La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Felipe Carrera se toca las muñecas, parece que los grilletes le aprietan.

—¿Me invitan a un cigarrillo? Usted tiene cara de fumadora, inspectora.

Amaia saca su paquete de Marlboro, le da un pitillo al preso y se lo enciende.

—¿Qué quieren saber del crimen que cometí?

—Ha aparecido un hombre muerto. Lo han cortado por la mitad con una sierra, le han cortado la cabeza y se han llevado su cerebro.

—Yo no me llevé el cerebro de nadie.

—Lo sabemos, pero, ¿con una sierra? Joder, hay que tener mucha sangre fría para cortar un cuerpo por la mitad, Felipe, y además cortar una cabeza.

—Me alivió.

—¿De qué?

—Del mal que llevo dentro, matar me relaja.

La expresión de la agente Contreras cambia. Si la dejasen sola con ese tío seguro que le daría una buena paliza.

—Al margen de tus motivos… ¿quién crees que puede haber hecho eso? —inquiere Amaia.

—No tengo ni puta idea, inspectora, quizá haya un imitador por ahí, ¿no cree?

—No eres tan famoso, Felipe. Yo no lo creo. Estoy segura que sabes algo que no nos quieres decir.

—Solo sé que no sé nada, como dijo Aristóteles.

—Fue Sócrates —le corrige Rocío.

—Lo ven, yo no sé nada —acaba diciendo.

Amaia y la agente Contreras salen de prisión sin haber conseguido nada en claro con la conversación de Felipe Carrera.

La inspectora ha pedido una orden para que les hagan llegar los registros de llamadas y las visitas recibidas por el preso en los últimos meses.

Pero eso tardará, siempre y cuando un juez lo autorice.

—Te dejo en comisaria, busca toda información posible de ese cerdo, Rocío —ordena Amaia.

—¿Qué harás tú?

—Me voy para Segovia. He de comenzar con el caso de la niña desaparecida esa.

—Ten mucho cuidado.

Amaia ha tardado una hora y catorce minutos en llegar al centro de Segovia.

Ha dejado estacionado el vehículo cerca de un bar en el que se ha tomado un café.

Mientras se fumaba un cigarrillo ha pensado en su equipo, en las tareas que les ha asignado a cada uno de ellos mientras ella estaría ausente.

Santiago Ríos, el comisario retirado que ha pedido ayuda a Mendoza, vive en pleno centro, a dos minutos del ayuntamiento, en la calle Isabel la Católica, y a unos ocho minutos caminando del Acueducto.

El bloque en el que vive está cerca de un estanco, por eso Amaia aprovecha y se compra un paquete de Marlboro.

La puerta del portal está abierta, por eso abre y sube por la escaleras.

Santiago vive en la primera planta, en la puerta B. La inspectora llama al timbre.

—¿Es usted Santiago Ríos? —pregunta cuando un hombre en bata abre la puerta.

—¿Quién es usted? —quiere saber él.

—Soy la inspectora Amaia Garmendia. —Le enseña la placa—. Me envía el comisario Mendoza.

—Faustino nunca me dijo que vendría una mujer.

—¿Algún problema?

—Ninguno. —Santiago abre la puerta y le hace un gesto a la inspectora para que pueda entrar—. Quítese la cazadora y siéntese, por favor.

—Gracias.

El piso es pequeño y acogedor. Cuando entras por la puerta ya estás en el salón, con sofás de piel y muebles de madera robusta. Huele a limpio. Encima de una repisa hay varias fotografías y condecoraciones.

—¿Quién le dijo Mendoza que vendría?

—Nadie en concreto. Solo comentó que enviaría a una persona de su confianza. Pero…

—Usted pensó que vendría un hombre, ¿no es así?

—Exacto. Discúlpeme, inspectora…

—No se preocupe. Explíqueme todo lo que tenga que saber, tengo mucho trabajo.

—Sí, por supuesto.

La conversación es interrumpida por una mujer que entra en el piso. Está demacrada y lleva un pañuelo en la cabeza.

—Hola, cielo —añade Santiago—. Es la inspectora Garmendia, la envía el comisario Mendoza.

Las dos se saludan con un apretón de manos.

—¿Cómo ha ido la quimioterapia? —quiere saber el hombre.

—Como siempre… eso no cambia. Bueno, os dejaré solos.

La mujer camina y se pierde por un pasillo que conduce a las habitaciones.

—Discúlpela, inspectora, últimamente mi esposa no se encuentra demasiado bien. Intento que esté animada, pero le está resultando muy difícil.

—Lo siento mucho.

—Gracias, pero no se preocupe. Estoy seguro de que saldrá de esta.

Bueno… no quiero hacerle perder más tiempo.

Verá, la pobre Noelia Crespo lleva ya cuatro años desaparecida, como imagino le habrá adelantado el comisario.

Se la llevó alguien mientras jugaba en un parque, muy cerca de donde ella vivía.

Conocí a sus padres hace ya muchos años, cuando ella tenía solo unos meses de edad.

Tuvieron un accidente de coche, y fui yo el que paró a socorrerles.

Un hijo de puta se saltó un stop y se los llevó por delante…

a partir de ese día nos hicimos bastante amigos, yo, mi esposa y ellos.

Jaime y Margarita se convirtieron en íntimos, y hemos visto como su pequeña Noelia ha ido creciendo. Pero hace cuatro años todo cambió.

