La Valija de Amanda EL JEFE
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EL JEFE

Todo lo que había sabido y aprendido acerca del «ángel de luz», un querubín que era la esencia de la perfección, lo había extraído del Libro Sagrado.

Pero durante mis meses de investigación, mi mente no se había conformado con la lectura superficial; había cruzado datos, escudriñado textos apócrifos y analizado la exégesis teológica como si estuviera armando el perfil de un asesino en serie internacional.

El profeta Ezequiel lo describía en el capítulo 28 como el «sello de la perfección, lleno de sabiduría y de acabada hermosura», cubierto de toda piedra preciosa.

La teología dictaba que no fue creado como un ser de oscuridad, sino como el pináculo de la creación del Creador, el portador de la luz que terminó corrompiéndose por su propio esplendor.

Y ahora, tras el parpadeo de las luces, lo tenía frente a mí.

No había cuernos, ni azufre, ni la monstruosidad grotesca que la cultura popular había vendido durante siglos.

El verdadero terror que infundía radicaba, precisamente, en su absoluta y aterradora simetría.

Su apariencia era la de un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje de un corte tan impecable que parecía absorber la luz del salón.

Su rostro poseía una proporción áurea llevada a un extremo tan exacto que resultaba antinatural, casi sintético.

Era asombrosamente hermoso, pero de una belleza gélida, inorgánica, como la de una estatua esculpida en hielo.

Emanaba un magnetismo abrumador. Entendí en ese segundo a qué se refería el texto cuando hablaba del «ángel de luz»: irradiaba una autoridad silenciosa que te obligaba a mirarlo, una fuerza gravitatoria que doblegaba la voluntad.

Sin embargo, al mirar sus ojos, toda la ilusión de luz se desmoronaba.

Sus pupilas eran dos abismos insondables; no reflejaban vida, ni compasión, ni siquiera ira humana.

Solo contenían un vacío antiguo, un aburrimiento cósmico y una soberbia tan profunda que aplastaba el aire del salón.

Los mandatarios y magnates, aquellos hombres que gobernaban el mundo desde las sombras y manejaban miles de millones, habían dejado de comer. Todos seguían con la cabeza gacha, en una mezcla de sumisión absoluta y terror reverencial.

Ahí estaba la mente maestra detrás de las entidades, el arquitecto del engaño humano, el soberano de ese banquete de sangre.

El Jefe.

No me quitaba la mirada de encima. Vi cómo, con la mano derecha, golpeó la mesa dos veces.

Ante la señal, el resto de los comensales continuó con lo suyo.

Yo estaba paralizado. El Jefe seguía mirándome sin hacer el más mínimo gesto.

Sinceramente, no sabía qué hacer; el pánico había anestesiado hasta mis náuseas.

Su belleza era demasiado cautivadora, tanto que varias veces tuve que apartar la vista para poder respirar.

En un momento, un camarero se acercó para ofrecerle una de esas copas de plata. La bebió de un solo sorbo, sin dejar de mirarme. Cuando posó la copa vacía sobre la mesa, todos guardaron un silencio sepulcral y fijaron la mirada en él con total naturalidad.

—Después de muchos años de reuniones, y de varios encuentros con ustedes, mis hijos, ha sucedido lo que pensé que jamás iba a suceder —habló el Jefe.

Su voz era impecable—. Hice de todo para que este momento nunca llegara, pero es evidente que alguien de nosotros me ha fallado.

Jamás pensé que el traidor iba a salir de uno de mis linajes favoritos, de aquella familia que me había jurado obediencia perpetua por siglos.

Alguien de los aquí presentes, sencillamente, no debería estar aquí.

De aquella pequeña sala de reuniones anexa, salió alguien encadenada. Era una mujer brutalmente golpeada; la sangre le cubría casi todo el rostro. Agudicé la mirada para poder enfocarla bien... y el alma se me cayó a los pies.

—¡Amandaaaaaa! ¡No, no! —grité a todo pulmón.

Tras mi grito, me puse de pie de un salto. Las lágrimas me empañaron los ojos; lloraba de rabia, de impotencia y de una tristeza infinita al ver así a esa mujer invencible. No quería que la mataran.

Ya no me importaba nada más. Me acerqué corriendo hacia ella. Amanda se derrumbó en el piso; el sufrimiento físico era evidente en cada músculo de su cara, pero, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se arrastró para interponerse entre la silla del Jefe y yo.

—Jefe... él no tiene nada que ver en todo esto —dijo con voz entrecortada—. Si él está aquí hoy, fue porque yo le mandé lo necesario. Todos nuestros encuentros ocurrieron porque yo lo busqué. Él jamás me contactó por su cuenta.

Amanda se estaba inmolando por mí. Sabía que había algo bueno, inmensamente bueno en ella, y ahora, en el umbral de la muerte, había salido a flote.

Él la miró desde su trono y preguntó con frialdad matemática:

—¿Lo amas?

Ella solo bajó la mirada, sin responder una sola palabra. Era la confirmación más obvia y rotunda. Yo no sabía qué pensar en ese momento; mi mente quedó en blanco, repitiéndome lo mucho que me habría gustado poder despedirme de mi madre, de mi esposa y de mis amigos.

—Ustedes dos se mueren hoy —sentenció.

Lo que trataré de explicar a continuación está muy limitado por el lenguaje humano; simplemente no he podido encontrar las palabras exactas para describir lo que presencié antes de abrir los ojos en la clínica.

Después de escuchar aquellas cinco palabras de condena, lo que recuerdo fue lo siguiente:

Una luz cegadora —y digo «luz» porque es el concepto más cercano que puedo usar— cubrió todo el lugar. Su intensidad era tan abrumadora que tuve que aplastar mi rostro contra el piso para no quedar ciego.

En ese momento, estalló el caos. Solo podía escuchar los gritos despavoridos de los hombres y mujeres de la Élite: «¡No, no puede ser!», «¡Ahora no!», «¡Larguémonos de aquí!». Aullaban maldiciones de tal calibre que me daría vergüenza repetir.

De pronto, y no sé cómo —pues tenía los ojos fuertemente cerrados y la cabeza gacha— pude ver a dos...

«personas». Digo personas porque alcancé a percibir un brazo a mi lado izquierdo y otro a mi lado derecho, levantándome en vilo.

Vi en sus muñecas una especie de brazaletes de un oro radiante, un metal dorado y purísimo que cubría sus antebrazos.

Levanté un poco el rostro y logré vislumbrar a uno de ellos hasta la altura del cuello, ya que mirar su rostro directamente era físicamente imposible.

Estaba vestido como un centurión romano, pero forjado con una tecnología moderna, incomprensible; jamás había visto algo así.

Llevaba en el cinto lo que parecía una espada, y toda aquella armadura fulguraba en oro...

o, al menos, ese fue el color que mi cerebro logró asimilar.

Pero, de pronto, noté que alguien más estaba allí, detrás de todos.

Sus pies no tocaban el piso. Vestía una especie de túnica blanca y, al contemplarlo, comprendí la verdadera razón de mi ceguera y el origen de aquel destello (que era, en realidad, muchísimo más que simple luz).

Anhelaba irme con ellos, arrastrado por la paz sobrecogedora que repentinamente inundó el lugar.

Ya no había más terror, o al menos yo ya no lo sentía.

Mi mente había borrado de golpe cualquier lazo familiar o preocupación terrenal, sumergiéndose en una paz inexorable.

En un último chispazo de lucidez, me di cuenta de quién era ÉL.

Era el Verbo. Aquel por el cual todo había sido creado.