La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Sandra Vega hace lo mismo todas las mañanas: Se despierta temprano, se ducha, se viste y desayuna un par de galletas de avena con un zumo de naranja.

Sale a correr por la urbanización, lo hace durante una media hora, más o menos.

Le gusta cuidarse y sentirse bien. La agencia para la que trabaja ya le dejó claro que debía mantener siempre la misma figura, al menos hasta la finalización del contrato con ellos.

No se lo dijeron directamente así y ni con esas palabras, pero se lo dejaron caer.

Esa mañana, sobre las doce, un taxi la pasaría a buscar a su casa para llevarla al estudio. Una firma de ropa interior la había solicitado para su nueva colección.

—Tienes un trabajo, Sandra —le dijo su agente, días antes por teléfono.

—¿Dónde? —quiso saber ella.

—Aquí, en Madrid. El próximo lunes te recogerá un taxi, estará ahí sobre las doce, ¿entendido?

—Sí, perfecto, Jonás. Gracias.

—Gracias a ti, guapa. Te lo mando todo por email.

Observa su reloj, son las once y cuarto, todavía falta un rato para que vengan a buscarla. Por eso, se tumba en el sofá y llama a Raúl, su novio.

—Amor —añade él al responder.

—Hola, cariño, ¿qué haces?

—Poca cosa, estaba con los apuntes. ¿Ya estás de camino?

—¡Qué va! Falta un rato para que venga el taxi…

Sandra se detiene, baja el teléfono y mira hacia el jardín. Ha oído un ruido.

—¿Estás bien? —le pregunta Raúl—. Te has quedado callada.

—Sí, es solo que he escuchado algo en el jardín.

—Será Bolita .

El gato de raza Maine Coon de Sandra había acabado de cumplir los diez años. Es cariñoso y tranquilo, pero, por las mañanas se las pasaba en el exterior dando vueltas por toda la urbanización.

—No lo creo —acaba diciendo ella—. Bolita no suele aparecer por aquí hasta el mediodía buscando sus chucherías. Espera, voy a mirar.

La joven se levanta del sofá, va descalza y camina hasta la puerta que da al jardín. Antes de abrir echa un vistazo y se asegura de que no hay nada extraño. Y, así es, todo parece en calma. Abre la puerta corredera y sale, nota el frío en sus pies y camina por el césped húmedo.

—¿ Bolita ? —susurra—. ¿Eres tú?

Todo está en silencio, no hay nada. Sandra se imagina que el poco viento que se ha levantado pueda haber golpeado en el toldo y haya provocado ese ruido que la ha alarmado. Carraspea y vuelve a entrar en la casa. Cierra la puerta y se dirige, de nuevo, al sofá. Se tumba y coge el teléfono.

—Creo que era el viento, Raúl.

El error de Sandra Vega ha sido dejar la ventana de su habitación abierta al levantarse.

El intruso, que ha saltado por la valla del jardín, ha escalado hacia la primera planta por una de las cañerías.

Si se hubiera encontrado la ventana cerrada tendría que haber improvisado forzándola.

Ahora ha entrado en la casa por la ventana y se ha podido mover libremente por el interior.

Aparece por detrás de la joven y le enrolla en el cuello una cuerda fina.

El teléfono cae sobre el sofá. Antes de asfixiarla la retira y le propina un fuerte golpe en la cabeza que hace que caiga semi inconsciente.

Raúl no sabe que ha ocurrido, lo único que hace es llamarla por su nombre hasta que el atacante decide colgar la llamada. Ahora solo hay silencio.