La Valija de Amanda EL VERBO
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EL VERBO

Desde muy pequeño, recuerdo ese logo pegado en la pared principal de la iglesia local.

Era un pasaje de las Escrituras, pintado con letras que el tiempo había empezado a descascarar, anunciando su segunda venida.

Mi abuela me llevaba de la mano a los encuentros de verano.

Recuerdo el olor a madera barnizada de las bancas y el polvo bailando en los haces de luz que entraban por las ventanas.

Después de las manualidades y los juegos, el reverendo —un hombre de voz gruesa y manos desgastadas— nos sentaba en círculo y hablaba sobre Quién era realmente el que iba a regresar.

Yo lo escuchaba fascinado, aunque confieso que mi mente infantil no lograba dimensionar por qué o por quién vendría.

Para mí, era un superhéroe cósmico; hoy, frente a esta luz que me ciega en el salón del hotel, entiendo lo ridículamente corta que se quedaba mi imaginación.

Ya de adolescente, en un arranque de fervor, había decidido entregarle mi vida por completo.

Pero el papel lo aguanta todo, y la realidad humana es frágil.

Fallé. Fallé incontables veces. Me dejé arrastrar por una soberbia silenciosa, un egoísmo que actuaba como un ácido, corroyendo mis relaciones más cercanas.

Por ese egoísmo perdí amistades que valían oro; herí a personas que solo me habían ofrecido lealtad e, incluso, le rompí el corazón a mi propia madre con palabras que aún hoy me taladran la memoria.

Me miraba al espejo en las noches y me repetía: «Noah, no mereces el perdón de nadie, y muchísimo menos el de Él».

Recuerdo la vez que fui llamado a la oficina de uno de los ministros.

Un miembro de la congregación me había visto, supuestamente, tomando unas cervezas con un grupo de amigos, y había exagerado la historia por completo para perjudicarme.

En lugar de dejarlo pasar, mi orgullo herido exigió venganza: moví los hilos a sus espaldas e hice que su novia terminara la relación con él. Así de oscuro podía llegar a ser.

Cuando empecé a trabajar en los barcos de pasajeros, mi escape tomó otra forma.

Estaba rodeado de agua, aislado de mi tierra, y me entregué a una vida vacía.

Lo mío nunca fue el alcohol hasta perder el conocimiento, ni las fiestas desenfrenadas, ni mucho menos las drogas; mi perdición fue más sutil.

Busqué en el amor libre, en el calor efímero del género femenino, un refugio para no enfrentar mi propio abismo.

Cada puerto era una nueva excusa, cada rostro una nueva forma de ignorar la voz que me decía que estaba perdido.

Era un fariseo moderno: limpio por fuera, cumpliendo mis turnos de logístico, pero con un desierto en el pecho.

Antes de conocer a mi esposa, fui golpeado por la vida de muchas formas.

Sentí la soledad aplastante, la traición, el vacío.

Pero después entendí que no era un castigo; el Todopoderoso me estaba moldeando.

Estaba usando un cincel sobre la piedra dura de mi orgullo.

No quería dejarme escapar. Era por esa gracia infinita, incomprensible e ilógica, por la que yo seguía vivo.

Y es por esa misma gracia que hoy, arrodillado en la alfombra de este hotel, rodeado de magnates aterrorizados y entidades milenarias, no siento miedo al mirar esta Luz.

Porque a pesar de todas mis miserias, mis caídas y mis fracasos a lo largo de los años, el Verbo no me miraba con ira, sino con una misericordia que trasciende el entendimiento humano.

No podía ver su rostro, era físicamente imposible; ese destello era mucho más cegador que todos los soles que pudieran existir en el universo.

Y fue en esa ceguera donde mi mente, acelerada por una lucidez que no era mía, comprendió de golpe el verdadero significado de todo lo que había estudiado. Entendí por qué el Jefe y el Verbo eran la antítesis absoluta.

El jefe operaba a través de la misma estrategia que había usado milenios atrás en el desierto.

A los políticos y magnates que ahora se retorcían en este salón, les había ofrecido exactamente lo mismo que le ofreció al Verbo: los reinos de este mundo, el éxito y el poder terrenal, a cambio de postrarse y adorarlo.

Les entregó el mundo sin exigirles sacrificio, empleando las armas de siempre: la manipulación, la crueldad y la complicidad con el mal.

Ellos habían sucumbido al soborno moral.

Habían elegido convertir las piedras en pan para saciar su propio egoísmo, olvidando por completo la redención de sus almas.

Pero el Verbo no. Cuando el diablo intentó quebrar su dependencia hacia el Creador incitándolo a usar su poder divino para no pasar hambre, Él se negó.

Decidió vivir bajo las mismas limitaciones que nosotros.

Cuando se le ofreció lanzarse desde el pináculo del templo para ganarse a las masas con un milagro espectacular, lo rechazó de inmediato, porque su reino no se basaba en el sensacionalismo o la manipulación, sino en la gracia y el arrepentimiento.

Y, por encima de todo, el Verbo había rechazado gobernar este mundo bajo las condiciones del maligno.

Aceptar la oferta del Jefe en aquel desierto habría significado salvarse a sí mismo.

Habría significado evitar el sufrimiento.

