La Vasca: El Caso Hans Madrid (España), invierno de 1965.
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Madrid (España), invierno de 1965.

La habitación no es demasiado grande y desde fuera uno podría pensar que incluso es acogedora, pero su olor es nauseabundo.

Huele a sudor, sangre y a medicamentos. El anciano está tumbado sobre la cama, su respiración es pausada.

Junto a él, en una pequeña mesita, hay varios botes con pastillas y una palangana para que pueda escupir y orinar.

Cuando la puerta se abre, ni siquiera se percata de la presencia de su propio hijo, que lo ha de zarandear para que le preste atención cuando se sienta junto a él en la cama.

—Hola, padre.

—Hijo, ¿eres tú? Qué alegría verte por aquí —le dice susurrando.

—¿Cómo te encuentras?

—Peor que ayer, mejor que mañana. ¿Y la guerra?

—La guerra ya terminó, padre —le responde su hijo—. Hace ya tiempo que todo acabó.

—Nunca olvides esto: Alemania es solo una, y grande…

—Lo sé —le interrumpe—. Escuche, padre, creo que lo estoy consiguiendo.

—¿El qué? —pregunta desconcertado.

—Lo que comenzó el abuelo, lo que siguió usted, ¿recuerda?

—¿Y la guerra, Gustav?

Gustav, que ahora tiene treinta y un años, sabe que ya no puede hacer nada por su padre.

La edad no perdona. Ese hombre ya no es el que era.

Desapareció ese alemán digno de su raza que acabó con la vida de muchas personas para conseguir un propósito, un propósito que ahora su propio hijo ha de continuar.

No es fácil mentirle a un padre, pero tiene que hacerlo.

Quizá es la mejor manera para que se vaya de este mundo, pensando que su propio hijo sigue con su legado, cuando ni siquiera ha querido intentarlo.

—La guerra ya acabó, padre —le vuelve a decir.

La puerta de la habitación se abre y entra un cura. Lleva en sus manos una toalla y un brebaje.

—Le he traído al señor un jarabe, ha de tomárselo —comenta.

—Padre —le dice Gustav—. Tiene que tomarse esto, le vendrá bien.

El anciano intenta levantar la cabeza con ayuda de su hijo y se bebe todo el cuenco con el líquido.

—Muy bien, padre. —Gustav le devuelve el cuenco al cura—. Gracias.

—No hay de qué, si me necesitan estaré en la sacristía.

El anciano tose, el brebaje no le ha sentado demasiado bien.

—Explícame, hijo, ¿lo conseguiste ya?

—Estamos cerca, padre, ya lo verá —le indica su hijo, mintiéndole.

—¿Cuál ha sido el último muerto? Explícamelo —le pide.

—¿Quiere saberlo?

—Adelante. Quiero conocer las hazañas de mi hijo, y después, hablaremos de la guerra y de la Alemania grande.

—Fue una mujer, bastante joven —explica—. Algo menos de veinticinco años.

—Bien, ¿qué más? —dice con voz pausada.

—La llevé a la casa y allí la maté.

—¿Cómo?

—Con un cuchillo —resuelve al fin volviéndole a mentir—. Se lo clavé en la garganta, hasta el fondo.

—¿La violaste?

—No.

—Bien. Eso es importante, hay que ser respetuoso con los que van a morir… en otra vida quizá los muertos te busquen, y a mí también, claro.

—¿Cómo era su cerebro?

—Excelente, padre.

—Bien, Gustav, te he enseñado bien. Eso me hace feliz.

El anciano vuelve a toser, pero ahora es diferente, le han salido babas de sangre por la boca.

Comienza a convulsionar y sus ojos se ponen blancos.

Sus músculos se ponen rígidos y escupe mucha más sangre.

Gustav lo sujeta por los hombros, si no lo hace puede que hasta caiga de la cama.

Las convulsiones son fuertes y la rigidez de sus extremidades es extrema.

—Tranquilo, padre —le pide su hijo mientras continúa sujetándolo.

El anciano ya no escupe sangre, ahora un líquido blanco y espeso sale por su boca y nariz. Después de un minuto y medio agonizando ha muerto. Ya no respira. Ahora quizá está con los muertos, con todos los que ha asesinado.

—¿Se fue? —pregunta el cura entrando de nuevo por la puerta.

—Sí —responde Gustav—. Ha sufrido.

—Lo sé, el veneno era fuerte, pero era lo más rápido.

—¿Más que cortarle el cuello?

—¿Quién se lo hubiera cortado? ¿Tú? Es tu padre, sabes que no hubieras podido hacerlo. Ha sufrido, pero ha sido rápido.

—No sé si he hecho lo correcto.

—Lo has hecho. Desde que vinisteis a Madrid todo lo que has estado haciendo por él ha sido lo mejor… la demencia de tu padre ha podido con él —explica el párroco—. A él ya no le quedaba mucho tiempo. Así que, has hecho lo que debías.

—De acuerdo. La verdad es que ya no podía seguir mintiéndole, a él, no.

—Así es, Gustav. No te martirices, no vale la pena. Te esperaré abajo para que te confieses. Yo también hablaré con Dios, he de limpiar mis pecados.