La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La casa de Rafael Pomares está en La Moraleja, una urbanización de lujo que está situada en Alcobendas, al norte de Madrid.

—Menuda casita, eh —suelta Rocío—. No hay hada como ser abogado.

—Más que abogado, abogado corrupto —le rectifica Amaia.

Amaia y la agente Contreras llaman al interfono de abajo, un hombre responde, ellas se presentan y el abogado les abre la puerta.

La casa de Rafael está al final de una calle privada de la urbanización, protegida por altos cipreses y una verja negra de hierro que oculta buena parte de la parcela.

Es moderna, de líneas rectas y enormes ventanales oscuros, revestida en piedra clara y madera tratada.

A un lado del jardín, perfectamente cuidado, descansa una piscina más grande que el piso de la inspectora.

Dos vehículos de alta gama permanecen aparcados bajo un porche minimalista, mientras varias cámaras de seguridad vigilan discretamente cada rincón de la propiedad.

Todo en esa casa transmite dinero, poder y la necesidad obsesiva de mantener el mundo exterior a distancia.

—Hola, señor Pomares —le saluda Amaia—. Soy la inspectora Garmendia, y ella es la agente Contreras, ¿podemos pasar?

—Adelante —les dice en un tono serio.

El abogado las conduce hasta el salón tras atravesar un amplio recibidor de mármol que huele ligeramente a madera barnizada y café recién hecho.

La estancia principal es enorme, silenciosa, podría decirse que casi demasiado perfecta.

Unos ventanales de suelo a techo dejan ver el jardín y la piscina exterior, mientras una cortina gris cae pesadamente a ambos lados del cristal.

El salón está decorado con un lujo elegante y frío.

Sofás italianos de cuero beige, una mesa baja de cristal negro y una chimenea, que seguramente cuando esté encendida, los reflejos de las llamas iluminen las paredes de piedra natural.

Sobre una estantería descansan varios premios jurídicos, fotografías con políticos, jueces y empresarios conocidos.

También una colección de botellas de whisky carísimas perfectamente alineadas.

—Siéntense, por favor. —El abogado señala su sofá con una sonrisa falsa.

—Gracias —le dice Amaia.

Los tres están sentados. Hay silencio, incómodo. La tensión se hace presente. Pero es Rocío la que decide hablar.

—Gracias por recibirnos, señor Pomares.

—No hay de qué. Considérense afortunadas, no suelo recibir visitas sin cita previa. Bueno, díganme, ¿qué puedo hacer por dos policías tan guapas como ustedes? —les pregunta en tono chulesco. El rostro de Amaia ha cambiado, dejando claro al abogado que no vaya por ese camino.

—¿Conoce a un tal Carlos Alberto Londoño? —indaga la inspectora.

—No sabría decir…

—Fue cliente de usted, un colombiano, un tío fuerte. No me creo que un abogado de su talla no recuerde a un cliente suyo…

—Ah, sí, ahora lo recuerdo —interrumpe el abogado—. Acusado de asesinato, ¿verdad?

—Así es —le confirma Rocío.

—Lo recuerdo perfectamente. Que yo sepa el señor Londoño quedó en libertad, no hubo al final ninguna prueba incriminatoria contra él.

—Lo sabemos —añade Amaia—. Hemos leído el informe: un empresario muerto de un tiro en la cabeza y tres testigos que afirman haber visto al colombiano en la escena del crimen sacar un arma, por no hablar de una cámara de seguridad que se estropeó los cinco minutos de antes… debe ser usted un muy buen abogado.

—El mejor, inspectora. —El señor Rafael Pomares muestra ahora una nueva sonrisa falsa, y se le nota a leguas—. Bien, ¿qué ocurre exactamente con el señor Londoño?

—Está muerto —responde Amaia, tajante. Pero el abogado no parece sorprenderse.

—Bueno, no le voy a negar que el señor Londoño ha tonteado muchas veces con la justicia, y alguien así al final puede acabar teniendo problemas, incluida la muerte, claro.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio, señor Pomares?

—El día en el que lo declararon inocente.

—¿Seguro?

—¿Está poniendo en duda mi respuesta, inspectora?

—No, solo quiero asegurarme.

—Por cierto, ¿desean tomar algo? He sido muy desconsiderado no preguntando.

—Yo no quiero nada.

—Tampoco. Gracias —añade la agente.

—¡Beatriz! —llama él.

En menos de un minuto una chica de no más de veintidós años con cabello rubio y de tez blanca entra en el salón. Viste con un vestido muy corto de color blanco y lleva zapatos de tacón enormes que parecen incomodar. Pero lo que más llama su atención es su escote.

—Dígame, señor Pomares —dice la joven.

—Tráeme una copa de whisky, por favor. Y acuérdate de ponerme solo un cubito de hielo, anda.

Amaia y Rocío continúan haciendo preguntas al abogado, pero no hay ninguna respuesta clara y tampoco llevan a nada que las ayude. El señor Pomares sabe perfectamente como esquivar cada una de ellas.

A los pocos minutos, Beatriz le da al abogado una copa de whisky, él la mira y le guiña un ojo, pero mientras se aleja observa atentamente sus piernas.

—Este whisky es escocés —les explica—. Solo hay sesenta botellas en el mundo, y una de ellas la tengo yo…

Da la sensación de que se da aires de grandeza mientras habla de la bebida que lleva en la copa.

—… este pequeño sorbo que le estoy dando a la copa que Beatriz me ha traído —prosigue— vale mucho más de lo que cobrarán ustedes juntas en un año entero.

—¿Nos quiere vacilar, señor Pomares? —le suelta Amaia.

—Lo que quiero es que se marchen de mi casa antes de que llame a sus superiores.

Les he dejado pasar amablemente pero ustedes indagan sobre un caso que un juez ya cerró…

o tienen una orden para reabrir ese caso, cosa que dudo…

o se largan ahora mismo de aquí —les dice mientras le da un nuevo sorbo al whisky.

—Vámonos, Rocío —indica Amaia.

—Ya saben donde está la puerta, y cierren al salir. —El abogado se cruza de piernas y le da otro sorbo a la copa, emitiendo un sonido desagradable.

Cuando la inspectora Garmendia y la agente Contreras salen de la casa del abogado se alejan lo suficiente para que las cámaras que enfocan hacia el exterior no las lleguen a ver. Amaia se enciende un cigarrillo y resopla.

—Ese cabrón me ha puesto de los nervios —señala.

—Lo sé, conozco tu cara cuando te pasa. ¿Qué opinas?

—Que gilipollas no es, eso seguro. Está pringado hasta arriba… pero todavía no sé con qué.