La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Un hombre de unos cincuenta años con aspecto de yonqui ha forzado la puerta del portal y ha podido abrirla sin problema.

Entra en el ascensor y pulsa el botón de la planta número cuatro, se mira en el espejo y abre la boca, observa sus dientes ennegrecidos y se toca el diente que se le mueve desde hace unos días.

—Joder, me cago en la puta —susurra—. Está a punto de caer…

El ascensor ha llegado a la cuarta planta, las puertas se abren y el tío sale con paso chulesco.

Sabe que la mujer vive en la puerta D y que ahora no está en casa, la que sí está es su madre, que es la que le interesa.

Una señora de ochenta y tres años que padece Alzheimer.

El desconocido abre la puerta con una ganzúa, podría llamar al timbre, pero según ha podido saber, la anciana está tumbada en la cama y no abriría nunca la puerta.

Cuando entra en el piso camina por el pasillo con sigilo, no quiere alertar a ningún vecino.

Al llegar a la habitación ve a la mujer tumbada, viste con un camisón blanco y está tapada con una manta de rodillas para abajo.

El orinal que hay al lado está lleno de orina.

—Hola, Remedios —saluda.

La mujer lo mira, lo intenta reconocer pero no lo consigue. Su mirada está perdida. Quizá se pregunta dónde está su hija, o lo que es lo mismo, esa mujer que la viste y la cambia a diario.

—¿Eres mi hermano? —pregunta ella.

—No, Remedios, soy el ratoncito Pérez —le dice riendo, acordándose del diente que se le mueve—. Ahora te vendrás conmigo, ¿entendido? Te voy a llevar a un sitio que te va a gustar, mujer.

—La chica tiene que venir a darme de comer.

—¿La chica? Imagino que hablas de tu hija, ¿no? Pobre mujer, no sabes la que te espera. No te preocupes, al lugar al que vamos no necesitarás comer nada.

—No eres mi hermano, ni el ratón Pérez —afirma la mujer en un momento de lucidez.

—Claro que no, Remedios. Yo soy el demonio.