La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La Casa Quemada, originalmente llamada Casa del Portillo, es un acceso histórico situado en el límite occidental de la Casa de Campo de Madrid, cerca de la tapia norte y la Carretera de las Dos Castillas.

Debe su nombre a un incendio que destruyó la edificación original.

Fue reconstruida posteriormente y funcionaba como punto de vigilancia al estar ubicada en una zona elevada.

Son muchos los ciclistas y excursionistas que ahora pasan por ahí.

Muy cerca de la entrada, casi tocando con la autovía, está el vehículo negro.

La matrícula coincide con el coche que ha entrado en La Rinconada para llevarse a Sandra Vega.

Ahora, la policía tiene acordonada la zona y la científica está tomando huellas del vehículo.

Raúl Cuadras ha ido hasta allí, se ha subido hasta su coche y ni se lo ha pensado. Quizá por desesperación ha creído que estando en ese lugar podría llegar a esclarecer algo sobre la desaparición de su novia. Pero no es así.

—Escuche —le pide un agente—. Tiene que dejarnos trabajar, ¿entiende?

—Si me hubieran hecho caso al momento quizá no estaríamos así —añade Raúl.

Los de la científica encuentran restos de cabellos en los asientos de atrás. Posiblemente sean de Sandra a falta de acabar de confirmarlo con el ADN. No hay sangre ni fluidos.

Raúl observa el vehículo, ese que un rato antes había estado observando por la grabación de las cámaras de seguridad de la garita de la urbanización. Saca su móvil y hace una llamada.

—Dime, nene —le responde un hombre al otro lado.

—Necesito tu ayuda, Gabriel.

—¿Qué te ocurre?

—Es Sandra. La han secuestrado.

—¿Qué cojones dices?

—Sí. Tienes que ayudarme, tío.

—Quedamos donde siempre en una hora, ¿te va bien?

—Sí, te veo ahí.

El bar “Juanjo” está en la calle Castro de Oro en el barrio de Opañel, en Carabanchel.

El olor a marihuana se hace presente mezclándose con el hedor a sudor y fritanga.

Gabriel Requena, un gitano muy respetado con negocios turbios y que vende droga en el barrio, está sentado en la última mesa del local.

Se está fumando un cigarrillo y bebiendo una copa de coñac.

Raúl Cuadras nunca se ha sentido orgulloso de consumir cocaína u otro tipo de sustancias, pero cuando conoció a Sandra en un bar del centro todo cambió, pero no del todo.

Infinidad de veces le había prometido que las dejaría, pero el mono era más fuerte que él.

Muchas veces, a escondidas, llamaba a Gabriel para comprarle unos gramos.

Hubo un tiempo en el que se dedicó también a vender, pero, de buenas maneras, Gabriel le dijo que el negocio era suyo.

Que le daba una oportunidad y que si continuaba con los trapicheos le cortaría la polla.

—Siéntate, compadre —le dice a Raúl en cuanto lo ve.

El novio de Sandra se sienta en la silla que hay libre.

—Gracias por verme tan rápido.

—No hay de qué, amigo. Cuéntame, ¿qué mierda es esa de que han secuestrado a tu churri? Ni que estuviéramos en México, joder, o en una puta película.

—Hablaba con ella por teléfono —explica—, y la llamada se cortó.

Fui a verla hasta su casa y no estaba allí.

He podido comprobar por las cámaras de la urbanización que un tío con un coche negro se la ha llevado.

Ella iba detrás, tumbada en el asiento. El coche ha aparecido en La Casa Quemada, la policía está ahora investigando.

Tienes que ayudarme a encontrarla, Gabriel.

Estoy completamente desesperado, no puedo perderla.

—Ya te advertí que salir con esa tía te traería problemas… una chavala con tanto dinero y viniendo de la familia que viene... Las tías con dinero solo pueden traer problemas… ¿No ha llamado nadie para algún rescate?

—No que yo sepa.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo, verdad, Raúl?

—Sí, joder. Quiero que la encuentres con tus recursos. Sé que puedes hacerlo.

—¿Eres consciente de la deuda que vas a adquirir conmigo? Encontrar a tu paya vale mucho, nene.

—Sí, Gabriel. Lo sé.

—Dame una foto de tu churri, la más reciente que tengas y me cuentas todos los detalles de lo ocurrido, de absolutamente todo. Y ni un puto día te despegues del teléfono, un día te pediré que me pagues la deuda que acabas de adquirir.

Raúl sale del bar. Contempla la calle y se estruja la frente con sus manos. Tiene un lío en la cabeza de tres pares de cojones.

—Me cago en la puta —susurra—. ¿Dónde cojones te han llevado, Sandra?

Ahora es Gabriel quien aparece en su cabeza.

El gitano está en sus pensamientos y sabe que ya no hay vuelta atrás.

Muchos dirán que pedirle ayuda al Requena es un grave error, porque si le pides un favor al gitano estás perdido.

Y Raúl sabe que un día, no sabe cuándo, tendrá que pagar una deuda muy cara. Demasiado.