La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El bloque de siete plantas está en Lavapiés, una barriada de Madrid ubicada en el barrio Embajadores en el distrito centro.

En la calle del Amparo hay varios negocios de toda la vida: un bar de carajillos y menús, un estanco, la farmacia de toda la vida y tiendas de arreglos de ropa y tintorerías entre otros.

—¿Quién ha sido el primero en llegar? —indaga la inspectora.

—Una patrulla de la local —le explica Osorio—. Hablaron con el vecino y nos llamaron.

—Bien, subimos. Pedro y Rocío, intentad hablar con los negocios de aquí, sobre todo con la farmacia, tiene una cámara en la fachada.

—Hecho, jefa —añade la agente Contreras.

—¿En qué piso vive la hija, Martín?

—En el cuarto D, Amaia —le dice—. Y el testigo en la planta baja.

—¿Cómo se llama?

—Joder, ni idea de como se llama el tipo…

—Me refiero a la hija, hostia…

—Ah, Amanda.

—Bien, subimos caminando.

—Joder, como os gusta tocar los cojones con las escaleras, eh.

Pedro y Rocío entran en la farmacia. Una señora mayor con bata blanca desgastada les saluda, y una chica joven sale de la rebotica, ésta con una bata impecable.

—Buenas tardes —saluda la mujer mayor—. ¿Qué desean?

—Somos policías, señora. —El subinspector enseña su placa y la agente hace lo mismo—. Nos gustaría saber hacia donde enfoca la cámara que hay fuera.

—¿Tienen una orden? —salta la chica joven interrumpiéndoles.

—Tranquila, guapa, que no queremos detener a nadie de aquí. Ha ocurrido algo en un bloque cerca y queremos ver si ha grabado algo.

—Tranquila, niña, yo me ocupo —comenta la mujer—. Es mi nieta, se pone algo nerviosa a veces… todo por culpa de mi hija, que siempre le dice que cuando esté en la farmacia ayudándome no deje que nadie me tome el pelo. Cuarenta años llevo yo aquí y nadie me ha hecho nunca nada…

—Y los que le quedan, eh, señora —indica Pedro, sonriendo.

—Exacto, y los que me quedan. Vengan a la rebotica, el ordenador de la cámara está ahí.

—Deberías salir a hacer ejercicio, Martín —le suelta Amaia—. Así no te cansarás tanto al subir escaleras.

—Iros a tomar por culo, tú y los demás… venga, llama al timbre y habla tú, no tengo ni fuerzas.

Cuando la inspectora pulsa el botón, Amanda, la hija de Remedios, no tarda en abrir ni cinco segundos.

—Hola, ¿Amanda? —le pregunta Amaia enseñando la placa, Osorio hace lo mismo.

—Sí, pasen, por favor.

La mujer está muy nerviosa, demasiado alterada, y es completamente normal.

—¿Saben algo ya de mi madre?

—Todavía no, Amanda. Por eso hemos venido, quiero que me explique todo lo que sepa.

—¿Qué voy a explicar, inspectora? Mi madre tiene Alzheimer, no puede ni siquiera andar. Va con pañal todo el día, pero a veces se lo quita porque prefiere orinar en el orinal, la lucidez al menos le da para eso. Me fui a hacer unas gestiones al banco y cuado volví ya no estaba…

—Bueno, tranquilícese. Hemos activado un protocolo para que los agentes que hay en la calle la busquen, ¿de acuerdo? Estoy segura que daremos con ella muy rápido.

—Pero… se dice que no se ha ido ella sola, que un hombre se la ha llevado, ¿quién haría algo así y por qué? No entiendo nada.

—No lo sabemos. Pero, dígame, ¿ha ocurrido alguna cosa los últimos días?

—¿A qué se refiere?

—Alguna pelea con alguien, llamadas extrañas, algún incidente que sea poco habitual.

—No, nada.

—Intente hacer memoria —le indica Martín—. A veces cualquier pequeño detalle es el importante, ¿comprende?

—Es que no ha ocurrido nada que yo les… esperen, un momento…

—¿Qué? —dice la inspectora, ansiosa.

—Ayer tenía que venir el médico de mi madre, la suele visitar una vez por semana.

Es un doctor de pago que nos recomendó un primo mío hace ya unos años.

Tiene una consulta enorme y se dedican a varias especialidades.

Pero ayer justo nos llamó para posponer la visita a mañana, al parecer alguien había robado los expedientes de su despacho después de sufrir un robo en la consulta. No sé si eso puede ser importante.

—Podría ser —concluye Amaia.

La mujer mayor, que ya les ha indicado que es la farmacéutica titular, enciende el ordenador y muestra las cámaras. En total hay tres: una en la rebotica, otra que enfoca a la caja, y la del exterior.

