La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Sandra Vega siempre se ha considerado una chica valiente, pero ahora no lo está siendo.

Tiene miedo y siente temblor en sus extremidades.

Hace varios minutos ha abierto los ojos y se ha visto en un lugar oscuro y húmedo.

Huele a sofrito, parecido al que su abuela preparaba para los macarrones.

Alguien la ha encerrado en lo que parece una especie de garaje, pero no lo es.

Echa un vistazo a su cuerpo, la ropa que llevaba en su casa ya no está.

Ahora viste solamente con un vestido blanco que huele a cerrado.

Tampoco lleva ropa interior. Se toca en sus partes, no siente dolor y tampoco hay sangrado.

—¡Ayuda! —grita.

Observa de nuevo a su alrededor: El lugar no tiene más de veinte metros cuadrados, las paredes están desconchadas, al fondo hay un cubo de plástico, y en la otra pared hay un colchón con una sábana azulada por encima.

Comprueba que cerca de una ventana que está tapiada desde el exterior, hay una puerta.

Intenta abrirla pero está cerrada con llave.

Parece pesada y robusta y difícil de forzar, pero tampoco tiene nada a mano para poder hacerlo. De todas formas no sabría hacerlo.

—¿Alguien me oye? ¡Ayuda, por favor!

Silencio.

En ese momento se percata de que alguien está intentando abrir la puerta.

La llave ha dado tres vueltas hasta poder abrirse.

Sandra se queda en un rincón, asustada. Ve como la figura de lo que parece ser un hombre alto que viste con abrigo negro y una máscara de color blanco hecha de tela accede a la sala.

La máscara da miedo, verdadero terror. La típica que podría llegar a llevar un asesino en serie.

Está casi segura de que es un hombre. La joven se queda aterrorizada por esa imagen, es alguien al que no puede ver el rostro.

Lo peor, de nuevo, es esa máscara, con dos agujeros para los ojos y una línea fina de color negra que simula ser la boca. También lleva las cejas pintadas.

—¿Quién eres? —pregunta ella, atemorizada.

El hombre de la máscara no dice nada. Lo único que se escucha es su respiración. Es pausada y profunda. En ese garaje parece escucharse todo, como si hubiera eco. El hombre, de un bolsillo de su abrigo, saca unas esposas y se las lanza..

—Póntelas —le ordena el hombre, con una voz muy profunda.

Sandra toca los grilletes con miedo. Más silencio.

—Te he dicho que te las pongas —le vuelve a ordenar el hombre.

La joven se las coloca en la muñeca derecha y aprieta, lo justo para que se cierren. Hace lo mismo con la izquierda.

—Más fuerte —le indica él.

Silencio.

Sandra se aprieta más los grilletes y hace una mueca de dolor. Se los ha apretado demasiado.

—El cubo de ahí es para que hagas tus necesidades. —El hombre de la voz profunda se da la vuelta, pero antes de cerrar la puerta añade—: En un rato volveré y podremos comenzar.

—¿Comenzar el qué? ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?

Silencio.

—¡No te vayas! —grita ella—. ¿Por qué haces esto?

El hombre sale de la sala y cierra la puerta.

—¡No te vayas! —vuelve a gritar—. ¡Sácame de aquí, cabrón!

Silencio.

Sandra Vega se tira sobre el colchón y se pone a llorar.

Mira sus muñecas, siente dolor, las esposas le aprietan.

Se pregunta el por qué está ahí. Ella sabe que no ha hecho nada.

No tiene enemigos, nadie que la quiera hacer daño.

Viene de buena familia. Su padre es cirujano, su madre abogada.

No comprende los motivos que pueden llevar a alguien hacerle algo malo.

Piensa en Raul, su novio. Lo dejó al otro lado del teléfono, pero sabe que él llamará a la policía y la encontrarán.

Está segura de ello. Tiene tiempo también en pensar en Bolita , su gato.

Se pregunta quién le pondrá la comida si ella no está.

Su cabeza da vueltas. Se siente mareada. Le da la sensación de que está a punto de desmayarse, pero, en ese preciso instante, al otro lado de la pared, oye una voz que parece lejana. En una esquina hay una especie de respiradero. Se tira al suelo e intenta escuchar a través de él.

—¿Hola? —dice Sandra.

La voz, que ahora ya no es tan lejana, le dice:

—Hola. ¿Me oyes?

—Sí. ¿Quién eres?

—El hombre que te ha encerrado aquí también lo ha hecho conmigo. ¿Cómo te llamas?

—Sandra Vega. ¿Tú?

—Cecilia.

—Ese hombre ha estado aquí. Me ha dicho que me ponga unas esposas…

—Lo sé, Sandra, conmigo hizo lo mismo.

—¿Qué es lo que quiere, Cecilia? —quiere saber—. ¿Por qué nos hace esto? ¿Qué está ocurriendo aquí?

—Tienes que estar preparada para todo lo que pasará.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué va a pasar?

—Nos quiere dejar embarazadas, Sandra. Eso es lo que quiere hacer.