CAPÍTULO 3
Amaia vuelve a observar el cadáver, o los restos, mejor dicho.
—¿Sabemos su nombre? —quiere saber.
—Julián Herrero —le dice el subinspector Sierra—. Cuarenta y dos años. La documentación está en la cartera y con nueve mil pesetas en efectivo, el dinero ni lo han tocado.
—Bien, entonces esto no ha sido un robo —deduce Amaia—, aquí hay algo más… y no pinta nada bien.
—Rocío y Martín —indica—, id a hablar con los vecinos, con todos. Alguien tiene que haber visto u oído algo, ¿estamos?
—Sí, jefa —añade la agente.
—Son siete plantas, Amaia —salta ahora Martín—. Hay muchos vecinos, nos llevará toda la mañana.
—Joder, Osorio, si lo dices por la altura del bloque hay ascensor, hostia. Muévete un poco, anda, que no es para tanto. ¿Quién ha encontrado el cuerpo?
—La asistenta —resuelve Pedro—. Viene dos veces por semana. Se la han llevado al hospital, le ha dado un ataque de ansiedad bastante chungo.
Hilario Espinosa, el forense, está tomando muestras del cuerpo en el comedor.
Se siente como un niño pequeño el día de Navidad cuando abre los regalos.
Espinosa siempre dice que contra más rebuscado sea el crimen, mejor.
Al lado del cuerpo está la sierra que se supone ha utilizado el asesino para perpetrar el macabro asesinato.
—Espinosa, ¿qué tienes?
—Esto es una carnicería, Amaia. Menuda masacre…
—De las que te gustan, Espinosa —le interrumpe.
—Así es —confiesa—. Tendré trabajo para días, seguro.
—¿Crees que habrá huellas en la sierra?
—No lo creo, pero nunca se sabe. Por el momento te digo que la víctima estaba viva cuando se le comenzó a partir por la mitad. El dolor sería inimaginable, no quiero ni pensar lo que tiene que doler eso.
—¿Y la cabeza? —quiere saber Amaia.
—Creo que fue lo último, pero te lo podré asegurar en el laboratorio.
—Espinosa —hace una pausa larga—, tú has visto de todo… ¿por qué crees que se han llevado el cerebro?
—Precisamente por eso no puedo responderte, porque he visto de todo, y lo que me queda por ver. Prefiero no responder a eso, Amaia. Puede ser para cualquier cosa.
La inspectora Garmendia sabe que tiene entre manos algo jodidamente complicado. Lo sabe por la cara de Espinosa, y ese rostro es fácil de reconocer: el de que todavía quedan muchos cuerpos por descubrir.
El subinspector Pedro Sierra está en un rincón, mirando por una de las ventanas del comedor.
En un momento, uno en el que cree que nadie lo ha estado viendo, ha sacado una Petaca plateada del bolsillo interior de la cazadora y le da ha dado un trago a algo que tiene gusto fuerte, su cara le ha delatado.
—Pedro —le llama Amaia—. Ves a los negocios de la zona y mira las cámaras de seguridad. Anota los sitios en los que podemos preguntar. Por cierto, ¿cómo está tu madre?
—Regular —dice, pero le miente a su jefa.
—Bueno, paciencia, compañero. Haz lo que te he dicho, por favor. Espinosa, ¿cuándo crees que lo mataron?
—Por la temperatura del cuerpo y la rigidez podría decirte que aproximadamente a medianoche, más o menos.
—Bien. Ya sabes, Pedro, calcula las horas y si alguien te deja ver hoy las grabaciones sería perfecto, ¿estamos?
—Hecho, jefa.
—Y tranquilo por tu madre, ya verás que se recuperará.
No todos los dueños o comerciantes suelen ser tan bondadosos como para dejar que la policía vea las grabaciones de las cámaras de seguridad a no ser que haya una orden de por medio. Pero, la inspectora Garmendia no pierde nada por intentarlo.
—Mira, Amaia —añade el forense.
La vasca observa hacia dónde Espinosa la hace mirar: la parte interna del codo derecho del muerto.
—¿Qué quieres que vea ahí?
—Es una punción reciente. También hay otras en la misma zona —explica.
—¿Y qué son? ¿Era un yonki?
—No lo creo, no tiene pinta. Te lo diré cuando le haga algunas pruebas.
