CAPÍTULO 19
—Aquí dentro huele a tabaco —recrimina el comisario Mendoza.
—Claro, si fumo aquí es normal que huela a tabaco —indica la inspectora.
—Tú y tu equipo hacéis lo que os sale de los huevos.
—Mendoza, falta algo más de una hora para llegar a Segovia, tengamos la fiesta en paz —le pide Amaia mientras se enciende un cigarrillo.
—¿Cómo está Pedro?
—Bien, como siempre.
—¿Bien? No me toques los cojones, Amaia. Se habla por comisaría que se tira todo el día bebiendo.
—A Sierra lo controlo yo, no te preocupes, Mendoza.
El camino se le hace interminable a la vasca . Después de cuatro cigarrillos, alguna recriminación más por parte del comisario y un par de canciones de Alejandro Sanz, llegan al anatómico forense de Segovia, donde los espera el forense Miguel Cruz.
—Conocía a Santiago desde hace muchos años… se lo han dicho a su mujer, estaba con unas amigas cuando ocurrió —explica el forense—. Ahora una amiga de la familia está con ella en el hospital, le ha dado un ataque chungo.
El cuerpo del ex comisario Ríos está tendido desnudo en la mesa metálica del anatómico.
La sala es fría y el aire se siente denso.
Huele a antisépticos, y hay un ligero olor a putrefacción, como si hubiera pescado o carne podrida.
Amaia mira el cadáver, estupefacta, sabiendo que el día de antes había estado con él.
—¿Qué le han hecho, Miguel? —pregunta Mendoza al forense.
—De todo. ¿No ves como está el cuerpo? Hay que ser un hijo de puta para hacerle esto a Santiago. Siempre ha sido un hombre íntegro.
—¿Quién encontró el cuerpo? —quiere saber Amaia.
—Un vecino vio salir a alguien sospechoso del piso y llamó a la policía. La puerta estaba abierta, y cuando una patrulla entró se encontraron el cuerpo.
—Cuéntanos, Miguel, ¿qué has podido ver de momento? —Mendoza acaba de hacer la pregunta, pero no puede dejar de mirar el cadáver de su amigo.
—Lo torturaron, al menos durante un buen rato. La mano derecha, como podéis ver, la tiene medio arrancada —explica—. La izquierda está machacada, imagino que por un martillo o una herramienta bastante grande.
—¿Cuántas puñaladas? —indaga Mendoza.
—He contado dieciocho.
—¡Joder! —exclama Amaia.
—Siete en el tórax, cinco en la cara, tres en el cuello, y otras tres repartidas en la zona de la ingle. No le clavaron el arma blanca demasiado, lo justo para que se desangrase a poco a poco.
—¿La causa de la muerte? —pregunta el comisario Mendoza.
El forense levanta la cabeza de Santiago Ríos y señala hacia el cuello.
—Le pegaron un tiro en la nuca —resuelve el forense.
—¿ETA?
—No lo creo, Amaia —indica Miguel—. Demasiado ensañamiento para ser de los terroristas. Aquí hay algo más. Querían sacarle información, estoy seguro de ello. Y por las terribles heridas diría que no lo consiguieron.
Mendoza y Amaia están sentados en uno de los despachos de la comisaría en la que fue comisario Santiago Ríos. Han acordado verse con Giménez, el inspector que llevará el caso de su muerte.
—No podemos decir nada sobre el caso de Noelia —añade Mendoza.
—Lo sé. He pensado lo mismo.
—Si su asesinato tiene relación con el caso de la niña estamos bien jodidos, Amaia. Así que, máxima discreción.
—¿Crees que puede ser por hablar yo con él?
—Joder, ni puta idea. Si es así lo estarían vigilando… y recuerda que Santiago no confiaba en nadie de esta comisaría, por eso tenemos que ir con pies de plomo.
—Me has metido en un buen marrón, Mendoza.
—Tranquila, Amaia, yo sé que a ti te van estas movidas.
Unos minutos después, un hombre barrigudo con una barba de tres días entra por la puerta del despacho.
—Hola, disculpad que os haya tenido esperando —comenta nada más entrar.
Los tres se saludan con un apretón de manos. Hablan del tiempo y del tráfico que Amaia y Mendoza han encontrado hasta llegar ahí.
—Bueno —prosigue Giménez—, el asesinato De Santiago ha sido terrible, en la comisaría estamos todos consternados.
—Me lo imagino —afirma Mendoza—. No queremos entrometernos, solo hemos venido aquí porque él era un buen amigo mío.
—Lo sé, comisario, él había hablado muy bien de usted.
—¿Tienen algún dato o pista? —indaga Amaia.
—Todavía nada. Hemos estado en su piso, y según parece forzaron la puerta de entrada mientras Santiago se estaba duchando. La tortura fue en el comedor, lo sentaron en una silla y lo ataron. Por el momento no hemos encontrado ninguna prueba relevante.
—¿Habéis hablado con el testigo que vio salir a alguien de ahí? —quiere saber Mendoza.
—Sí. Era alguien vestido con un mono de trabajo azul… lo describe como un tipo alto, fuerte y cabello negro.
—¿Nadie oyó el disparo? El forense nos ha dicho que le pegaron un tiro en la nuca.
—No. Hemos hablado con los vecinos del bloque, en ese momento solo había un matrimonio mayor y un chaval joven en la planta de arriba. Creemos que quizá el asesino usó un silenciador.
La conversación no se alarga ni cinco minutos más. Amaia y Mendoza salen de comisaría y quedan con Giménez que cualquier dato de interés se lo hará saber. El comisario actual no estaba, por eso, Mendoza no ha podido ni hablar con él.
—Quiero que te centres en lo de la niña —le ordena Mendoza—. La clave del asesinato de Santiago tiene que estar ahí, estoy seguro, ¿estamos?
—Sí. Pero necesitaré algo de ayuda, no quiero que se me escape nada, Mendoza. Con lo de la muerte de Santiago no quiero que esto se me complique demasiado.
—¿A quién quieres?
—A la agente Contreras.
—Bien, que Rocío te ayude, pero que le dé también apoyo a Martín y a Pedro con el tío sin cerebro y el secuestro de la mujer esa, la tal Remedios.
Cuando la inspectora y el comisario se suben al coche para volver hacia Madrid, ninguno de los dos se ha percatado que un Seat Ibiza de color blanco los sigue a una distancia prudencial.
Dentro van dos tipos, y el copiloto está cargando una pistola con calibre 22, un arma ligera estándar capaz de perforar la carrocería del vehículo a pocos metros.
Amaia y el comisario están en peligro, pero todavía no lo saben.