La Valija de Amanda AÑO 2005 #11
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AÑO 2005 #11

Regresé al centro de conferencias. La charla ya estaba terminando y el moderador recogía preguntas del público. Me quedé un rato más, absorto en la dinámica del evento, hasta que me di cuenta de la hora.

Faltaban treinta minutos para la cena. Me dirigí de nuevo al elevador y subí directamente al último piso.

Al llegar, dos hostess me dieron la bienvenida con sonrisas de catálogo.

Cuando pasé al restaurante, la enorme mesa ya estaba prácticamente llena.

Solo quedaban dos asientos libres. Me senté en el que estaba más cerca de la puerta; el otro estaba en el extremo opuesto, cerca de una pequeña sala de reuniones privada.

Ese asiento me llamó poderosamente la atención: era mucho más grande que los demás, casi como un trono, con cierta decoración ornamentada en los reposabrazos.

Observé a los presentes. La mayoría eran hombres y reconocí a un mandatario importante. Cuando volteé para mirar hacia la entrada, las pesadas puertas de caoba ya estaban cerradas. Al parecer, yo había sido el último en ingresar a la sala, que estaba decorada con una finura exquisita.

Un terror gélido comenzó a trepar por mi espalda. Si antes estaba intimidado, ahora sentía una vergüenza paralizante por estar allí. Una mujer, de rostro extrañamente estirado por múltiples cirugías plásticas, se inclinó hacia mí y susurró:

—Bienvenido. Espero que la pases muy bien.

En ese preciso instante, comprendí lo que se avecinaba. Mi instinto me gritaba lo que estaba a punto de ocurrir. Lo que había comenzado con una simple maleta y el encuentro con Amanda casi un año atrás, estaba a punto de culminar en la consolidación de mis pensamientos más macabros.

Los pocos comensales que aún estaban de pie tomaron asiento y comenzaron a conversar animadamente. Era evidente que todos se conocían. Ninguno de ellos me miraba. Para disimular mi temblor, tomé la copa de agua que tenía al costado y le di un sorbo.

Minutos después, dos camareros entraron empujando un carrito de servicio con una enorme bandeja de plata, oculta bajo una de esas cubiertas abovedadas típicas de los restaurantes de alta cocina. Comencé a temblar sin control.

«Tranquilízate, Noah... tú buscaste esto», me ordené mentalmente.

Los camareros alzaron la bandeja y la colocaron justo en el centro de la mesa.

Uno de ellos retiró la cubierta de plata.

Alcé un poco el torso para ver qué había allí.

A simple vista, parecían cortes de carne normales rodeados de vegetales, pero no hacía falta decir de qué tipo de carne se trataba exactamente.

Una oleada de asco me asfixió al imaginar cuántos bebés habían sido sacrificados para abastecer aquel banquete.

Y, sin embargo, el horror no terminaba ahí: aún no me había percatado de que, bordeando la fuente, reposaban pequeños vasos de plata maciza llenos de un líquido oscuro y espeso.

Al principio, mi mente, en un acto de pura negación, quiso creer que era un cóctel.

La misma mujer de las cirugías tomó uno de los vasos plateados y me lo ofreció. Cuando lo acerqué a mi rostro... el hedor metálico fue inconfundible.

Era sangre.

Me quedé paralizado, intentando procesar lo que estaba oliendo y viendo. Todo lo que Carlos me había advertido en el pasado era real. Alcé la mirada y noté que varios de esos magnates y políticos ya habían vaciado sus vasos plateados, pasándose servilletas de lino por los labios.

Una oleada de náuseas me revolvió el estómago. Me levanté de la silla de golpe. Tenía que huir de allí lo más pronto posible. Me abalancé sobre las puertas dobles y tiré de los picaportes con desesperación. Nada. Estaban selladas desde el exterior.

Golpeé la puerta con los puños. Una, dos, tres veces.

El sonido de mis nudillos contra la pesada madera de caoba era absurdamente débil comparado con la enormidad de lo que acababa de presenciar.

Mis manos temblaban con tal violencia que apenas podía cerrarlas.

El sudor me empapaba la camisa y sentía que el aire del salón se había vuelto espeso, casi irrespirable, como si la maldad contenida entre esas cuatro paredes hubiera consumido todo el oxígeno.

Es increíble la velocidad a la que trabaja el cerebro cuando sabes que vas a morir.

En cuestión de segundos, mi mente proyectó pasajes olvidados de mi niñez, nombres de compañeros de la escuela primaria, los rostros de las novias que había tenido en la adolescencia...

Y entonces, un pensamiento se impuso con una fuerza arrolladora sobre todos los demás: Mary.

Iba a ser padre, y ese pequeño ser me iba a necesitar.

Algunos de los comensales se habían percatado de mis patéticos intentos por abrir la puerta, pero los ignoraron y siguieron conversando como si nada. Ellos ya sabían lo que yo estaba haciendo allí. Sabían exactamente a qué había ido.

De un momento a otro, las luces del salón se apagaron por completo y volvieron a encenderse violentamente.

El parpadeo estroboscópico se repitió durante un minuto eterno.

Durante esos destellos intermitentes de luz, alcancé a divisar que los presentes seguían comiendo y charlando en la penumbra, como si estuviesen totalmente acostumbrados a esa anomalía.

Y de pronto, cuando la luz finalmente se estabilizó, el ambiente se congeló.

Un frío sepulcral, casi antinatural, desplomó la temperatura del salón en un instante. Y entonces, lo vi.

No sé de dónde, ni cómo, pero alguien más estaba allí, ocupando el asiento principal.

En ese momento, todos los comensales tenían la cabeza inclinada en una reverencia absoluta y aterrada, como hacen los japoneses al saludar pero cargado de pavor. Los únicos que manteníamos la postura erguida en toda la sala, desafiando la gravedad del instante, éramos él y yo.