CAPÍTULO 8
Raúl, el novio de Sandra Vega, no ha llamado a la policía.
Jamás se podría llegar a imaginar que alguien pudiera llegar a entrar en su casa y llevársela por la fuerza.
Piensa que eso solo ocurre en las películas.
Cuando llama al timbre de la casa de la urbanización nadie le abre.
Rodea el domicilio e intenta observar por las ventanas, pero lo único que ve es el recibidor, la cocina y parte del comedor.
Todo parece estar en orden. Ahora sí decide dar la alerta.
—Policía, dígame —le dice una voz al otro lado del teléfono.
—Hola, verá… estoy en la urbanización La Rinconada, me llamo Raúl Cuadras y creo que a mi novia le ha ocurrido algo —explica.
—¿Por qué cree eso, señor?
—Estaba hablando con ella por teléfono y de repente la llamada se cortó, fue un poco extraño. Estoy en el exterior de la casa pero ella no está. Al menos no la veo desde aquí.
—Cálmese, señor Cuadras. Deme la dirección de la casa y mandaremos una patrulla para allí, pero tenga en cuenta que quizá tarden un poco. Si al final la localiza comuníquenoslo.
Raúl facilita la dirección del domicilio de Sandra y le piden sus datos. Al colgar la llamada un hombre que lleva un caniche atado a una correa de color rosa le dice:
—¿Buscas a Sandra?
—Sí… soy su novio. ¿Sabe dónde está? Estoy llamando a la puerta pero no me abre.
—Ni idea. Buena chica tu novia, sí, y muy simpática. Hace poco ha estado por aquí un taxi que venía a buscarla, ha esperado diez minutos y se ha ido. La verdad es que no sabría decirte nada más.
Raúl cae en la cuenta de que ella le dijo que vendría un taxi a recogerla para llevarla al estudio. Por momentos se estremece, piensa que algo grave le puede haber ocurrido.
—¿Y seguro que no la ha visto? —quiere saber el chico.
—No.
Raúl camina por la acera y no le queda otra que esperar a la policía.
Es entonces cuando se percata que, junto a la valla de entrada, hay unas plantas aplastadas, como si alguien hubiera puesto los pies allí.
Sabe que eso no puede estar así, la urbanización tiene contratado a un servicio de jardinería que se encarga de esos arreglos.
—¿Dónde cojones te has metido, Sandra? —susurra él.
Cuando estás hablando por teléfono con alguien, jamás puede uno llegar a imaginar que quizá sea la última vez que oigas la voz de esa persona al otro lado de la línea.
A Raúl le estaba ocurriendo eso ahora mismo.
«¿Y si no vuelvo a verte?» Se preguntó así mismo.
Podría llegar a volver a verla, la duda era si sería viva o dentro de un ataúd.