La Valija de Amanda EL VERBO #2
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EL VERBO #2

En ese trayecto me di cuenta de que mi visión ya se había recuperado casi al cien por ciento.

Traté de mirar por las ventanas y noté que ya no había cortinas.

Pegué mi oído a la puerta, pero no se escuchaba absolutamente nada. Tenía que entrar a esa casa.

Miré hacia los costados para asegurarme de que no hubiera vecinos merodeando y comencé a golpear la puerta con el hombro.

Arremetí una y otra vez, hasta que sentí una punzada de dolor en el abdomen, justo donde había recibido el impacto de bala.

Frustrado, retrocedí un paso y le di una patada tan fuerte a la cerradura que, al fin, la puerta cedió.

Ingresé y cerré detrás de mí. En el corredor del jardín seguían las mismas flores de siempre. Sin embargo, al llegar a la entrada principal de la casa, encontré la puerta semiabierta. Traté de asomarme por la ventana para verificar si había alguien adentro, pero solo vi paredes desnudas.

Cuando al fin pisé la sala, el vacío me golpeó: no había absolutamente nada.

Ningún mueble; el bar estaba por completo desmantelado.

Subí corriendo al segundo piso y el escenario era el mismo: ni una cama, ni un armario.

Era como si nadie hubiese vivido jamás allí.

Bajé las escaleras rápidamente; las paredes estaban inmaculadas, ni siquiera habían dejado la marca de algún cuadro.

Entré a los baños y nada. Me llamó poderosamente la atención que todo el lugar estuviera pulcramente limpio, sin una mota de polvo.

Salí de aquel lugar más desesperado de lo que había entrado.

Miles de ideas se arremolinaban en mi cabeza.

La peor de todas era que, efectivamente, Amanda había sido «borrada» por la Organización, tal como habían hecho con la enfermera que se equivocó al entregarle aquel bebé tiempo atrás.

Otra teoría, un poco más esperanzadora, era que había sido rescatada —tal como yo— y ahora estaba oculta en un lugar seguro.

Habían pasado cuarenta y ocho horas sin que pudiera dormir casi nada.

Estaba en casa, intentando ordenar mis ideas frente a la laptop, cuando recibí una llamada de la oficina preguntando si todo estaba bien.

Me limité a responder que me sentía indispuesto y me disculpé por no haber avisado a primera hora.

Sinceramente, no tenía ningún motivo para pisar la oficina ese día; el trabajo era lo último que me importaba en este mundo. Tenía que encontrarla.

Poco después, mi teléfono vibró. Era un mensaje de texto de un número desconocido con una sola cosa: una dirección. Estaba seguro de que era de Amanda. Inmediatamente dejé todo, cerré la laptop y salí del departamento.

Mientras bajaba en el ascensor, pedí un taxi a través de una aplicación, el cual llegó justo cuando yo salía a la calle. Antes de subir, alcancé a divisar el último piso del hotel en la distancia; me quedé mirándolo por unos segundos, recordando el horror que había vivido días atrás.

El aire nocturno de Lima nunca me había parecido tan limpio.

Respiré profundamente, llenando mis pulmones con esa humedad costera que normalmente me resultaba pegajosa, pero que ahora se sentía como oxígeno puro después de haber estado sumergido en las profundidades del infierno.

Las luces de la ciudad brillaban con esa indiferencia habitual —los taxis pasaban, los semáforos cambiaban, un grupo de jóvenes reía en la esquina— y yo me sentía como un astronauta que acaba de regresar de otro planeta y descubre que la Tierra sigue girando exactamente igual.

Mis manos todavía temblaban. Me las metí en los bolsillos de la chaqueta para disimular y, al bajar del taxi, caminé lo más rápido que pude, alejándome mentalmente del hotel como si sus paredes pudieran extender tentáculos invisibles y arrastrarme de vuelta a aquel salón.

Cada paso que daba sobre la acera era un paso hacia la vida, hacia la normalidad, hacia Mary y hacia el hijo que crecía en su vientre.

Pero, sobre todo, cualquier rastro del horror que había presenciado se desvanecía por completo al recordar que había podido ver al Verbo tan de cerca; al menos un destello de Su luz.

Llegué a la dirección indicada en el mensaje: era una clínica privada.

En recepción pregunté por ella. La recepcionista me pidió su apellido y me quedé en blanco; le dije que no lo recordaba, pero la cruda y absurda realidad era que jamás lo había sabido.

Por suerte, solo había una paciente registrada con el nombre de Amanda y me indicó el número de la habitación.

Corrí hacia el elevador. Era en el tercer piso, en un pasillo muy exclusivo donde había pocas habitaciones.

Cuando entré a su cuarto, ella estaba recostada, semisentada en la cama.

Al verme, cerró el libro que estaba leyendo y me regaló esa estupenda sonrisa.

Se veía más bella que nunca, pero con un semblante muy diferente: irradiaba una paz absoluta.

Me acerqué, me senté a su lado y me rendí ante ella, fundiéndonos en un fuerte abrazo.

Lloramos juntos. Ella me acarició el rostro, escudriñándome para confirmar que yo estuviera bien.

Al mismo tiempo, me percaté de que las heridas de su rostro apenas se notaban; era increíble.

—¿Lograste ver lo mismo que yo vi? —le pregunté casi en un susurro.

