La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

El subinspector Pedro Sierra y el subinspector Martín Osorio están en la habitación del hospital y tienen a escasos metros, tumbado en la cama, a Agustín Díaz. El chico, cuando los ha visto entrar, a girado la cara para evitar incluso saludarles.

—Ya he dicho todo lo que tenía que decir —les dice mirando hacia la ventana—. Así que ya podéis marcharos de aquí.

—Hemos estado hablando con tus padres, chaval…

—¿Y?

—Pues que lo han confesado todo, nene —le indica Sierra—. Te tenemos cogido por los huevos, ya no hace falta que finjas o que te hagas el imbécil.

—No sabéis una mierda… ya he dicho lo que sabía, y es que no sé nada, ¿entendéis?

—Tu madre nos ha dicho que un día —Martín hace una pausa mientras se acerca a la cama— iréis a la playa para coger cangrejos entre las rocas.

Agustín Díaz se ha quedado callado, incluso blanco por momentos, como si hubiera visto un fantasma.

Solo él y su madre saben que significa esa frase: quiere decir que hubo tiempos mejores, momentos en los que todo no estaba perdido, y que lo mejor está por llegar.

El abuelo de Agustín; el padre de Sonsoles, era un alcohólico que se pasó sus últimos años de vida de bar en bar, bebiendo y drogándose como si no hubiera un mañana.

El dinero que debería de haber llevado a casa como padre de familia se lo gastaba en las tragaperras y en apuestas deportivas.

A Sonsoles le gustaba ir mucho a la playa cuando era verano, cada agosto se marchaban a un hotel por el sur.

Y mientras su padre se pasaba las mañanas en el bar, ella y su madre jugaban en la arena a hacer castillos.

Su madre tenía un problema en las piernas y la mayor parte del tiempo lo pasaba en una silla de ruedas.

Por eso, Sonsoles siempre pensó que nunca había dejado a su padre por eso, quizá un poco por egoísmo y así poder tener a alguien en casa que la pudiera sacar de la cama y sentarla en la silla y ocuparse de ella.

—¿Dónde está papá? —le preguntaba ella a su madre.

—En el bar, cariño —le respondía su madre con sinceridad.

Cuando Aurelio se había bebido casi todo el alcohol y se había esnifado toda la coca que llevaba en ese momento, iba al puticlub más cercano y se gastaba lo que le quedaba en alguna prostituta.

Mientras su padre hacía todo eso, Sonsoles se quedaba sentada en la orilla observado como los demás niños iban a las rocas y cogían cangrejos con sus padres.

—Yo quiero ir a coger cangrejos con papá, mami —le decía ella.

—Tu padre ahora no está, cariño. Cuando venga se lo dices y seguro que te acompañará —le mentía ella.

Pero el padre de Sonsoles no venía nunca.

Después de follarse a alguna de las putas se iba al hotel a dormir, y eso era todos los días.

Por eso, en momentos de tristeza o momentos melancólicos, Sonsoles siempre le contaba a Agustín la historia de ir a buscar cangrejos, y eso significaba en ese momento que lo mejor estaba por llegar, y que confiase en ella, que todo saldría bien.

Es el empujón que Agustín necesitaba para decir lo que sabe.

Es como si su madre le estuviera mandando una señal.

—Está bien —añade él—. ¿Qué queréis saber?

Hay tantos datos que a los subinspectores les gustaría saber que el primero que se les ocurre es averiguar quién es Hans, por eso, esa es la primera pregunta que le hacen.

—No lo he visto nunca —les explica Agustín—. No sé ni cómo es… pero un hombre que un día conocí en un bar me habló de él.

—¿Qué te dijo? —indaga Pedro.

—Que ese tal Hans necesitaba ayuda, que se estaba muriendo.

—Bien, vamos por partes —dice Martín—. ¿Cómo era ese tipo? El que conociste en el bar.

—Era alto, delgado… ojos azules. Vestía muy elegante, con un traje y corbata. De unos cincuenta y cinco años o sesenta.

—¿Te dijo su nombre?

—No. Me dijo que podía llamarlo “Ge” .

—¿Ge de gato? —pregunta Sierra, incrédulo.