—Colocamos esa cámara porque el almacén con medicamentos lo tenemos a tres locales de aquí, en este ya no cabe mucha cosa —explica la mujer—. Por eso la tenemos enfocando hacia allí.

—Es perfecta, señora —le indica Rocío—. Está justo enfocando al portal que a nosotros nos interesa.

Retroceden la grabación hasta el momento en el que, un hombre con aspecto de yonqui, mete a la mujer en una furgoneta después de salir del portal del edificio.

—Ahí está —confirma Pedro—. Ese gilipollas no vio la cámara.

Es una Citroën Berlingo plateada con matrícula de Madrid.

—¿Tiene algún disco o un USB, señora? —quiere saber Sierra.

—Claro. Aquí hay de todo, joven.

Pedro y Rocío han copiado la grabación en un CD. Salen a la calle, e intentando disimular, el subinspector saca la petaca del bolsillo interior de la cazadora y le da un trago.

—Escóndete lo que quieras, Pedro, el olor de ese whisky huele a kilómetros —le suelta la agente Contreras.

—A ti también te gusta meterte en todo, eh, novata. Entre tú y la jefa me tenéis hasta los cojones.

—Solo quiero que estés bien.

—Estoy de puta madre, así que, tú a lo tuyo, compañera.

El vecino de la planta baja se llama Valentín, es el testigo que ha asegurado haber visto a alguien con actitud sospechosa en la puerta del edificio y, lo más importante, ha podido escuchar el nombre de Felipe Carrera mientras el sospechoso hablaba por teléfono.

Es un hombre de setenta y cinco años, cabello canoso y con no más de cuatro dientes en la boca.

—Cuéntenos lo que sepa, Valentín —le pregunta Amaia.

—Cuando salí vi a ese cabrón cerca de la puerta del bloque.

Me dio muy mala espina ese tipo, un tío raro, la verdad.

El barrio se está poniendo que da asco, tanta mierda que hay…

bueno, se puso a hablar por un móvil con alguien y mencionó a un tal Felipe Cabrera, Calleja o algo así… Se me ha olvidado.

—¿Carrera? —propone la inspectora.

—Eso, Felipe Carrera, fue ese el nombre que dijo. Tenía una cara de yonqui ese malnacido, me cago en su madre… Llego a tener mi escopeta y le reviento la cabeza. A ese tipo de calaña hay que cargárselos.

—¿Tiene usted armas? —quiere saber Martín.

—Soy cazador, claro que tengo. Pero está en la casa del campo, en un armero, eh. Ahora no me vayan a dar por culo a mí.

—No se preocupe, Valentín —indica la inspectora—. ¿Alguna cosa extraña más?

—¿Sobre qué?

—Sobre el tipo ese que ha visto.

—Ah, no, para nada. Iba vestido normal, pero tenía la cara de yonki, eso sí… maldito hijo de perra, ¿le ha hecho algo a la Remedios?

—Al parecer se la han llevado, pero la encontraremos. Eso se lo aseguro.

El equipo se reúne, nuevamente, en el bar del Luque. El dueño no tarda en servirles a cada uno su bebida habitual. Hoy, Pedro ha preferido un cubata de whisky. Pero antes, le ha dado un trago a su Petaca.

—Bien, ¿qué mierda tenemos? —suelta la inspectora, furiosa—. Porque, que yo sepa no tenemos nada. Hay un tío sin cerebro, y ahora una anciana con Alzheimer desaparecida. Así que, eso mismo, una puta mierda tenemos.

—El CD que hemos grabado en la farmacia deja claro que es el mismo que el tal Valentín vio, se le ve metiendo a Remedios en la furgoneta —explica Rocío—. Pero el vehículo era robado, denunciaron ayer su desaparición.

—Pero, no entiendo una cosa, ¿para qué secuestran a esa pobre anciana? ¿Qué relación tienen esa mujer y Julián Herrero? No creo que sean dos casos aislados. Solo espero que Remedios no aparezca sin cerebro o sin otra parte de su cuerpo. Pero no tenemos nada…

—Pues sí, tienes razón en una cosa, Amaia —salta Martín—. No tenemos nada. De hecho, tenemos una puta mierda.

En ese momento, la melodía navideña del teléfono de la inspectora suena en el fondo del bolsillo de su americana. Y como era de esperar, todos la miran.

—Joder, jefa —le dice Pedro—. Te irás un día de vacaciones al Caribe, te sonará esa música y saldrás hasta en las noticias.

—Sierra, no me toques el coño —le suelta mientras se levanta de la silla para atender la llamada—. Mendoza, ¿qué ocurre?

—Amaia, recógeme mañana a primera hora en comisaría, nos vamos para Segovia —le ordena al otro lado de la línea.

—¿Qué ha ocurrido?

—Me acaban de llamar de allí. Han asesinado a Santiago Ríos.