La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Raúl, el novio de Sandra Vega, puede ver desde la entrada de la casa como dos de los agentes de la Policía Local bajan del coche patrulla y se dirigen hacia él.

—¿Es usted Raúl Cuadras? —le pregunta uno de ellos.

—Sí, soy yo.

—Bien, cuéntenos que ha ocurrido, señor.

—Estaba hablando con Sandra por teléfono, ella es mi novia, y de repente la llamada se cortó, fue muy extraño porque me pareció oír a alguien con ella… después ya no me respondió.

—¿Qué le hace pensar que puede haberle ocurrido algo? —le pregunta el otro, que es el más bajito.

—Debería de haber cogido un taxi para ir a trabajar, y no lo ha hecho, ella no es así —explica, alterado—. Ella no faltaría nunca a un trabajo. La puerta no está forzada, pero las plantas del jardín están chafadas, puede haber entrado alguien, o quizá alguien la vigilaba.

—¿Tiene llaves de su casa?

—No. —Al responder, pensó en que ojalá fuera así, si tuviera llaves no hubiera llamado siquiera a la policía.

—Verá, señor Cuadras, si no hay indicios de violencia no podemos entrar en el domicilio. Solo podemos echar un vistazo desde el exterior, si existiera riesgo para la propietaria sí podríamos entrar, por lo contrario, no podremos proceder.

—¿En serio? —pregunta el joven, sorprendido—. ¿Y qué se supone que he de hacer? ¿Y si no aparece nunca?

—Tendrá que esperar veinticuatro horas y poner una denuncia. ¿Algún familiar que pueda abrir el domicilio?

—No. Sus padres fallecieron —responde—. No tiene a nadie más.

—En ese caso, señor Cuadras, lo único que puede hacer es esperar. Seguro que ella está bien y no le ha ocurrido nada, nosotros echaremos un vistazo por el exterior y pasaremos parte… si mañana no sabe nada de ella venga a comisaría a interponer la denuncia.

Los dos agentes dan un rodeo por el exterior de la casa y no ven nada sospechoso.

Incluso la puerta del jardín que da al comedor está cerrada y no hay ninguna actividad sospechosa en el interior.

Cuando los policías se marchan, Raúl se apoya, inquieto, en la verja de la entrada.

Sabe que su única opción es entrar a la fuerza en el domicilio de su novia.

Y eso decide hacer, bordea la casa y salta la valla trasera, camina sigiloso por el jardín e intenta abrir la puerta corredera, pero está cerrada.

No le queda otra que romper el cristal y entrar, y lo hace.

Con una maceta revienta la puerta y los cristales salen disparados hacia el interior del salón.

—¿Sandra? —grita él, mientras intenta esquivar los trozos de cristal del suelo.

Silencio.

—¿Cariño? ¿Estás aquí?

Silencio.

Raúl registra toda la casa pero no hay ni rastro de la chica. Comienza a desesperarse y se sienta en el sofá.

—Piensa, Raúl, piensa —susurra.

Es entonces cuando recuerda que, en la entrada de la urbanización, está la garita del vigilante, y sabe que hay cámaras.

Estaba tan nervioso por lo que le pueda haber ocurrido a su chica, que no se había parado a pensar en las posibilidades.

Alguna vez, Sandra le había explicado que la urbanización estaba mucho más vigilada de noche, y que durante el día, un hombre de unos sesenta años, es el que se encargaba de hacer rondas y observar por las cámaras, pero, muy por encima, ni siquiera cuando ha entrado él estaba en la garita.

Quizá era esa la única oportunidad que tenía Raúl para poder avanzar en encontrarla.

Sale del domicilio, se sube al coche y circula por el camino hasta que llega a la caseta de la entrada de La Rinconada.

Ahora está vacía, pero puede ver a través del cristal el monitor con todas las cámaras de seguridad.

Observa a su alrededor, no hay nadie que ahora lo vigile, quiere entrar y retroceder hasta poder ver qué vehículos han entrado y salido durante la mañana.

Sabe que quizá es el comienzo para poder dar con Sandra.

Vuelve a echar un vistazo a su alrededor, no hay nadie, al menos eso cree, gira el pomo de la puerta y comprueba que está abierta.

Entra, pero una voz que viene de detrás lo alerta.

—¿Qué haces? —le pregunta la voz, pero cuando Raúl se da la vuelta, comprueba que no es el vigilante.