CAPÍTULO 25
Pan Bendito es un barrio del distrito de Carabanchel en el que viven, sobre todo, inmigrantes que vinieron en los años cincuenta provenientes de regiones como Andalucía o Extremadura.
Barrio obrero donde casi todo el mundo se conoce.
En un bloque de la calle Besolla, vive Inés Alonso, mujer de treinta y nueve años y, según parece, ex pareja del colombiano muerto, Carlos Alberto Londoño.
Amaia y Rocío entra en el portal y suben hasta la cuarta planta.
No necesitan llamar al interfono de abajo, la puerta está forzada y reventada.
La puerta C está descolorida y tiene un Cristo pequeño colgado de la mirilla.
El timbre no funciona, así que la inspectora golpea la puerta con los nudillos.
Al minuto, una mujer un poco obesa y con el cabello grasiento abre.
—¿Inés Alonso? —le pregunta Rocío.
—Soy yo —responde—. ¿Qué quieren?
La vasca y la agente Contreras enseñan sus placas y le piden permiso para pasar. La mujer abre del todo la puerta y las invita a sentarse en unas sillas medio podridas que hay en el comedor. Da la sensación de que casi están comidas por termitas hambrientas.
—Ustedes dirán —suelta la mujer—. ¿En qué les puedo ayudar?
—Queremos hablar de Carlos Alberto Londoño, usted fue su pareja —le explica Amaia.
—No era mi pareja —corrige—. Solo follábamos de vez en cuando.
—Pero en el registro consta como su ex pareja y persona de contacto…
—Sí —interrumpe la mujer—. Pero fue porque una vez le dio una buena pájara después de fumarse un porro y beber como un cabronazo y lo acompañé al hospital.
La enfermera dejó anotado mi teléfono y mis datos, así me podrían localizar por si volvía a ocurrir algo parecido.
Pero ese cerdo no ha sido mi pareja en mi puta vida… ¿qué le ha pasado ahora?
—Está muerto —responde la inspectora.
—Joder… ¿Por qué?
—Al parecer quiso matar a unos policías —le dice, omitiendo que fue a ella a quien quiso asesinar—. ¿Qué puede decirnos sobre él? Creemos que trabajaba como sicario o hacía encargos para alguien…
—Bueno, a Carlos lo conocí en Segovia. Él vivía allí desde que vino de Colombia —relata—. Yo me prostituía y así lo conocí. La primera vez me pagó por una mamada… a los días me volvió a llamar para follar. Sin más.
—¿Desde cuándo lleva viviendo aquí en Madrid? —indaga Amaia.
—Desde hace unos dos años, más o menos. Tengo un amiga que me dijo que aquí se ganaba mucho dinero, más que en Segovia… y así fue. No me va mal. A los madrileños les gusta follar, y mucho. Y cuando gana el Madrid, más.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Carlos Alberto? —la pregunta se la hace ahora Rocío.
—Hace un par de semanas. A veces venía y pasábamos el día juntos. Me pagaba, claro. Un día entero gratis con ese no me he pegado en la puñetera vida… yo estoy para ganar dinero, y no para perderlo, y mucho menos el tiempo.
Amaia le explica a Inés los delitos en los que el colombiano había sido acusado. La mujer le dice que era consciente, pero que mientras hubiera dinero de por medio le daba igual.
—¿Sabe con qué tipo de gente trataba o había visto alguna cosa extraña que hiciera con alguien? Cualquier dato puede ser importante.
—Nunca lo veía con nadie, excepto con un tío de aquí, un hijo de la gran puta, eso sí.
La verdad es que Carlos venía mucho por Madrid para verse con ese hombre, y de paso, pues quedábamos.
Él follaba y a mí me pagaba, y mucho, eh, que yo soy de las que se dejan dar hasta por detrás, y eso a él le gustaba más que nada.
Y otras cosas mucho más extrañas que no quiero ni mencionar.
—¿Sabe quién era ese hombre con el que se veía? —le pregunta Amaia.
—Claro. Un abogado, Rafael se llama.
—¿Rafael Pomares?
—Exacto. Rafael Pomares… menudo cabrón.
—¿Por qué lo dice? —quiere saber la inspectora.
—Porque un tío me pegó una vez, en su casa.
El mierda me ató a la cama y comenzó a darme una paliza mientras me follaba y me metía de todo por el coño.
Cuando salí de allí lo denuncié, claro. Carlos me puso en contacto con el abogado y me echó una mano con ese caso.
Al cabrón que me pegó lo metieron en la cárcel…
eso sí, yo al abogado no le pagué con dinero, ya me entienden.
Después a ese malnacido lo violaron y le cortaron el cuello en la cárcel.
Carlos nunca me lo confesó, pero creo que fue él el que lo organizó. Cosas de hombres… ¿entienden?
—Sí, entendemos.
—Pues lo que les diga, el abogado ese y Carlos hacían muchos trapicheos juntos, pero nunca supe qué era.
—Gracias, Inés.
Amaia y Rocío salen del bloque y, ya en la calle, la inspectora se enciende un Marlboro.
—Menuda tía —salta la agente.
—Sí, pero nos ha dado una buena información.
—¿A dónde vamos ahora?
—A ver al abogado Rafael Pomares.