—Joder, que venga ya el juez, cojones, y así podrás llevarte el cuerpo. Aquí no hacemos nada.
Amaia recorre el piso de Julián Herrero y habla con los agentes de uniforme que están registrando la vivienda.
—No hemos encontrado nada raro —le dice uno—. Excepto esto:
El policía, que tiene más granos en la cara que un quinceañero, enseña en una bolsa de pruebas varias jeringuillas y un pequeño bote con un compuesto blanquecino, casi transparente. Sin etiqueta ni fechado.
—Bien, juntadlo todo y que se lo lleve Espinosa. Eso puede explicar los pinchazos del brazo.
Antes de comenzar a hablar con los vecinos, el subinspector Martín Osorio ha salido a la calle para fumarse un cigarrillo. Ha mirado al cielo y, en silencio, le ha pedido a Dios que el caso no sea demasiado complicado. La agente Contreras ha ido con él, medio obligada, claro.
—¿Por qué no dejas de fumar? —le sugiere ella, después de que una bocanada de humo la deje con los ojos irritados y llorosos.
Además, no es la primera vez que se lo dice, el cuerpo corpulento del subinspector hace que su compañera, de alguna manera, se preocupe por él.
Siempre le dice que no coma tanto y que intente cuidarse—. Sabes que lo digo porque te aprecio.
—¿Me meto yo en tus asuntos, novata? —le suelta Osorio—. Pensándolo mejor… quizá me planteo dejarlo si me dices a quién te trajinas.
—¿Disculpa?
—Lo que has oído, novata. Ya sabes que tengo curiosidad por saber si estás con alguien.
—Si lo preguntas para saber las posibilidades que podrías tener conmigo, Martín, ya te digo que cero posibilidades…
—¿Cero? Me rompes el corazón, Rocío.
—Sí, cero. Así que no insistas en el mismo tema… apaga el cigarro y subamos, hay que hablar con los vecinos.
—Lo apago porque ya lo he terminado, no porque te haga caso, eh —sentencia sonriéndole.
Los dos suben por las escaleras hasta la primera planta y llaman a uno de los dos timbres que hay en el rellano. Un anciano de cabello grisáceo, gafas y una bata abre la puerta.
—Buenos días —saluda Martín enseñando la placa—. Somos policías, queríamos hacerle un par de preguntas si es posible.
El hombre les cierra la puerta de un portazo sin decir absolutamente ni una sola palabra.
—Me cago en su santa madre —despotrica el subinspector—. ¡Abra la puerta, coño!
—Martín —le dice Rocío—. Déjalo, es un hombre mayor, ya vendremos con una orden o ya se encargará Amaia de hablar con él. Sigamos y no perdamos tiempo. Poco o nada nos va a decir.
La agente Contreras está anotando en una libreta todos los vecinos con los que van hablando y con los que no.
Nadie parece haber oído ni visto nada sospechoso.
La gran mayoría mencionan que Julián era un vecino modélico y que nunca se metía con nadie.
Han llegado a la cuarta planta y a Osorio le falta el aire.
—No sé como has podido convencerme de ir subiendo, joder.
La agente lo aprendió en la academia. A las nuevas incorporaciones, como la de Rocío, siempre les indicaban que si tenían que hablar con los vecinos de un bloque había que hacerlo de abajo arriba, así no existiría la posibilidad de que alguien escapase después de ser avisado por otro vecino.
El instructor utilizaba año tras año la misma frase: «Si habláis con el del noveno piso y al salir le da por avisar al del segundo, ahí se os jodió todo el asunto.
Pero, en cambio, si habláis con el del segundo y después llama al del noveno, no hay escapatoria».
Pero, claro, Rocío cuestionó al instructor: «¿Y si el del noveno decide escapar por una ventana?
Sé que es una altura considerable, pero en algunos edificios puedes ir de azotea en azotea».
El instructor la miró durante unos segundos y después le sonrió sin darle respuesta a aquella cuestión.
Por eso, Rocío prefería ir de abajo arriba, aunque con ella existiera el riesgo de que los de las plantas superiores escapasen.
Al llamar al timbre de uno de los pisos de la cuarta planta, se oye una voz que dice:
—Ya voy.