—Exacto —confirma Agustín.

—Vale. ¿Qué te dijo exactamente ese tipo?

—Yo no tenía tabaco, así que le pedí un cigarro, era el tipo del bar que estaba más cerca, por eso se lo pedí a él.

Me comenzó a decir que fumar era malo, que no lo hiciera…

la verdad es que estuvimos charlando durante bastante rato, no sé, es como si nos conociéramos de siempre, y creo que hasta nos hicimos amigos, al menos es la sensación que me dio.

Después me hizo una pregunta: Oye, chico, ¿quieres ganar algo de dinero fácil?

Y yo le dije que sí, evidentemente. Me contó que buscaba a gente enferma, o personas que estuvieran desarrollando enfermedades…

—¿Enfermedades? —le pregunta Martín asegurándose de que ha entendido bien.

—Sí, eso me dijo. Me dio un número de teléfono para llamarle cuando tuviera algo de información.

—¿Qué más? —añade Pedro.

—En ese momento no caí, pero a los dos días lo llamé porque me acordé de Julián Herrero, el vecino del bloque donde vivimos mis padres y yo. Por eso salí corriendo cuando me preguntasteis por él, me asusté.

—Ahora lo entiendo —acaba diciendo Martín—, Julián padecía hemofilia, fue eso lo que le dijiste al tío del bar, ¿verdad?

—Sí. Me pidió a personas con enfermedades, por eso le hablé de Julián, y de alguno más también que me fui enterando…

yo solo quería dinero para mí y para mis padres.

Ellos lo han dado todo para ayudarme con todos mis problemas, era lo mínimo que podía hacer por ellos. Era la manera de devolvérselo todo.

—¿Y a tus padres no les pareció extraño?

—Mi madre solo me preguntó si lo que hacía era ilegal, y no lo era, al menos eso creía yo…

solo pasaba información a Ge , nada más.

Supongo que le caí bien. Les aseguro que si yo en la vida no hubiera tenido tantos problemas jamás hubiera confiado en ese tipo del bar, nunca.

Lo juro. Pero mis problemas con el juego y con las drogas…

joder, ni siquiera tengo un puto número de cuenta, por eso di el de mis padres, ¿entienden? Yo solo quería ayudarles.

—Pues Julián Herrero está bien muerto, chaval, como bien sabes.

—Yo no sabía que acabaría así. Es la verdad.

—¿Y qué cojones tiene que ver el tal Hans con todo esto? —quiere saber Pedro.

—No lo sé… Ge me decía que todo lo hacía para ayudar a Hans. Ya está. Es lo único que me dijo sobre él.

—¿Cuál es el número de teléfono que te dio para que lo llamases?

Agustín saca de debajo de la sábana blanca del hospital un móvil Nokia con la tapadera trasera rota.

—Este es el número. —Martín se anota en su teléfono la numeración.

—¿Qué más nombres le diste? —quiere saber Pedro Sierra—. Me refiero a otros enfermos.

—Dos más. Tengo un amigo con un cáncer, y el padre de una charcutera del barrio donde compra mi madre la carne tiene Hepatitis.

Cuando Agustín facilita los dos nombres que le dio a Ge , Martín y Pedro salen del hospital e informan a Amaia de todo lo que han averiguado.

—Por eso han cogido a Remedios —señala la inspectora—. Esa mujer padece Alzheimer, seguramente es por eso.

—Todo apunta a que sí —le confirma Pedro.

Existe una expresión coloquial que dice: “parece que los astros se han alineado”.

En astronomía, la alineación visual de varios cuerpos celestes es un suceso muy raro y fascinante que desde la antigüedad se consideraba el presagio de un evento único.

En el lenguaje cotidiano, se aplica cuando hay factores independientes que encajan perfectamente para hacer posible una situación improbable.

Por eso, cuando Amaia Garmendia cuelga la llamada con los subinspectores, recibe una nueva llamada desde central.

—Si es por lo de la muerte de Rafael Pomares ya me han informado —suelta ella al descolgar.

—No, inspectora —indica la voz—. Verá, han encontrado a Remedios, está muerta y se han llevado su cerebro.