—¿Qué ocurrió? Necesito que me lo cuente todo, Santiago.

—Hubo un día en el que mi coche se estropeó, lo dejé en el taller durante una semana, le digo eso porque todo tiene relación, ya lo verá.

Durante esos días en los que yo no tuve mi coche, Noelia se quedó a dormir con nosotros.

Sus padres tuvieron que viajar al sur por la muerte de un familiar y cogí el vehículo de mi mujer para llevar a Noelia durante esos días.

Cuando el martes de esa semana la recogí del colegio, vi una furgoneta blanca aparcada muy cerca, una Mercedes Benz.

El copiloto estaba haciendo fotografías hacia la puerta del colegio justo en el momento en el que Noelia salía.

Ese vehículo me resultó curioso y muy familiar, era la misma marca y modelo que utilizábamos en comisaría para algunos operativos en los que los agentes iban camuflados.

Los de esa furgoneta eran de mi comisaría.

—¿Era la misma matrícula?

—No, era otra. La habían cambiado. Pero la reconocí, tenía exactamente el mismo golpe en el faro derecho que la nuestra, solo habían cambiado las placas.

—Pero…

—Espere, inspectora, deje que continúe —interrumpe—.

Verá, en ese momento no le di importancia ya que la niña entró en el coche después de salir del colegio, y la verdad es que a las horas se me olvidó, pero al día siguiente volví a ver la misma furgoneta, estacionada en el mismo lugar.

Cuando llegué a comisaría hice dos comprobaciones: la primera era si existía algún tipo de operativo por la zona del colegio de Noelia, y la segunda fue averiguar dónde estaba la Mercedes en ese momento.

—¿Y bien?

—No había ningún operativo y la furgoneta no estaba en comisaría.

Le he mencionado al principio que dejé mi coche en el taller y que cogí el de mi esposa, se lo he dicho porque si llego a recoger a Noelia con mi vehículo, estoy seguro de que esos policías me habrían reconocido.

Al ir con otro ni se percataron de mi presencia.

—¿Sabía entonces quienes eran?

—Sí, como ya le he dicho eran dos agentes de mi comisaría. No de los de mi confianza, pero eran dos agentes de la unidad de narcóticos.

—Usted era el comisario, ¿por qué no fue hasta la furgoneta a indagar y hablar con ellos?

—¿Sinceramente? No lo sé, algo me olía muy mal y no quise levantar la liebre.

Son muchos mis años de experiencia para saber cuando algo tiene muy mala pinta…

Pero, el viernes, cuando ya habían vuelto los padres de la pequeña, alguien se la llevó de un parque.

Una testigo afirmó haber visto una Mercedes Benz de color blanca con un golpe en el faro delantero.

¿Lo comprende ahora? Siguieron a Noelia durante una semana y la secuestraron.

Amaia está en silencio. Ha prestado atención a todos los detalles y ahora intenta asimilarlos.

—Espero haberlo entendido, Santiago, cree usted que unos policías de su comisaría utilizaron una furgoneta de operativos para secuestrar a una niña hace ya cuatro años?

—Sí, inspectora.

—Y nadie de su comisaría conocía nada de todo eso, ¿es así?

—Así es. Sé que era el mismo vehículo que utilizábamos, no hay ninguna duda y esos dos eran de narcóticos. Por eso no me fio de nadie. Hace poco me he jubilado, eso y la enfermedad de mi esposa me impiden cumplir la promesa que les hice a Jaime y Margarita, y yo jamás incumplo una promesa.

—¿Cuál?

—Que encontraría a su hija. Esa promesa me atormenta, y he de cumplirla, por eso necesito su ayuda. Ya hace mucho que dejé de dormir bien. Este maldito caso me mantiene en tensión todo el tiempo.

Santiago Ríos se levanta de la silla y camina hasta el mueble del salón. Abre un armario y saca una carpeta de color azul.

—Aquí tiene todo lo que hay del caso, inspectora. Puede leerlo con calma.

—¿Nunca habló con esos dos policías?

—Primero los investigué, pero a los dos días de desaparecer Noelia, escuche atentamente: aparecieron calcinados en un piso franco.

Según parece se dijo que fue un ajuste de cuentas por temas de drogas, se decía que aprovechaban para vender mercancía incautada.

Todo mentiras, nunca lo creí. Alguien se los cargó por lo de la niña…

yo comencé a indagar y los quitaron de en medio. Estoy seguro.

—¿Quién más sabe de todo esto? —le pregunta Amaia.

—Usted, yo y el comisario Mendoza… y mi esposa, claro. Un agente de mi confianza fue el que estuvo investigando el caso de Noelia. Se llamaba Vicente Prado.

—¿Se llamaba?

—Lo encontraron en su piso con un tiro en la cabeza. Se había reventado la cabeza con una Llama M-82. Dijeron que se había suicidado… jamás lo creí. A partir de ese día decidí no involucrar a nadie más.

—Pues, acaba de involucrarme a mí, Santiago.

—Es usted mi última baza, según las palabras del comisario Mendoza, su persona de confianza podría resolver el caso… y esa es usted.

—Los milagros no existen, Santiago. Para eso hay que ir a Lourdes.

—¿Cree que podrá ayudarme a encontrar a la niña?

—Sí.

La afirmación de la inspectora resuena en todo el comedor, pero, en ese momento todavía no es consciente la vasca de donde estaba a punto de entrar.