La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Amaia Garmendia y su equipo han llegado al anatómico forense. Espinosa y Molero, también del anatómico, los están esperando junto al cadáver de Julián Herrero.

—Bonito caso para comenzar el año, eh, Espinosa —le comenta Pedro.

—Sí, aquí tenemos tela marinera, compañero.

Molero sonríe ante la conversación.

—¿Qué tienes, Espinosa? —indaga Amaia.

—Bueno… como sabéis el asesino ha cortado por la mitad a la víctima, después le cortó la cabeza…

—Con dos cojones —suelta Martín.

—…y después, como ya sabéis, le quitó el cerebro. Las marcas de las manos y los pies indican que lo ataron. La puerta no estaba forzada, así que, o bien Julián conocía a su asesino, o entraron después de llamar al timbre.

—O quizá sea un lince abriendo cerraduras, ¿no? —propone Rocío.

—También —dice Molero—, pero no encaja. Hay demasiada brutalidad en este crimen, no veo yo al responsable forzando una puerta con tanta pulcritud. Bueno, ¿os soy sincero? Tal y como está el mundo hoy en día… joder, cualquier cosa es posible.

—¿Por qué se habrá llevado el cerebro? —pregunta la inspectora mientras observa detenidamente la cabeza hueca de la víctima.

—No lo sabemos —le responde Espinosa—. ¿Un trofeo? Ni idea, Amaia. Ojalá pudiera responderte a eso. ¿Habéis hablado con la asistenta y el chaval que salió huyendo?

—No. ¿Qué más tienes? Sé que te gusta dejar lo bueno para el final, Espinosa.

—Veo que me conoces bien. Julián Herrero tenía marcas en los brazos, se encontró en su domicilio jeringuillas y un producto blanquecino, ¿recuerdas? Pues bien, la víctima padecía hemofilia.

—¿El qué? —añade Pedro, sorprendido.

—Hemofilia. Es un trastorno genético, muchas veces hereditario, en el que la sangre no coagula correctamente debido a la deficiencia de las proteínas conocidas como factores de coagulación.

Puede provocar sangrados excesivos o espontáneos, especialmente en articulaciones y músculos.

Las jeringuillas y el producto que hemos analizado son concentrados de coagulación.

Lo hemos comprobado y lo tenía recetado por su médico.

Aparentemente no tiene nada que ver con su asesinato, pero me parece algo relevante.

—Gracias, Espinosa. Rocío, tira para comisaría y busca todo lo relacionado con la Hemofilia e introduce datos en el sistema sobre crímenes de este tipo —ordena Amaia—. Pedro, tú y Martín os venís conmigo al hospital, no salimos de ahí hasta no hablar con el niñato y la asistenta del sin cerebro.

El hospital La Paz se encuentra en el Paseo de la Castellana. Abrió sus puertas en julio de 1964 y la inspectora Garmendia solo ha estado dos veces allí. Una fue por un caso, y la otra acompañó a su madre a una visita rutinaria, pero aquello ya es historia.

María Lourdes Asensio, la asistenta que acude dos días por semana a casa de Julián Herrero, está en observación a causa del shock ocasionado por encontrarse al muerto en esas condiciones.

Se encuentra algo mejor, según han dicho los médicos, pero la crisis de ansiedad le ha dado fuerte. Es Amaia la que entra a verla.

—¿Cómo se encuentra, María Lourdes?

—No tengo… pala… —se le traba la lengua al hablar—, perdón… palabras. No puedo creer que haya ocurrido esto.

—Imagino que ha sido terrible encontrarse al señor Herrero en esas condiciones, pero, es importante que me diga cualquier cosa que pueda llevar al responsable de eso.

—Pero, ¿qué le puedo decir? Si Julián era un sol de hombre, una bellísima persona.

—Por lo que hemos visto en su ficha, él trabajaba en una empresa de fruta, ¿no?

—Sí, es el responsable de administración… era. Trabajaba muchos fines de semana, y hay días que tenía fiesta, por eso hoy estaba en casa… pero, Dios mío, ¿cómo puede alguien haberle hecho algo así al pobre Julián? Menos mal que al menos no tenía ni mujer ni hijos… menos tendrán que llorarle.

La mujer comienza a llorar y su respiración es acelerada, demasiado quizá.

—Me duele muchísimo el pecho —dice.

—No se preocupe, ¿quiere que llame al médico?

—No, no. Hace horas estaba peor, me vienen estos ataques por lo ocurrido, pero se me pasa rápido. Es por el shock.

—¿Conoce a un chico llamado Agustín Díaz que vive en la cuarta planta del bloque de Julián?

—Pues… no lo sé, quizá lo haya visto alguna vez, pero nada más. Yo entro y salgo del piso de Julián y no hablo con nadie.

—Por último, María Lourdes, ¿algo raro que notase de Julián las últimas semanas? ¿Sabe si alguien le amenazaba?

—No. Estaba como siempre. Nada raro. Y jamás noté amenazas por parte de alguien… Julián era muy buena persona.

—Gracias. Si recuerda cualquier cosa, por absurda que parezca, llámenos. —Le deja una tarjeta.

Amaia sale de la habitación sin ninguna información que le pueda ayudar para encontrar al responsable de ese macabro crimen. Su teléfono comienza a sonar, tan fuerte es la melodía que los enfermeros y médicos del pasillo se giran para mirar.

—Dime, Martín.

—Vente a la quinta, ya podemos hablar con el chaval. Habitación 511.

Cuando Amaia entra en el ascensor se mira en el espejo. Su rostro demacrado por el estrés del día de hoy comienza a notarse. Se pregunta cuánto tiempo les llevará resolver este caso. No tiene respuesta para eso, lo único que desea es que dure el menor tiempo posible.

Mientras llega a la quinta planta le viene a la cabeza el caso que el comisario Mendoza le ha encomendado: Una niña desaparecida en Segovia hace cuatro años.

Se trata de Noelia Crespo de siete años, si continúa viva tendrá once.

Sabe que lo primero que ha de hacer es hablar con Santiago Ríos, el comisario que llevaba el caso.

Cuando interrogue al chaval que salió corriendo se ocupará de ello.

Al llegar a la quinta planta sale del ascensor y camina por el pasillo hacia la habitación.

El subinspector Osorio le dijo que Agustín Díaz había mencionado a un tal Hans, lo primero es preguntarle sobre él.

Pero es en ese momento cuando recibe una nueva llamada a su móvil.

Sonríe al ver quién es, sin mostrar a su equipo demasiada efusividad.

—Hola, Rocío.

—Tengo información importante, Amaia. He metido datos en el sistema y consta que hace siete años hubo un crimen muy parecido.

La única diferencia es que no se llevaron el cerebro.

La víctima era un hombre de cuarenta y seis años, lo cortaron por la mitad con una sierra, exactamente igual que a Julián, hasta le cortaron la cabeza. Pero, hay un problema.

—¿Cuál?

—Que no creo que haya sido el mismo. El que lo hizo está preso en la cárcel de Valdemoro.