La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 6
8%

CAPÍTULO 6

A Sandra Vega ya no le salen las lágrimas.

Cecilia, la chica que también está encerrada en la pared contigua, le ha dicho que su secuestrador las quiere dejar embarazadas.

No se lo puede creer, ¿cómo ha llegado a eso?

¿Puede ser ese hombre tan cruel? Ha vuelto al colchón e intenta soltarse las esposas, pero no puede, ella misma se las ha apretado tan fuerte que siente que se le corta la circulación.

—Por favor, Raúl, ayúdame —susurra para sí.

Su novio puede ser su única esperanza para salir de ahí.

Es el único que sabe que algo puede haber ocurrido.

Confía en él plenamente, sí, sabe que acudirá a la policía y la encontrarán, a ella y a Cecilia, su compañera de celda, por llamarlo de alguna manera.

Ella le ha confesado que también está en una especie de garaje.

También le ha explicado que hay una ventana tapiada y una puerta robusta difícil de abrir.

Está encerrada en otro lugar muy parecido al de ella.

—Sandra, ¿estás ahí? —le dice a través del respiradero de la pared.

Se levanta del colchón y se arrastra por el suelo hasta llegar al pequeño hueco.

—Aquí estoy.

—¿A qué te dedicas?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Por hablar de algo. No sé ya lo que hacer aquí dentro.

—Soy modelo. Bueno… hago de todo un poco en ese mundo. Revistas, pasarelas.

—Bonito trabajo.

—Bueno, no está mal. Al menos puedo pagar las facturas. Y tú, ¿a qué te dedicas, Cecilia?

—Llámame Ceci —le dice—. Soy enfermera en un hospital. Dejé el coche en el parking y cuando fui a coger el ascensor alguien vino por detrás y me tapó la boca con un pañuelo… ya no recuerdo nada más.

—¿Cuántos días hace de eso, Ceci?

—No lo sé. He perdido la cuenta. Más de una semana, eso seguro.

Sandra se apoya contra la pared y se exprime la frente con sus manos apresadas. Sabe que ella lleva un día, día y medio como mucho. Se siente tan aturdida que le da la sensación de llevar ahí más de un año.

—¿También llevas esposas?

—Sí. Me las pone cada vez que entra. Bueno, me las tuve que poner yo.

—¿Por qué?

—Tendrá miedo de que podamos atacarlo si se acerca demasiado… no sé.

La llave vuelve a a entrar en la cerradura. El sonido es inconfundible.

—Vuelve a entrar, Ceci —suelta Sandra.

—Has de estar tranquila. Haz todo lo que te pida y no te hará daño.

El hombre de la máscara entra en la sala, lleva una bandeja en la mano con un vaso de agua y un sándwich. Se acerca a la joven y la deja cerca de la cama, dos metros separada de ella.

—Come —le ordena él.

—No tengo hambre.

—Deberías comer. Te esperan muchos días por delante… hazme caso.

Su voz es siniestra. Parece controlar cada una de sus palabras concienzudamente. Da la sensación de tenerlo todo planeado al milímetro, y así es.

—En un rato volveré y me llevaré la bandeja. Será mejor que comas.

—¡Sácame de aquí! —grita la chica—. ¿Por qué haces esto?

—Cómete el sándwich y bebe agua. —El hombre de la máscara de tela sale de la sala y vuelve a cerrar con llave.

Sandra observa la bandeja. El vaso de cristal contiene agua, eso dice su secuestrador, y al menos lo parece.

Piensa que quizá quiera envenenarla y matarla.

Prefiere arriesgarse, tiene sed, muchísima.

Se bebe el agua de un trago y la saborea.

Abre el sándwich y ve que lleva una loncha de jamón dulce y otra de queso. Eso sí, el pan está seco.

—Sandra —la llama Cecilia.

—Dime.

—¿Qué ha ocurrido?

—Me ha traído una bandeja con un vaso de agua y un sándwich.

—¿Te has bebido el agua?

—Sí. Tenía muchísima sed —le responde—. Jamás había tenido la boca tan seca.

—Túmbate en el colchón, Sandra.

—¿Por qué?

—Te vas a desmayar. Te ha hecho lo mismo que me hizo a mí. En el agua ha puesto un somnífero bastante fuerte.

—¡¿Qué?! ¿Por qué no me avisaste que podía hacerme eso, Ceci?

—Porque si no te hubieras bebido el agua sería mucho peor para ti. Él te haría daño, mucho daño. Es mejor que estés dormida, créeme.

Sandra Vega se siente mareada. Comienza a tener sueño y nota que sus extremidades se están durmiendo lentamente.

Coge el vaso y pasa un dedo por el interior.

Se le queda impregnado un polvo blanco. Cecilia tiene razón, su secuestrador la quiere dormida.

Sus ojos le pesan, los párpados caen. Se siente débil.

Es entonces cuando cae dormida sobre el colchón.