La Valija de Amanda AÑO 2005 #10
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AÑO 2005 #10

Todo había salido bien. Finalmente había logrado desviar el interrogatorio. Sabía que en algún momento tendría que contarle toda la verdad, pero eso sería mucho después... muchísimo después.

Esa noche, ya acostado junto a Mary, me permití por primera vez en mucho tiempo dejar caer la guardia.

Ella dormía profundamente a mi lado, con una mano protectora sobre su vientre, y yo la contemplaba con una mezcla de ternura y culpa que me apretaba el pecho como un torniquete.

Había puesto en peligro a las dos personas que más amaba en el mundo —a ella y a ese pequeño ser que crecía dentro de ella—, y todo por una obsesión que había comenzado con una simple mirada desde la ventana de un autobús.

Pero entonces, en la quietud de esa habitación, con el sonido lejano de un camión pasando por la avenida y el tic-tac del reloj de la mesa de noche, tuve una revelación que me estremeció hasta los huesos: la inyección que Amanda había enviado con la enfermera no era un medicamento convencional.

Ningún fármaco del mundo tenía la capacidad de regenerar tejidos, eliminar hematomas y restaurar la movilidad en menos de doce horas.

Lo que me habían inyectado pertenecía a otro orden de cosas; al mismo orden que las entidades en las grabaciones, al mismo orden que la autoridad sobrenatural del Jefe, al mismo orden que la propia Amanda y su mundo de secretos imposibles.

Al día siguiente, durante el almuerzo, me devané los sesos ideando un plan para salir hacia el hotel.

Me quedaban pocas horas. ¿Cómo podía salir de casa sin levantar sospechas?

¿Qué excusa podía inventar ahora? Ya había sustentado la tesis, así que las reuniones con mi grupo de estudio estaban descartadas.

Entonces me acordé de Aron (ahora Jhon).

Absolutamente nadie sabía dónde vivía, incluyéndome a mí.

Mary sabía de su existencia porque alguna vez le había comentado sobre mis compañeros de la secundaria. Era el comodín perfecto.

—Tengo que salir. Voy a ir a visitar a mi amigo Aron; escuché que fue herido hace unas semanas.

—¿Qué le pasó a tu amigo el policía? —preguntó Mary.

Aproveché que ella había estado fuera del país durante el incidente y desconocía las noticias policiales.

—Estaba de guardia, patrullando, y se topó con un asalto a mano armada en un centro comercial. Le tocaron un par de proyectiles, pero menos mal que llevaba puesto el chaleco antibalas. Otros chicos de la promoción también van a ir a verlo hoy.

Ella sabía que yo estaba en un grupo de chat con mis excompañeros de secundaria, así que la historia encajó a la perfección. Mi pequeña mentira surtió efecto. Solo me pidió que no me demorara demasiado y que la mantuviera informada.

Estaba francamente ansioso. No sabía qué me esperaba en ese lugar. Por razones obvias, no había tenido tiempo de cotejar los videos de los noticieros para investigar quién era aquel mandatario que no había podido —o no había querido— cruzar la barrera de aceite frente al centro de convenciones.

Ya estaba listo para partir. Antes de salir de casa, me había encerrado en el baño durante diez minutos.

Me miré al espejo y practiqué las expresiones que creí necesarias: seguridad al mostrar la credencial, indiferencia al cruzarme con personas importantes, naturalidad al caminar por pasillos que no conocía.

El hombre que me devolvía la mirada desde el espejo parecía un actor a punto de salir a escena sin haberse aprendido el guion.

Me había vestido con un atuendo impecable, un estilo sport elegante: camisa celeste recién planchada, pantalón de vestir oscuro y zapatos de cuero negro que había lustrado esa mañana con una dedicación casi obsesiva.

Mary me miró con cierta extrañeza, ya que no acostumbraba a arreglarme tanto para, supuestamente, visitar a un amigo enfermo.

Pero, con un pase VIP en mi poder, al menos debía guardar las apariencias.

Me despedí con un beso y le prometí que volvería pronto.

En el taxi, repasé mentalmente cada detalle del plan por décima vez.

Debajo de mi chaqueta, la credencial VIP colgaba de mi cuello con la cinta oficial, y mi foto me devolvía la mirada desde el plástico laminado como si fuera la de un desconocido.

«Supervisor VIP con acceso ilimitado», decía el cargo.

Cada vez que recordaba esas palabras sentía una mezcla de gratitud hacia Amanda y un terror paralizante por lo que podría encontrar al otro lado de las puertas de ese hotel.

Cuando llegué a las inmediaciones, comprobé que el lugar estaba más resguardado que el mismísimo palacio de gobierno.

El cerco perimetral era tan amplio y los controles policiales tan estrictos que el taxi tuvo que dejarme a diez cuadras de distancia.

Pagué y me bajé. Conocía muy bien esa zona.

El aire nocturno de Lima estaba cargado de humedad y de una tensión casi palpable.

Había francotiradores en los techos de los edificios aledaños; los identifiqué por el reflejo de sus miras telescópicas bajo la luz de los faroles, una habilidad de observación que le debo a mis años en la Escuela Naval.

