La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Amaia está de pie, junto a la ventana, hablando por teléfono. La agente Rocío Contreras observa su cuerpo desnudo, quizá verla sujetando un teléfono móvil apoyada en el marco de la ventana no sea la escena más sexy del mundo, pero para ella sí lo es.

—De acuerdo, doctor —dice la inspectora—. En cuanto sepa algo, infórmeme.

La vasca cuelga la llamada y se tumba de nuevo junto a Rocío. Las dos se abrazan y sus cuerpos desnudos son ahora uno.

—¿Qué te ha dicho? —quiere saber la agente.

—La operación ha ido bien —resuelve la inspectora—. Ahora está en observación, las primeras horas son cruciales.

—Tuvo mucha suerte.

—Demasiada. La bala entró por la sien y fracturó el cráneo, pero ha dañado parcialmente el lóbulo frontal. La suerte de Mendoza es que la bala no atravesó por completo el cerebro.

—¿Y ahora, qué?

—Quizá haya secuelas, eso dice el médico. Problemas motores, dificultad en el habla, lapsus de memoria —explica—. No lo sé. Hasta que no pasen los días no se sabrá con exactitud.

—¿Por qué no estás en el hospital, Amaia?

—Ya te lo dije. Su mujer está allí… digamos que no nos llevamos demasiado bien. Mira esto, me lo envió ayer.

La inspectora coge su teléfono móvil y muestra a Rocío un mensaje de texto.

Es de la mujer del comisario en el que le dice que todo es por su culpa, que Mendoza debería haber estado en su despacho, que para eso le pagan, y no por estar en un operativo.

Después de ese mensaje prefiere ni acercarse al hospital.

Lo único que puede hacer es rezar por él.

—No tienes la culpa de nada —le dice la agente Contreras.

—No debería de haberlo dejado solo.

—No fue culpa tuya. No cargues con eso, Amaia.

La vasca sí cargará con esa culpa, y todo irá a peor si el comisario no sale de esa situación.

—Escucha, Rocío: Mendoza dio el visto bueno para que me ayudes con el caso de Segovia, pero tendrás que apoyar también a Pedro y a Martín.

—No hay problema con eso. Ya lo sabes.

—Bien. Llama a Martín y a Pedro, diles que he dado orden de vernos en la sala de reuniones. Dales media hora.

La sala de reuniones, la que tiene asignada Amaia en el sótano de la comisaría, huele a whisky. Pedro ha sido el primero en llegar y se le ha derramado un poco del alcohol que lleva en la Petaca.

—¿Cómo está el gran jefe? —pregunta el subinspector Osorio.

—El comisario está estable, pero hasta que no se despierte no se sabrá el alcance de las lesiones, Martín —explica la inspectora.

—Joder, hay que ser un buen cabronazo para plantarse en el área de servicio esa y liarse a tiros —salta Pedro.

—Esperemos que salga de esta —acaba diciendo Amaia para zanjar ese tema—.

Bien, escuchadme: Rocío me dará apoyo con lo de Segovia, y también a vosotros, ¿estamos?

Quiero que esta investigación sea rápida y fluida.

Necesitamos encontrar a Remedios, si el responsable es el mismo que el muerto sin cerebro, esa mujer puede que tenga las horas contadas.

Pedro, ¿algún dato sobre las llamadas y visitas de Felipe Carrera en la cárcel?

—Todavía nada. El juez lo tiene en la mesa pero no lo ha autorizado.

—Joder, que cabrón. Bien. Martín, ¿algo nuevo sobre el chaval que salió huyendo?

—Nada de nada. Por el momento no podemos rascar una mierda de ahí.

Los padres están dando por culo y como no hay pruebas para incriminarle por nada pues está un poco jodido.

Pero… tengo un amigo que me debe un favor, así que en cuanto tenga algo quizá pueda darte buenas noticias, hay algo que no me huele demasiado bien. Tengo un presentimiento.

—¿Y sobre ese nombre, el tal Hans? —quiere saber Rocío—. El chaval dio ese dato, ¿cierto?

—Sí. Pero no tenemos nada más sobre eso. Hans es un nombre, sí, pero podría ser cualquier otra cosa. Incluso hasta una alucinación por el atropello.

