La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Pepe el alicates observa de nuevo la fotografía de Sandra Vega. Pasa sus grasientos dedos por ella como si la estuviera acariciando.

—Está buena la jodía , eh —les dice a los que le acompañan en la sala—. Pues a esta es a la que hay que encontrar. ¿Os ha quedado claro?

Los tres que están en la sala dicen que sí, todos a la vez, como si fueran robots que acaban de salir de una cadena de montaje.

El que hay a la izquierda, que es el más bajito, le llaman Godoy .

El del medio, que tiene la cara pecosa y es un poco pelirrojo, se llama Guillermo, y el último, el más fuerte y grande lo llaman Carroña .

Tres pájaros que en más de una ocasión han estado en la cárcel, pero que harían todo lo posible por encontrar a alguien, y mucho más si hay dinero o droga de por medio.

—¿Qué probabilidades hay de que esa pájara esté muerta, Pepe? —quiere saber Godoy .

—Cincuenta y cincuenta por ciento, quizá. Si la encontramos viva la recompensa será mejor, claro.

—¿Te ha dicho Gabriel si podemos divertirnos con ella cuando la encontremos? —pregunta Carroña —. Una jaca así hay que catarla… seguro que lo tiene todo rasuradito.

—Es un trabajo limpio, hostias —zanja Pepe—. A la paya ni se la toca, ¿estamos?

—Tú pregúntale al gitano por si acaso, nunca se sabe —añade Guillermo.

—Sois unos putos degenerados —les suelta el alicates .

Se beben varias copas de Ginebra y se fuman unos cuantos cigarrillos. Carroña saca una pequeña bolsita con cocaína, la extiende en la mesa y prepara cuatro rayas.

—Venga, Pepe —le dice—. Haz tú los honores.

El alicates enrolla un billete de dos mil pesetas y se la mete por la nariz. Los tres hacen lo mismo. Se quedan apalancados en el sillón mientras siguen bebiendo.

—¿Alguien se viene a la Platea ? —les pregunta Guillermo—. Me han dado ganas de que me la chupe alguna guarra.

La Platea es un club de carretera. El dueño se llama Genaro Roldán, que controla el garito como si aquello fuera un hijo más. Está plagado de prostitutas, casi todas de Rusia o Rumanía. También sirve de tapadera a Genaro para el contrabando de droga y otras mercancías, como obras de arte.

Los cuatro han ido al club, según dicen ellos, hay que darse un homenaje antes de comenzar el trabajo. La bienvenida las da, como prácticamente siempre, Tatiana. Una rusa de metro ochenta y uno con el cabello más rubio que puedas haber visto nunca.

—Amigos, bienvenidos —les dice en un perfecto castellano.

—Que buena estás, Tatiana —le suelta Pepe—. ¿Cuándo me vas a dejar que te folle? Dile a Genaro que ya va siendo hora de que te saque al escaparate.

—Hace ya tiempo que me la pedí yo primero, cabrón —interrumpe Guillermo.

—No os peleéis por mí —añade la chica—. Ninguno de los cuatro me tocará ni un pelo, así que esta discusión es bastante absurda. Seguidme, pájaros.

Tatiana los acompaña a la sala principal del club.

Es grande y hay dos barras de bar, una a cada lado de la sala.

En el centro hay una pasarela por la que pasan varias chicas desnudas, y otras con algo de ropa.

Los clientes las observan y eligen. Algunos ni siquiera miran hacia la pasarela, solo se sientan en un taburete y conversan con las camareras.

Esos suelen ser los habituales, los que están cansados de subir con chicas a las habitaciones y solo quieren alguna pequeña distracción alejándose de los problemas de sus hogares.

—No hay mucho ambiente hoy —señala Godoy .

—Bueno, estamos a jueves, los fines de semana y los viernes es cuando más se llena el club —dispara Pepe.

—Y no olvidéis los lunes —apunta Carroña —. Que están los tíos hasta los huevos de haber discutido todo el fin de semana con sus mujeres y ese día vienen a darlo todo.

Los cuatro ríen mientras se dirigen hacia la barra. Se piden cuatro cubatas y miran los pechos de la camarera. Guillermo suelta una palabra obscena y se lleva la mano a sus partes.

—Bueno, voy al lío —dice él—. Vamos a ver a cuál de ellas me subo hoy, que ya la tengo durísima.

Guillermo se aleja hacia la pasarela. Se sienta en una de las butacas y se enciende un cigarrillo mientras da sorbos a su cubata.

—Bueno —añade Pepe—. Mientras este se desfoga nosotros vamos a pensar en lo siguiente… A la tal Sandra Vega hay que encontrarla, sea como sea. Gabriel va a pagarme bastante por la tía, así que, cuanto antes la podamos localizar mucho mejor. Ya sabéis que al gitano tenemos que tenerlo contento.

—¿Por dónde comenzamos, Pepe? —quiere saber Godoy .

—Prestad atención, tengo un plan de puta madre.