—¡Os juro que no diré nada!
—Desde La Corporación agradecemos todos tus servicios prestados, Rafael, pero ya sabes que esto no es cosa mía.
No hay más palabras, las explicaciones se acabaron, y a partir de ahí solo existe un silencio espeso, insoportable.
El abogado está inmóvil, con la mirada clavada en el vacío.
En una fracción de segundo lo comprende todo, sabe lo que va a ocurrir.
El chaval repeinado da un paso al frente, su expresión no cambia.
No hay rabia, ni duda, ni siquiera un poco de compasión.
Entonces alza una mano y propina al abogado un leve empujón en el pecho que le hace caer.
Rafael pierde el equilibrio y cae hacia atrás.
Durante algo más de un segundo agita los brazos buscando algo a lo que aferrarse. No encuentra nada. Solo hay vacío.
La caída desde la planta de arriba provoca una fractura de la tercera vértebra cervical.
La médula queda gravemente dañada por el impacto.
La muerte es prácticamente instantánea. El cuerpo permanece suspendido, balanceándose lentamente en medio de ese incómodo silencio.
Desde arriba, el chaval observa la escena sin pestañear.
No hay lágrimas, ni palabras. La soga del cuello lo ha matado rápido.
Si alguien viene verá que el abogado se ha suicidado.
Dirán que es normal, que las deudas que ha podido acumular han podido con él, o las drogas, o vete a saber qué mierda podrán llegar a inventarse.
Una cosa está clara, el abogado ha muerto.
Si la policía no lo hubiera relacionado con el colombiano lo más seguro es que estaría vivo.
Pero proteger a La Corporación es mucho más importante que cualquier otra cosa.