CAPÍTULO 16
Amaia ha explicado a Pedro y a Martín lo que han averiguado sobre Felipe. Han de buscar cualquier relación que pueda tener con alguien del exterior.
—Bien —comienza a explicar la inspectora—, lo que sabemos de Felipe es que entró en prisión por la muerte de un hombre, el crimen tiene las mismas características que el de Julián Herrero, la única diferencia aquí es que en ese caso no se llevó el cerebro…
—¿Y si no es el mismo? —suelta el subinspector Pedro Sierra.
—De momento es lo único que tenemos, Pedro, pero ya te digo, mucha casualidad es que ese pájaro cortase a alguien por la mitad y ahora haya un crimen igual. Rocío, ¿has podido averiguar si tiene contactos en alguna parte? Tú fuiste la primera en ponerte a indagar.
—No, Amaia, no he encontrado nada.
—Joder. Vale, ¿y qué hay sobre la hemofilia? Martín, ¿averiguaste algo?
—Sí, pero es algo bastante común, no es nada extraño ese tipo de coagulante que la víctima se inyectaba, podría habérselo recetado cualquier médico del país. Aquí en Madrid, por ejemplo, hay unas cuatrocientas personas que la padecen.
—Bien —zanja la inspectora—. Quiero la máxima concentración, ¿estamos?
Este caso tiene prioridad absoluta. Si veis que estoy un poco ausente ya sabéis que es por lo del caso de la niña de Segovia, creo que me va a llevar más tiempo del que imaginaba.
Ya tengo todo el expediente y he de ponerme con ello lo antes posible.
—¿Cómo lo llevas? —quiere saber el subinspector Osorio.
—He estado hablando con Santiago Ríos, el comisario que llevaba el caso. Ya os digo que no sé ni por donde comenzar.
—Me jode decirlo —añade Sierra—, pero tanto tiempo… esa pobre niña seguro que está muerta.
El almacén donde la inspectora tiene a su equipo reunido es oscuro, se iluminan gracias a una lámpara que hay en el techo colgada.
Nadie de los de la comisaría quiere bajar ahí, excepto el comisario Mendoza, que, muy de vez en cuando, le gusta pasarse y supervisar la operación. Como por ejemplo, hoy.
—¿Cómo lo lleváis? —les pregunta Mendoza al entrar en la sala.
—Menuda sorpresa, comisario —salta Osorio—. ¿Qué se le ha perdido por los subsuelos del edificio?
—Osorio… déjate de sermones. He venido porque ya se ha filtrado a la prensa que al muerto ese le han quitado el cerebro. Y en Interior están poniéndose nerviosos. Y para colmo ya están comparando ese crimen con el de Felipe Carrera.
—¿Cómo se enteran tan rápido? —pregunta Rocío.
—Para eso les pagan, los periodistas son como buitres —le indica Amaia—. ¿Algo más, Mendoza?
—Sí, cuando puedas, sube a mi despacho. Y, al resto, quiero resultados lo antes posible. ¿Entendido?
El comisario Faustino Mendoza suelta un ligero soplido cuando se sienta en la silla frente a la mesa de su despacho. El dolor en las rodillas se resiente, sabe que la edad no perdona a nadie.
—Estoy deseando jubilarme, Amaia. No te imaginas las ganas que tengo de estar todo el santo día en chándal.
—Mendoza, tengo trabajo…
—Lo sé. Tu siempre tan directa en todo… ¿cómo te ha ido con Santiago Ríos? Me ha dicho que ya has estado con él.
—Así es.
—¿Y?
—No sé por dónde comenzar. No hay nada.
—¿Nada?
—Ese hombre ha acusado a dos agentes de narcóticos de haberse llevado a esa niña. Solo lo cree porque la furgoneta con la que se la llevaron tenía un golpe en uno de los faros y piensa que es la misma que utilizaban en comisaría.
—Esos agentes murieron, ¿no?
—Sí, se los cargaron en un ajuste de cuentas, pero no hay nada que indique que fue por lo de la niña —le interrumpe—. Luego está un tal Vicente Prado, el agente que se encargó de la investigación.
—Lo encontraron muerto me dijo Santiago —añade Mendoza.
—Sí, se suicidó, aunque él cree que lo asesinaron. Me he leído el informe, la puerta no estaba forzada y no hubo ningún indicio de que no fuera él el que apretase el gatillo.
—¿Primeras conclusiones? —quiere saber el comisario.
La inspectora no sabe por dónde comenzar a investigar ese caso, y mucho menos sabe qué responder.
—Por tu silencio veo que estás bastante perdida —le indica Mendoza—. ¿Crees que podrás con todo, Amaia?
—Mendoza, ya hace mucho que nos conocemos, yo puedo con eso y con lo que me echen.
—Bien, eso es lo que quería oír. Ya sabes, quiero resultados rápido, Amaia. Pero, te he hecho una pregunta… ¿primeras conclusiones?
—No lo sé, Mendoza. La niña hace cuatro años que desapareció. La investigación se paró, no había nada extraño en el caso, o al menos no lo pudieron averiguar. Lo primero que haré es hablar con los padres, los he llamado, he quedado con ellos mañana.
—Bien. Me vas informando, y, lo del tío sin cerebro… métele caña a tu equipo, ¿entendido?
La inspectora asiente y sale del despacho. El portazo ha sido fuerte, pero el comisario ya está acostumbrado a la actitud de la vasca . El subinspector Sierra viene hacia ella, da la sensación de estar inquieto.
—Amaia —la alerta.
—¿Qué ocurre, Pedro? ¿No podéis vivir sin mí o qué?
—Ya te gustaría, jefa. Ha llamado una mujer denunciando que su madre ha desaparecido…
—¿Y? Que vaya a personas desaparecidas, que le den un café y una magdalena y que ponga la denuncia.
—No, joder, hay un testigo en el bloque de la mujer. Según dice ese testigo del bloque vio a un tío con pinta de yonqui en el portal. Lo escuchó hablar por teléfono y mencionó, según dice, a un tal Felipe Carrera mientras hablaba por teléfono.
—Joder —añade la inspectora—. Prepáralo todo, vamos para allá.