—Sí... claro que sí —contestó, secándose las lágrimas, y añadió—: Siempre supe que había alguien mucho más poderoso; en la organización se rumoreaba mucho al respecto.

Pero lo mejor que hice en mi vida fue conocerlo personalmente.

Fue la decisión correcta, aunque me haya traído consecuencias adversas.

Suspiró y su mirada se ensombreció un poco.

—Mi familia me desheredó. Prácticamente es como si para ellos nunca hubiese existido.

Es obvio que ya no trabajo para la organización; me quitaron todo.

Bueno, tengo dinero ahorrado, en realidad no necesito trabajar durante muchos años, pero me borraron la identidad.

Hablé con mi madre... me dijo que aún tenía la oportunidad de retractarme, pero me negué rotundamente.

La voy a extrañar, claro, pero después de conocer al Verbo, todo cambió.

Es como si un velo que tapaba mis ojos simplemente se hubiera caído y esfumado.

Pude ver todo claramente por primera vez en mi vida.

Comprendí entonces que la organización había desmantelado su casa y le había arrebatado absolutamente todo, pero su recompensa era infinitamente mayor.

Aquel «contrato» inquebrantable con el Jefe había quedado anulado en el instante en que conoció al Verbo.

Todo lo que yo había estudiado en el Libro Sagrado al respecto era real: solo el Verbo era capaz de romper cualquier atadura, aun si esta fuera perpetua y maléfica.

En ese momento, la puerta se abrió y entró una enfermera para verificar los monitores de pulso y ritmo cardíaco a los que Amanda estaba conectada.

Me quedé un poco sorprendido al reconocerla: era la misma enfermera que había ido a mi casa a inyectarme aquel poderoso cóctel, me saludó con una pequeña sonrisa.

En ese momento entendí por qué Amanda se veía tan bien, incluso después de haber sido golpeada tan brutalmente hacía solo unos días.

Cuando la enfermera salió, Amanda se puso seria.

—Noah, escúchame con atención. Lo que voy a decirte es muy importante.

—Si, claro que sí—respondí, acomodándome más cerca en la cama.

Me tomó de la mano y me miró a los ojos.

—Mira, después de todo lo que ha pasado y de lo que acabo de contarte sobre mi situación, tienes que salir del país. Y no lo digo por ti, sino por tu familia y por el bebé que viene en camino.

—¿Cómo sabías eso? —pregunté, atónito.

—Eso no importa ahora. Aprovecha que tu esposa es finlandesa y tramita los documentos que tengas que sacar. Váyanse.

—¿Pero qué va a pasar contigo...? ¿Con nosotros?

Amanda bajó la mirada y derramó una lágrima.

—Noah... el «nosotros» no existe.

El dolor en su voz fue como un puñetazo en el estómago.

—Lo entiendo... pero no tienes a nadie.

—No te preocupes por mí, yo voy a estar bien. También voy a salir del país muy pronto. Aún no sé a dónde; sé que a Inglaterra no podré regresar, al menos por unos años, pero tal vez pueda irme a los Estados Unidos.

—¿Y por qué no vienes a Finlandia? —insistí.

Ella se quedó pensativa, evaluando la idea.

—Podría ser. Tengo que pensar bien en todo... pero igual vamos a estar siempre en contacto. Eso te lo prometo.

—Pero después de que salgas de aquí, ¿dónde te vas a quedar? —le pregunté.

—Tengo un departamento cerca, no hay problema por eso... solo será por unos meses.

—Amanda, me tienes que dar un número de teléfono. ¿Cómo hago para saber de ti o para ayudarte si necesitas algo?

Tras pensarlo un segundo, tomó su celular y me envió un mensaje de texto. Al revisar la pantalla, vi que por fin tenía un número suyo. Le agradecí con una sonrisa de oreja a oreja.

—Noah, es mejor que te vayas a casa para que empieces todos los trámites que tengas que hacer... y te recomiendo que le cuentes la verdad a tu esposa. Va a ser mucho más fácil de sobrellevar —me aconsejó.

—Sí... tienes toda la razón.

Sentí que ella estaba un poco incómoda. Era comprensible: una mujer tan bella y majestuosa no quería ser vista en esas condiciones de vulnerabilidad.

—Amanda, incluso aquí, en una cama de hospital... sigues siendo hermosa. ¿Lo sabes, verdad? —le dije en voz baja.

—Gracias por eso...

Me acerqué para despedirme; ella me tomó del cuello y me dio un beso en la mejilla. Solo alcancé a susurrarle que nos íbamos a ver muy pronto.

Cuando llegué a casa, mi esposa estaba viendo las noticias. La saludé y, con un semblante muy serio, le pedí que nos sentáramos; tenía que conversar con ella de algo urgente. Apagó la televisión de inmediato.

—Soy toda oídos.

—Amor, mira... todo lo que vas a escuchar a continuación te lo oculté porque quería protegerte. Y aún quiero hacerlo.

Le conté todo. No omití casi nada. Era obvio que mi mente había bloqueado ciertos detalles secundarios, pero le narré con cruda claridad lo del hotel. Estaba tan fresco en mi memoria que le describí la escena con lujo de detalles.

El relato me tomó casi un par de horas. Al principio, cuando le hablé de la maleta y de mis primeros encuentros con Amanda, vi cómo el semblante de Mary pasaba de la curiosidad a la incredulidad, e incluso noté que los celos asomaban en su rostro.