Parece la de un chico joven, no más de treinta, quizá, y con un tono algo tembloroso. Pasados unos segundos, el subinspector vuelve a llamar al timbre.
—¡Abre! —grita.
La puerta se abre, lo justo como para que el chico vea a través del pequeño espacio que ha dejado. Lleva una gorra azul Nike, cara demacrada y sudadera roja con una C en el centro.
—Somos policías. —Rocío enseña la placa, y Osorio hace lo mismo.
—¿Qué quieren? —les pregunta el joven. Que parece muy nervioso por la presencia de los policías.
—Hacerte unas preguntas, chaval. —Martín intenta abrir algo más la puerta con la mano—. ¿Podemos pasar? Son solo unas preguntas.
—Es que ahora no están mis padres —les dice—. No me dejan que entre nadie en casa.
—Bien hecho, chico, hacen bien. Pasaremos más tarde, pero tú también nos serías de gran ayuda ahora mismo. Es sobre uno de tus vecinos.
—Lo siento, no puedo. —El chico se dispone a cerrar la puerta pero Martín consigue aguantarla con el pie.
Los tres cruzan miradas. Hay silencio, incómodo por momentos.
El chico se da la vuelta y sale corriendo por el pasillo del piso. Ni siquiera ha podido cerrar la puerta. Varios metros lo separan de los dos agentes que han entrado en la vivienda y han salido detrás de él.
—¡Ven aquí, mamón! —grita el subinspector.
Rocío ha visto como el joven ha salido por el balcón del comedor.
Intuye que intentará llegar hasta la calle.
Al salir ha bajado por una cañería hasta que ha llegado al balcón de uno de los pisos de la primera planta.
Se ha descolgado sobre el toldo y ha conseguido sujetarse a la cornisa de una floristería que hay debajo del bloque, al descolgarse ha salido corriendo calle abajo.
—¡Joder! —grita la agente—. ¡Hay que llamar a Amaia!
La inspectora, que está con Espinosa en el piso del muerto, recibe la llamada a su teléfono móvil.
Le informan de lo ocurrido y pide que varias unidades acudan en busca del joven.
Martín ya está en la calle, ha bajado corriendo por las escaleras.
Mejor bajar que subir. A pesar de su peso y poca forma corre para intentar alcanzarlo.
Son bastantes metros los que les separan, pero el subinspector no cesa en el intento de detenerlo.
El chico corre por la calle de Julián Romea y gira en la del General Ampudia.
Hay un momento en el que ha tropezado, pero se ha levantado y continuado la carrera.
Osorio aprovecha la caída para coger ventaja, pero aún así no logra alcanzarlo.
El chaval, con unos pulmones bien jóvenes, llega a un parque en la calle Domenico Scarlatti, y cuando va a cruzar a la acera de enfrente sin mirar, una furgoneta Ford de color rojo lo atropella, mandándolo varios metros hacia abajo.
El cuerpo ha dejado una hilera de sangre que también ha impregnado el morro de todo el vehículo.
Martín llega a la zona del accidente y ve como varios transeúntes ya se han acercado al joven, más para cotillear que para auxiliarlo.
El subinspector se identifica y se abre paso entre la multitud.
Quiere socorrer al joven lo antes posible, ya que ninguno de los presentes parece que vaya a hacerlo.
—¿Por qué corrías, chaval? —le dice al ver que tiene los ojos abiertos.
El chico, que tiene toda la cara llena de sangre, intenta pronunciar palabra, pero lo único que hace es escupir sangre por la boca. El impacto ha sido fuerte, pero peor ha sido el golpe contra el suelo.
Los transeúntes comienzan a cuchichear.
—Eres imbécil, joder —le insiste Osorio—. Solo queríamos hacerte unas preguntas, nada más.
—Ha… es…
El chico está hablando, pronuncia palabras sueltas que el subinspector no logra entender.
—Repite, chico —le pide.
Martín acerca su oído a la boca del joven e intenta descifrar lo que está queriendo decir.
—No te entiendo, joder.
Es como si la vida del joven se estuviera desvaneciendo a medida que pasan los segundos. Y, en un último intento, Osorio le pide que repita de nuevo lo que había dicho, y ahora sí, cuando el joven abre de nuevo su boca ensangrentada, se le llega a entender.
—Hans —susurra—. Es Hans.