CAPÍTULO 11
Sandra Vega abre los ojos. Se da cuenta de que ya no tiene las esposas.
Se siente aturdida y muy mareada, todo a su alrededor da vueltas.
Se lleva las manos a la cabeza e intenta recordar el último recuerdo.
Viene rápido, sabe que el hombre le ha echado un somnífero en el agua, su compañera de celda también se lo ha confirmado.
Frunce el ceño, le duele abajo, en la entrepierna.
Se lleva la mano a su sexo y palpa. Siente una mezcla de dolor y escozor.
Al sacar la mano observa algo blanquecino y lo huele, es semen.
La joven pierde el control y comienza a gritar desgarradoramente.
Es tal su impotencia que siente que todo su mundo acaba de venirse abajo.
—¡Sandra! —le llama Cecilia— ¡Sandra!
La joven continúa gritando, como si delante de ella hubiera un asesino en serie con una motosierra a punto de querer destriparla.
—¡Sandra! —vuelve a gritar Ceci—. ¡Acércate, por favor! ¿Me oyes?
Cuando Sandra termina de asimilar que ha sido violada, gateando, se acerca al respiradero de la pared para hablar con Cecilia.
—Estoy aquí, Ceci. Me ha violado, joder, ese hijo de puta me ha violado. Tengo semen abajo, se ha corrido dentro.
—Lo sé. He oído antes los gemidos… lo siento, de verdad. Lo siento mucho, hizo lo mismo conmigo.
—¿Por qué? No entiendo nada, Ceci… ¿por qué nos hace esto?
—Te lo dije antes, nos quiere dejar embarazadas.
—¿Por que?
—No lo sé, no me lo ha dicho. Ayer él me hizo una prueba de embarazo con un Predictor… todavía no lo estoy.
—¿Qué quiere decir eso? —quiere saber Sandra, nerviosa—. ¿Seguirá violándote?
—Sí. Lo ha hecho varias veces.
—¿Y si no te quedas embarazada qué hará?
—No lo sé. Quizá llegue un día que ya no le sirva para nada. Intento no pensar en eso.
Ninguna de las dos quiere mencionar la palabra muerte. Todavía no conocen los motivos de su secuestrador, el de la máscara.
—¿Cómo podemos salir de aquí? —pregunta Sandra.
—No podemos. Esa puerta es demasiado robusta, y con las esposas poco podemos hacer.
—¿Sabes si hay alguien más en este lugar?
—No lo sé, no estoy segura. Solo he hablado contigo desde que estoy aquí…
El estremecedor sonido de la puerta abriéndose corta a Cecilia. Se queda en silencio y se apoya contra la pared. Su secuestrador vuelve a entrar, pero, hay algo que no cuadra.
—Ceci, ¿estás bien?
—Ha entrado. Pero… hay algo que no encaja, Sandra.
—¿Qué ocurre? ¿Te va a volver a violar?
—No… tiene un cuchillo… pero este…
Sandra Vega comienza a oír los gritos de Cecilia.
De los gritos pasan a ser unos sonidos parecidos a los que emite un cerdo cuando lo están despellejando.
Es ella la que grita, pero le están haciendo daño, demasiado.
El cuchillo ha perforado su estómago, y el atacante ha continuado acuchillándola sin parar por todo el cuerpo y le ha rajado el cuello.
—¡Ceciliaaaa! —grita Sandra—. ¡Déjala, hijo de puta!
Silencio.
La joven prosigue llamando a su compañera de encierro, pero no le responde.
Ese silencio que hay ahora es aterrador.
Se le eriza la piel. No quiere pensar que Ceci pueda estar muerta, no, ni siquiera se lo quiere llegar a imaginar.
Aunque suene egoísta, no quiere quedarse sola ahí dentro.
Es en ese momento en el que tiene claro que ha de salir de ahí, sea como sea.
No sabe cómo lo hará, pero ha de hacerlo.
Es consciente que si no lo hace, quizá acabe muriendo en ese asqueroso agujero.
Y no se le ocurre peor forma de morir en ese preciso momento.