CAPÍTULO 7
El subinspector Pedro Sierra no ha encontrado ni un solo negocio con cámaras de seguridad que les pueda ser útil para encontrar alguna prueba, y ha quedado con Amaia en el bar del Luque para hablar sobre el caso.
—Te veo allí, me apetece un chupito de Bourbon —le ha dicho ella un rato antes.
El bar del Luque está como siempre: prácticamente vacío, y un olor a fritanga rancia impregna el lugar.
El sonido de las tragaperras y las monedas cayendo es lo que más se oye en el establecimiento.
Al final de la barra está Marcial, un hombre de mediana edad que según ha dicho en varias ocasiones lo ha perdido todo por culpa del juego, y mira de reojo al gitano que hay jugando en la máquina.
—¡Luque! Ponme un chupito de Stillbrook y un café —le pide la inspectora—, y una copa de whisky para Pedro, estará a punto de llegar.
A los pocos minutos entra por la puerta el subinspector. Saluda a Luque y se sienta en la mesa con Amaia.
—Gracias por pedirme el whisky, jefa. ¿Quieres? —Pedro saca un paquete de tabaco y le ofrece un cigarrillo a Amaia, que acepta uno encantada.
—Te vi con la Petaca en el piso del muerto —suelta ella.
—Joder, Amaia. ¿Ahora eres mi madre o qué?
—No, ni lo soy ni quiero serlo. Pero cuando estamos con un caso, en el piso de un cadáver, no quiero que bebas. Ten respeto por los muertos, joder. ¡Luque! Sírvele una copa al Marcial, esa se la pago yo. Le veo la boca seca desde aquí.
—Lo siento, jefa. No volverá a ocurrir —suelta Sierra.
—No mientas, Pedro. Por cierto, ¿y la Juanita?
—Yo que sé… en su casa estará.
—¿Cómo te va la relación con ella?
—Joder, Amaia. La Juanita y yo no tenemos nada. Solo follamos, ya está. ¿Y tú, qué? ¿No tienes nada que decirme?
—¿De qué cojones hablas, Pedro?
—Últimamente estás mucho enviando mensajes, y llegas tarde. Eso no es habitual en ti, jefa. Y… ¿te crees que no he visto el chupetón?
Amaia se lleva la mano instintivamente al cuello. Creía que había tapado bien la marca que Rocío le dejó la otra noche, pero el avispado de Pedro la ha visto. Ha sido descuidada y sabe que no puede volver a ocurrir.
—Eso no te importa, compañero —zanja ella—. Son asuntos míos.
—Bueno, eso es verdad. Pero me alegro de que folles con alguien, tienes mejor cara. ¿Quién es el afortunado?
—Tu padre —suelta en tono chulesco.
Pedro comienza a reír a carcajadas, alza la copa de whisky y hace un brindis por ello.
—Bueno —añade la inspectora—. ¿Has encontrado algún negocio con cámaras enfocando hacia el portal de Julián Herrero.
—No, ni uno solo.
—Joder. No tenemos nada. Espero que Espinosa encuentre algo.
—¿Y el chaval ese que salió huyendo?
—Tenemos todavía que hablar con él. Está estable, pero el golpe del coche al atropellarlo ha sido fuerte.
Osorio y Contreras entran en el bar. Se piden cada uno un botellín y se sientan con sus compañeros.
—¿Algo nuevo? —les pregunta Amaia.
—Por lo poco que sé ni una puta huella en la sierra —explica Martín—. Me lo acaba de decir Espinosa.
—¿Y el chico atropellado?
—Mañana ya podremos hablar con él, eso dice el médico.
—Ya hemos averiguado quién es —confiesa Rocío.
—¿Quién es? —quiere saber la inspectora.
—Se llama Agustín Díaz, diecinueve años. Ni trabaja ni estudia.
—Joder —salta Pedro—. Menuda pieza. ¿Los padres han dicho algo?
—Estaban comprando en ese momento y habían quedado después para comer con unos amigos —explica la agente Contreras—. Se han quedado hechos una mierda.
—Normal —suelta Amaia mientras levanta la mano en dirección a Luque pidiendo una nueva copa de Bourbon.
—Oye, jefa —dice Martín—, por ahí se dice que Mendoza te ha encargado un asunto un tanto especial, ¿no?
—Veo que las noticias vuelan, Osorio. Pues sí… un caso en Segovia.
—¿Y el del muerto sin cerebro? —le pregunta el subinspector Sierra.
—También…
—Joder, no vas a dar a basto con todo, jefa, ¿no hay nadie en Segovia o qué? ¿Nos ocupamos ahora de toda España?
—Allí hay gente, Pedro. Pero es un caso personal de un amigo del comisario… me ha pedido el favor. Es sobre una niña desaparecida hace años —explica mientras Luque le sirve la copa.
El teléfono móvil de la inspectora comienza a sonar. Todos escuchan el villancico como tono de llamada.
—Joder, Amaia —salta Martín—. ¿Todo el puto año te vas a tirar con el villancico ese?
—No me marees el coño, anda —dice y descuelga—. Dime, Espinosa.
—…
—Vale, ¿qué más?
—…
—Bien, vamos para allá. —Cuando la inspectora cuelga la llamada se bebe el Bourbon de un trago y le dice a su equipo—: Vamos para el anatómico, Espinosa ha encontrado algo interesante.