Evitar la cruz. El jefe exigía adoración y continuidad perpetua a cambio de una gloria corrupta; por otro lado, el Verbo, teniendo el poder absoluto para desintegrar este hotel y a todos sus ocupantes con un solo parpadeo, había elegido el camino de la sangre y el dolor para darnos esperanza.

Una vez más, quedaba registrado qué importantes somos los escogidos para Él; ahora tenía sentido la famosa lista de los «Invulnerables» que Amanda había mencionado.

Mi infancia, mi adolescencia, mi familia y todo lo que yo había conocido desde que nací hasta este preciso momento, había quedado reducido a nada ante la presencia inabarcable del Verbo.

Solo me cabe decir: Gracias, mi Señor.

En medio de esa majestad, traté de buscar a Amanda desesperadamente, pero nuevamente quedé cegado por el resplandor absoluto.

Perdí el conocimiento, firmemente convencido de que había muerto y de que estaba yendo hacia el Reino.

Como cristiano, tenía alguna noción de lo que acontece a los que dejan este mundo.

Desperté. No podía ver nada. Tenía una venda que me cubría los ojos.

Estaba recostado en el sofá de mi casa, o al menos eso fue lo que pude reconocer con el tacto de mis manos. Traté de quitarme las vendas. Fue un poco difícil, pero logré hacerlo. Sin embargo, no podía ver casi nada; mis ojos aún estaban cegados por aquel resplandor.

No quise encender la luz. En ese momento, traté de ir a tientas hacia el cuarto. No tenía idea de qué hora era, así que me ayudé palpando las paredes. Cuando estuve cerca de la cama, pude sentir a Mary. Ella se despertó a medias.

—¿Noah? ¿Qué haces despierto?... ¿Recién llegas? —preguntó con voz adormilada.

—Mmm, sí... lo que pasa es que los muchachos no terminaban de hablar y hablar —mentí.

—Acuéstate... aún son las cuatro de la mañana.

Al parecer, había mirado el reloj de la mesa de noche y era obvio que estaba exhausta.

Hice todo lo posible para no despertarla del todo.

Logré acostarme a su lado, pero no quise quitarme la ropa.

Solo cerré los ojos y le rogué al Creador que, al despertar, pudiera ver nuevamente sin dificultad alguna.

Pero había algo que me rasgaba la mente en pedazos: Amanda.

¿Dónde estaba? ¿Qué le había pasado? Tenía que hacer lo que fuera necesario para encontrarla.

Por un instante, llegué a pensar que todo había sido un sueño febril.

¿Quién me había traído a casa? ¿Cómo me habían acostado en el sofá sin que mi esposa se diera cuenta?

No podía creer lo que estaba sucediendo, pero sabía que todo había sido real.

Comencé a llorar en silencio. Tenía el corazón destrozado por Amanda; la había visto tan brutalmente golpeada que no podía soportar la idea de que estuviera muerta.

Mis lágrimas eran una mezcla de tristeza y de una profunda conmoción.

Recordaba perfectamente la pregunta del Jefe: «¿Lo amas?»

. Ella no había contestado nada, pero su silencio lo había dicho todo.

Su amor hacia mí la había impulsado a hacer toda esa locura, incluso a poner su vida en inminente riesgo de muerte.

¿Qué era lo que había visto en mí? Ella había conocido a los hombres más poderosos y exitosos sobre la faz de la tierra.

Yo sabía perfectamente quién era yo: tenía mis virtudes, pero también mis defectos.

No era un galán de cine ni mucho menos; y, aunque el dinero no faltaba en casa, tampoco sobraba.

Y lo más trágico de todo era que no podía corresponderle. Estaba casado, tenía un bebé en camino y amaba profundamente a mi esposa.

No lo iba a negar, tenía una conexión muy especial con ella; se había convertido en una de las personas más importantes de mi vida.

Secándome las lágrimas, tomé la firme decisión de encontrarla como diera lugar.

Ya no me importaba el trabajo; tenía que encontrar a Amanda, sí o sí.

Por otro lado, atesoraba la dicha más maravillosa de toda mi vida: había podido presenciar en carne propia al menos un destello del Verbo, del Señor de señores.

Era una experiencia increíble, porque sencillamente no existe idioma humano capaz de expresar lo que pude ver y sentir en ese lugar.

Ya por la mañana, creo que logré dormir un poco más de una hora. Cuando desperté, aún tenía la vista aturdida, pero veía mucho mejor; al menos sabía que no iba a chocarme con las paredes. Mi esposa ya estaba en la cocina preparando el desayuno.

—Noah, ¿qué es esta venda? La encontré tirada cerca del sofá.

Me había olvidado por completo de esconderla o deshacerme de ella. Ahora estaba en apuros.

—No sé... de repente a la enfermera se le cayó del maletín —fue la primera excusa que logré hilar en ese momento, y la verdad es que tenía sentido.

—Mmm... sí, puede ser —dijo ella, aceptando la mentira.

—Mary... Después del trabajo voy a visitar a mi mamá.

—Ok, mándale saludos y dile que iremos a verla este fin de semana.

—De acuerdo, ella va a estar feliz de escuchar eso.

Me bañé a toda prisa, tomé un poco de café y salí disparado hacia la casa de Amanda.

El taxi me dejó a unas cuadras y corrí hasta su entrada.

Toqué el timbre desesperadamente, una y otra vez, pero no hubo respuesta.