La Vasca: El Caso Hans
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CAPÍTULO 1
Después de adivinar el día en el que se encuentra y todo lo que tiene que hacer hoy, vuelve a echar un vistazo a su habitación del piso en el que vive, uno de setenta metros cuadrados en la calle de la Cava Alta, en el barrio de La Latina.
Sonríe, nuevamente, al ver a la persona que tiene a su lado: es la agente Rocío Contreras, algo más joven que ella y que además pertenece a su brigada, pero eso se convertiría en un problema si las descubriesen.
Si alguien supiera de su relación lo más seguro es que Rocío fuera trasladada a otra unidad, y ninguna de las dos quiere eso.
Luego, estarían los cuchicheos en comisaría, todos comentando que la vasca sale con otra mujer, y seguramente acusarían a la agente Contreras de querer escalar puestos acostándose con la jefa.
—Buenos días, dormilona. —Amaia le da un beso y la rodea con su abrazo mientras le acaricia el cabello.
La noche anterior fueron a cenar a un restaurante en Gran Vía y volvieron en taxi.
Al pagar la carrera y salir del vehículo fingieron que no se conocían, eran dos desconocidas que, después de un encuentro fortuito al coincidir en un taxi de vuelta a casa, entablaban una amistad.
Estuvieron algo más de diez minutos haciendo ver que eran dos personas que no se habían visto en la vida. Era un juego. Solo eso.
—¿A qué te dedicas? —indagaba la inspectora mientras se encendía un cigarrillo.
—Soy policía —le respondió Rocío.
—¿De verdad? Qué casualidad. Yo también soy policía.
—Pues sí, una casualidad. Oye, perdona que sea tan directa, pero me pones cachonda.
Cuando subieron al piso de Amaia hicieron el amor como dos amantes que lo hacen por primera vez.
Entre gemidos y sudor se aferraban la una a la otra como si no fuera a existir un mañana.
Pero sí iba a existir, y ahí estaban, las dos juntas, un día más.
Rocío había estado yendo a dormir al piso de la inspectora el último mes y medio.
Así lo habían decidido, y la verdad es que no les iba nada mal.
—Voy a preparar café —indica Amaia.
—No te olvides del Bourbon —le recuerda Rocío.
—Para nada —le dice sonriendo—. Eso nunca.
Una vez al día, la inspectora, se permite pensar en Natividad, su madre, aunque el pensamiento dura solo unos segundos.
Cumple condena en la prisión de Carabanchel, en el módulo de mujeres, pero por lo que sabe este mismo año la cerrarán, y su madre será trasladada a otra prisión.
No ha ido a verla ni un solo día, y tampoco lo hará.
El caso pasó al CESID, ya que implicaba a altos mandos del país.
Amaia no pregunta sobre ello, tampoco quiere saber nada.
Piensa en su madre, sí, unos segundos, pero ya está. Después se le olvida.
El teléfono móvil de la inspectora comienza a sonar.
No es su melodía habitual, pero sí es otro villancico que también hace desesperar a los de su equipo.
La Navidad pasó hace días, pero decide mantenerlo.
La inspectora observa la pantalla: es el comisario Faustino Mendoza.
Es posiblemente la última persona con la que uno quiere hablar recién levantado, tampoco antes de ir a dormir.
—Buenos días, comisario —saluda ella al descolgar.
—Amaia, reúnete con tu equipo en Chamberí. Llama a Martín y que te informe, él está ahí.
—¿Qué ha ocurrido, Mendoza?
—La mierda de siempre, un asesinato, de los jodidos… y no es bueno, Amaia, nada bueno.
—¿Pedro también está?
—Sí, la única que no está es Rocío… ni tú, claro. Llama a Contreras y que vaya, os necesito a todos. Ve cagando hostias y tenme informado. Con un poco de suerte la prensa no se habrá enterado todavía.
La llamada se ha cortado. A la inspectora no le sorprende que el comisario no le de los buenos días, es algo habitual en él, lo que más le ha sorprendido es que Pedro Sierra, subinspector de policía en su equipo, haya llegado antes que ella. No suele ser habitual en él.
