CAPÍTULO 5
El cuerpo de Julián Herrero ya está en el anatómico forense.
Espinosa se está encargando de la autopsia y de analizar las pruebas encontradas en la escena del crimen.
Amaia, mientras remueve un café con una pequeña cucharilla, observa la pizarra en blanco de su sala de reuniones.
Ahora está vacía, pero dentro de poco se llenará de fotografías y anotaciones sobre el caso.
El teléfono móvil de la inspectora comienza a sonar.
Ahora está sola y no tiene que escuchar las quejas de todos los de su equipo por la melodía navideña.
—Comisario —dice al descolgar.
—Ven a mi despacho, Amaia. He de hablar contigo.
No hay despedida, no hay nada más. Que el comisario Mendoza quiera hablar con Amaia puede ser por dos motivos: El primero para preguntarle por el caso, pero es extraño, si fuera eso se lo hubiera consultado por teléfono, el segundo motivo es que le quiera pedir un favor, y eso es lo que más teme ella.
El murmullo de los agentes hablando inunda la comisaría centro.
Sobre todo el sonido de los teléfonos y los faxes.
La máquina de café también emite un sonido que puede llegar a molestar si te acercas demasiado.
La vasca cruza la sala principal y siente las miradas de los demás agentes en la nuca.
Sabe que la observan así porque han oído hablar del nuevo caso, de ese hombre al que le han arrancado el cerebro. Desgarrador.
—Pasa —indica el comisario cuando la inspectora llama a su puerta.
—Mendoza, tengo trabajo.
—Lo sé, yo también —suelta—. Siéntate.
—Prefiero estar de pie.
—Bien. Cuéntame sobre el caso, ¿qué tenéis?
—Un hombre muerto, lo han cortado por la mitad y también la cabeza, además se han llevado el cerebro.
—Eso he oído por ahí… el mundo se va a la mierda. No me quiero imaginar cuando llegue el Euro, verás la que se lía cuando nos quiten la peseta. ¿Qué más tienes?
—Osorio fue tras un chaval joven que vive en la comunidad y que salió huyendo. Lo ha atropellado un coche, pero todavía no sabemos que relación tiene con el muerto —explica—. Estamos intentando localizar a sus padres.
—¿Cómo se encuentra el chico?
—De momento estable. Cuando los médicos nos dejen pasar a verle le podré interrogar. ¿Eso es todo? —pregunta Amaia, imaginándose que ese no es realmente el motivo de estar en ese despacho.
—No, no es todo. Ahora, siéntate, por favor.
La inspectora se sienta, el tono que ha utilizado el comisario ha sido firme y serio. Algo no demasiado bueno está a punto de salir de la boca de Faustino Mendoza. Del cajón de su escritorio saca una carpeta negra, cerrada con unas gomas. La abre y deja sobre la mesa varias fotografías e informes.
—¿Conoces a esta niña? —le pregunta a Amaia señalando una de ellas.
—Puede ser —responde después de echarle un vistazo.
—Seguramente la has visto en televisión. Fue un caso bastante mediático hace unos cuatro años. Se llama Noelia Crespo, en esa fotografía tenía siete años. Si todavía sigue viva acaba de cumplir los once.
—¿Si todavía sigue viva?
—Así es. Desapareció en un parque muy cerca de su casa, en Segovia. ¿Has ido a Segovia, Amaia?
—Una vez, por ocio.
—Bien, pues ahora irás por trabajo. En una hora y algo en coche puedes llegar.
Lee el informe y te ocupas de ello. Santiago Ríos era el comisario de la comisaría de allí, se jubiló el mes pasado.
Es un buen amigo mío y me ha pedido ayuda.
Conoce desde hace muchos años a los padres de la niña y quiso involucrarse con el caso para encontrarla, pero hace poco le han detectado un cáncer a su mujer y ha de ocuparse de ella, eso y que ya no tiene acceso a datos de la policía por su jubilación le impiden continuar con el caso.
Me ha pedido ese favor, así que te ocuparás tú, tienes vía libre allí para cualquier cosa.
—¿Y el caso del tío sin cerebro?
—También lo llevas tú, y tu equipo, claro —le admite—. Creo que eres bastante eficiente para ocuparte de todo, ¿algún problema?
—No —añade resignada.
—Bien. Léete el informe y me vas informando. Quiero que encuentres a la niña, viva o su cadáver, pero encuéntrala.
—¿No hay inspectores en Segovia, Mendoza?
—Creía que me habías dicho hace un momento que no había ningún problema.
—No lo hay. Pero imagino que allí habrá buenos policías…
—Los hay, claro. Pero Santiago no confía en ninguno.
—¿Por qué?
—Porque piensa que los que se llevaron a la niña son policías.