CAPÍTULO 10
Agustín Díaz está tumbado en la cama. Los brazos en cruz y los ojos medio entornados.
—¿Por qué saliste corriendo, chaval? —le interroga Amaia.
—Me asusté —responde, tembloroso.
—¡Y una mierda, chaval! —salta Martín—. Tú sabes algo que no nos quieres decir…
—Tranquilo, Osorio —añade la inspectora, intentando tranquilizarlo—. Bien, Agustín, presta atención… hay un hombre muerto en la comunidad en la que vives, Julián Herrero, ¿lo conocías?
Silencio.
—Responde, joder. Te he hecho una pregunta, ¿quieres irte detenido a comisaría o qué? ¿Sabes que les hacen a los chavales como tú en la cárcel?
—Allí serás un caramelito —suelta Martín intentando convencerlo para que hable.
—Sí —responde al fin—. Algo sí lo conocía, pero no mucho. De vista prácticamente.
—¿Quién es Hans? Soltaste ese nombre a mi compañero cuando te atropellaron.
—No lo sé. Sería por el golpe, no conozco a ningún Hans.
Pedro Sierra, Martín Osorio y Amaia se miran. No les hace falta decirse nada, saben que el chico está mintiendo.
—Mira, chaval —acaba diciendo la inspectora casi perdiendo ya la paciencia—, más vale que comiences a hablar de una puta vez, ¿entiendes? Esto no es ningún juego…
—No digas nada, Agustín —les interrumpe una voz.
Un hombre y una mujer han entrado en la habitación. Al equipo de Amaia ni a ella misma les hace falta preguntar quienes son. El hombre, que es el que ha hablado, tiene la misma cara que el chico.
—Imagino que son los padres de Agustín, ¿verdad? —les dice la inspectora.
—Sí —responde el hombre—. Mi hijo no ha hecho nada, no tiene por qué estar siendo interrogado…
—Disculpe, caballero —le interrumpe Martín mientras observa el reluciente reloj del padre—, nosotros no estamos interrogando a su hijo, solo le estamos haciendo unas preguntas rutinarias…
—Para mí viene a ser lo mismo, agente. Salgan de la habitación, si quieren hablar con Agustín será en presencia de un abogado.
—Su hijo ha salido corriendo cuando hemos querido hablar con él —le confiesa Amaia—. Para nosotros es más que suficiente para hacerle unas preguntas. ¿Acaso no quieren esclarecer el crimen ocurrido en su comunidad?
Ahora es la madre del chico la que, en un tono brusco, decide hablar.
—No me extraña que salga corriendo mi niño, mírense. El de ahí parece un matón —refiriéndose a Martín—, no comprendo como puede ser policía alguien así…
—Oiga, señora, sin faltar, eh. —A Osorio le ha molestado ese último comentario. Está claro que esa mujer no sabe lo buen policía que es.
—Bien, vámonos de aquí —les dice Amaia a Pedro y Martín—. Y, escúchenme ustedes, llamen a un abogado. Tenemos que interrogar a Agustín. Si no lo hacen nos presentaremos con una orden.
Los padres se acercan a su hijo mientras echan una última mirada a los agentes cuando salen por la puerta. A la madre le hubiera encantado hacer un corte de mangas, pero se ha contenido. Se acercan a la cama y se miran los tres.
—¿Les has dicho algo, Agustín? —le pregunta el padre.
—No, papá —le responde.
—Bien. Llamaremos a un abogado, de momento mantendremos la boca callada. Más vale que no se enteren de lo que hemos hecho.
—¿Qué crees que puede pasar si averiguan algo? —quiere saber la mujer.
—Pues… no sé, no quiero ni imaginármelo, Sonsoles.