Amaia y Rocío se han duchado, pero, a diferencia de otros días, hoy no ha habido tiempo para hacer nada bajo el agua.
Lo que sí ha hecho la inspectora es mirarse en el espejo el chupetón que tiene en el cuello.
No hay maquillaje que le pueda tapar eso.
Las dos han tomado un café rápido y Amaia se ha bebido su chupito de Bourbon, para eso siempre hay tiempo, eso dice ella.
Por el camino ha llamado al subinspector Martín Osorio que le ha informado que Pedro y él están en un bloque de pisos en la calle de Julián Romea, en el barrio de Vallehermoso en el distrito de Chamberí, y que hay decenas de curiosos esperando a que saquen el cuerpo.
El morbo se palpa en la cara de la gente, igual que cuando ves un accidente en la autopista, te paras para mirar.
Y si hay sangre, mucho mejor. Es lo que tiene el ser humano, les gusta el morbo.
La calle está acordonada por unos cuatro vehículos policiales y el furgón de la científica. La agente Contreras ha llegado un minuto más tarde, pero en su propio coche.
—Habéis llegado a la misma vez, ni que hubierais dormido juntas —comenta Martín.
—No me toques el coño, Osorio —añade Amaia tirando la colilla del Marlboro que se acaba de fumar—. Cuéntame, ¿qué ha pasado?
—Subid. Pedro está arriba, esperándote, vais a alucinar con el muerto.
Vallehermoso es un barrio de clase media alta, muy familiar: vecinos de toda la vida, porteros que conocen a todos, y los niños jugando en la calle sin la supervisión de los padres.
Los comercios de la zona están en auge. Hay mercerías, librerías pequeñas, de las de barrio de toda la vida, zapateros con su clientela fiel y bares sencillos, de los de menú del día, café y carajillos.
El edificio en el que entran se construyó en los años cincuenta, con un portal de mármol y ascensor antiguo.
—¿Y el portero? —pregunta Amaia al entrar.
—No estaba en la portería —le responde Martín—. Hay un jardín detrás, también se ocupa de regarlo y estaba allí.
El ascensor les ha dejado en la sexta planta. El rellano es pequeño y oscuro. Entran en el piso y el subinspector Pedro Sierra les da los buenos días.
—Ya era hora, jefa —dice—. Pensé que no vendrías. Y tú qué, novata, ¿te has dormido hoy?
—No pude llegar antes, Pedro —le dice Rocío—. Pero no pasa nada, sé que contigo aquí está todo controlado.
—Dejad de decir estupideces —salta la inspectora al escuchar la ironía de Rocío—. ¿Dónde está el cuerpo?
—En el comedor —dice Sierra—. Ven, jefa, no te lo vas a creer.
Cuando Amaia ve el cadáver se queda paralizada.
La agente Contreras, que está detrás, casi vomita al ver el cuerpo.
Ha tenido que contenerse. El muerto es un hombre de unos cuarenta años, corpulento.
Está tumbado en el suelo y está sin cabeza.
Junto a él hay unas cuerdas que, lo más probable, le impidieron moverse.
Además, el asesino ha cortado con una sierra que está a escasos centímetros todo su cuerpo por la mitad, desde el cuello hasta la ingle o región inguinal, dividiendo su cuerpo en dos, como si fuera una zanahoria cortada de arriba abajo. Ni un carnicero haría todo eso.
—Joder —suelta Amaia—. Me cago en la hostia… lo han partido por la mitad. ¿Y la cabeza?
—En la cocina —le indica Pedro—. Venid, tenéis que ver esto.
Cuando entran en la cocina, sobre el mármol, al lado de los fogones, está la cabeza, como el que deja encima una taza de café.
—Pero… ¿qué mierda es esta? —La inspectora está perturbada.
—Ya te dije que ibas a alucinar, Amaia —le dice ahora Martín.
—Menuda carnicería —suelta ahora Rocío.
El equipo de la vasca está contemplando ahora una cabeza vacía, el asesino la ha cortado por la mitad, desde la barbilla hasta la frente, le han rajado el resto y extraído el cerebro.
—Se han llevado el cerebro —se dice así misma Amaia, sin creerse lo que sus ojos están viendo en ese momento.