—Pedro y Martín —indica Amaia—, quiero también que averigüéis algo sobre el expediente médico que fue robado de Remedios. Si alguien se tomó las molestias en llevarse eso seguramente sea importante.

Los dos subinspectores afirman con la cabeza sin decir nada. En ese momento, suena de nuevo la melodía navideña del móvil de la inspectora. Dada la situación que hay ahora, ninguno comenta nada al respecto. Quizá en un buen momento, sí, ahora no lo es.

—Dime, Espinosa —dice al descolgar.

—…

—Perfecto. Voy para allá. —Amaia cuelga el teléfono—. Poneos con lo que os he dicho a los dos, y Rocío, te vienes conmigo al anatómico.

El cuerpo del colombiano muerto del área de servicio, el que se ha cargado la vasca , está tumbado sobre la fría camilla del anatómico. Desnudo, con toda la zona del tórax abierta y algunos órganos fuera de su cuerpo.

—Le clavaste bien hondo el cristal, eh —le confiesa el forense—. Cualquiera podría decir que te has desahogado con ese.

—Que se joda, Espinosa. Un poco más y no lo cuento, te lo aseguro.

—No imaginas todo lo que he tenido que mover para que nos dejasen hacerle la autopsia aquí y no en Segovia —explica Espinosa.

—Si yo te explicase lo que he tenido que hacer para que asuntos internos no me toque el coño con el muerto este… bueno, al lío. ¿Qué tenemos?

—Se llamaba Carlos Alberto Londoño. Nació en Medellín, pero llevaba en España unos diez años. Es un buen perla… tiene antecedentes por robo, posesión de droga, secuestro y, por supuesto, asesinato.

—¿Y qué cojones hacía este tío en la calle? —pregunta Rocío.

—Al parecer tiene muy buenos amigos. Por posesión y robo ya cumplió condena, por asesinato consiguió librarse.

—¿Por qué? —indaga Amaia.

—¿Conocéis a Rafael Pomares?

—Joder, Espinosa, ¿en serio? —suelta la inspectora, sorprendida.

—¿Quién es Rafael Pomares? —les pregunta la agente Contreras, desconcertada.

—Un abogado. El mayor cabrón que te puedes echar a la cara. Conociéndole, seguro que metió una prueba falsa el muy cerdo —relata Amaia—. A ese le encanta salir por televisión.

—¿Nos centramos en ese? —añade Rocío.

—Todavía es pronto. No sabemos si puede tener relación. Espinosa, ¿qué más? Deléitame con alguna cosa más, anda.

—Poca cosa. Sus huellas estaban registradas en el sistema, por eso ha sido fácil, y en su cuerpo no había ni drogas ni alcohol.

—Así que ese hijo de puta quería matarme estando sereno, eh… ¿Y las armas?

—La que disparó al comisario era una del calibre 22, es muy corriente. La verdad es que tuvo mucha suerte, llega a ser una 9 mm. y quizá estaría muerto. La de este pájaro también era de un 22.

—Bien. Pásame los datos por email, Espinosa.

Amaia y Rocío salen del anatómico y la inspectora llama a comisaría para que le preparen información de los últimos contactos conocidos del colombiano muerto.

Al llegar, se fuma un cigarrillo y sube junto a la agente.

Le han dejado el expediente sobre una mesa.

Carlos Alberto Londoño, conocido también como el gato , es un delincuente de los pies a la cabeza.

El único contacto que encuentran es una ex novia del colombiano que vive actualmente en Carabanchel, por el barrio de Pan Bendito.

—Comenzamos tirando de ese hilo, Rocío —le indica la inspectora—. Con un poco de suerte sacaremos algo.

Las dos salen de comisaría. Aunque hay sol, hace mucho frío.

Por eso, la inspectora se abriga nada más bajar las escaleras de la entrada.

Se enciende un cigarrillo y le guiña un ojo a la agente, pero ninguna de las dos se ha percatado de algo: a varios metros, apoyado en una farola que hay junto a una sucursal bancaria, hay un chaval, ronda los veinticinco años, guapo, elegante y bien repeinado.

Las observa a las dos, claro, lleva siguiéndolas desde que salieron del anatómico forense.

Saca un teléfono movil del bolsillo del pantalón de pana y hace una llamada.

—Dime —le responde una voz.

—¿Qué hago con ellas? —pregunta el joven.

—Mátalas. En una zona tranquila, sin testigos.