Helicópteros sobrevolaban la zona en círculos amplios, y sus reflectores barrían las calles como faros en busca de algo que no debería estar ahí. Irónicamente, ese algo era yo.

Al llegar a pie al primer control policial, exhibí mi credencial.

Uno de los oficiales llamó de inmediato a un agente de seguridad privada, quien se acercó con un escáner portátil.

Le presenté el pase y, al escanear el código, el dispositivo confirmó mi estatus.

El guardia me miró con indisimulada sorpresa —seguramente le resultaba insólito que un miembro con acceso VIP llegara a pie en lugar de en una limusina o un auto oficial blindado—, pero no hizo ninguna pregunta.

Se limitó a darme paso y llamó por radio a uno de sus compañeros para que me escoltara hasta la entrada principal.

Una vez frente al imponente edificio, el agente me indicó que debía registrarme en recepción.

Tuve que deslizar mi tarjeta por un lector digital para que las pesadas puertas de cristal se abrieran.

En la recepción me pidieron nuevamente el pase y me confirmaron los horarios de todos los eventos, incluida la cena de clausura.

La recepcionista me recalcó que debía presentarme en el salón diez minutos antes del inicio de la cena, ya que yo era uno de los pocos invitados externos con ese nivel de acceso.

Inmediatamente después, me entregó un elegante folleto con el croquis del hotel y la distribución de todos los espacios reservados para la cumbre.

Mientras caminaba por los pasillos alfombrados del hotel, absorbí cada detalle con la voracidad de un náufrago que encuentra tierra firme.

Los techos eran altísimos, decorados con molduras doradas que evocaban un palacio europeo.

El personal de servicio —camareros, recepcionistas, miembros de seguridad privada— se desplazaba con una eficiencia silenciosa y mecánica, como si hubieran sido programados para no llamar la atención.

Noté que varios de los guardaespaldas llevaban auriculares y micrófonos en las solapas, y sus ojos no descansaban ni un segundo.

Decidí explorar un poco los niveles inferiores para familiarizarme con el terreno.

En uno de los pasillos del tercer piso, me crucé con dos hombres que hablaban en voz baja en un idioma que identifiqué como mandarín.

Uno de ellos me miró de arriba abajo, se fijó en mi credencial y, sin cambiar su expresión gélida, siguió caminando.

El corazón me martillaba tan fuerte contra el pecho que estaba seguro de que todo el hotel podía escucharlo.

Tras ese encuentro, decidí que era momento de ir al objetivo principal. Revisé el folleto informativo y busqué el restaurante donde se celebraría el banquete. Estaba ubicado en el último piso y, según la descripción, era el mirador más exclusivo de toda la ciudad.

Caminé hacia los ascensores principales y presioné el botón del nivel superior.

Cuando las puertas metálicas se abrieron en la cima, me topé de frente con una pesada puerta de caoba maciza equipada con un escáner de proximidad.

A un costado, había un elegante letrero que indicaba el aforo máximo del lugar: se limitaba estrictamente a veinte personas.

Aún era temprano para la cena, pero quería inspeccionar el perímetro.

Apreté la credencial que llevaba colgada al cuello, tomé una bocanada de aire y me preparé para acercarla al escáner.

Recordé que la recepcionista había acotado que yo era uno de los pocos invitados externos.

Si yo era uno de esos veinte, ¿quién más iba a estar allí?

¿Quiénes eran los otros diecinueve comensales?

Como aún faltaban cuatro horas para el banquete, bajé hacia el piso de conferencias, donde se llevaba a cabo una exposición empresarial.

En la entrada, varios camareros de guante blanco ofrecían todo tipo de licores finos y canapés.

El orador principal era un magnate muy famoso que hablaba sobre macroeconomía regional y su impacto en las corporaciones.

Me habían ofrecido unos auriculares inalámbricos para escuchar la traducción simultánea, con tres opciones de idioma.

Todo allí exudaba opulencia: los asientos de cuero, las mesas, la iluminación... jamás había estado en un lugar que transmitiera tanto lujo y, a la vez, tanta banalidad. El público estaba compuesto por gente de muchísimo poder; alcancé a reconocer a varios rostros habituales de la televisión.

Me senté en la parte de atrás, en la última fila, sintiéndome genuinamente intimidado. «¿Qué haces aquí, Noah?», me repetía a mí mismo. Toda esa gente manejaba miles de millones y controlaba compañías multinacionales.

Me quedé unos cuarenta minutos y salí a caminar un poco. No lo voy a negar, la charla era fascinante; me ayudó a entender, más o menos, cómo piensan los multimillonarios. Cualquier aspirante a gurú financiero habría dado la vida por estar sentado en esa sala.

Después subí al piso de prensa, que estaba abarrotado de periodistas locales e internacionales esperando alguna conferencia oficial.

Al salir del elevador, una reportera que estaba cerca de la entrada me miró fijamente, como tratando de reconocerme, pero tras unos segundos de duda solo me saludó con un gesto y dio media vuelta. No me quedé mucho tiempo ahí.