AÑO 2005 #9
Me dejé caer en una silla. Las manos me temblaban tanto que tuve que apretar los puños contra mis muslos para controlarlas.
Estaba entrando en un territorio del que quizás no habría retorno.
Ya no se trataba solo de una organización criminal, ni de tráfico de personas, ni de rituales macabros perpetrados por millonarios degenerados.
Se trataba de algo que operaba desde antes de la historia escrita, desde antes del diluvio, desde el Génesis mismo.
Y yo, un simple logístico recién graduado, estaba parado en el centro exacto de esa guerra invisible.
Pero una duda me asaltó de pronto: la persona que extrajo el archivo de los servidores y lo guardó en el USB, ¿habría visto algo de lo que yo vi? Tendría que recuperarme un poco más para ir nuevamente al centro de vigilancia y averiguarlo.
Estaba a punto de regresar a la cama cuando sonó el timbre.
Aproveché que estaba cerca y abrí la puerta; era el cartero.
Preguntó por mí y me hizo firmar la recepción de otro sobre manila.
Lo primero que noté fue que el remitente no tenía un nombre particular, solo aparecía la razón social de una empresa, y el envío estaba certificado.
Me fui directo a la habitación y lo rasgué con impaciencia.
En su interior había una credencial electrónica de acceso VIP.
En el anverso figuraba mi nombre impreso y mi foto, exactamente igual a como aparecía en mi documento de identidad, y traía adjunta una cinta para colgarla al cuello; se parecía muchísimo al fotocheck que usaba a diario en mi trabajo.
Dentro del sobre también había un documento membretado con el nombre de la empresa, el cual me asignaba el cargo de «Supervisor VIP con acceso ilimitado».
Y lo más importante, el lugar de la asignación: el mismísimo hotel donde se iba a celebrar la recepción de clausura de la Cumbre con los empresarios y mandatarios.
Mis ideas para infiltrarme en ese hotel se habían agotado y mi última esperanza había sido pedirle ayuda a Amanda.
Pero ahora, con este pase colgando de mis manos, tenía carta blanca para acceder a cualquier rincón del edificio.
¿Quién más podría haberme enviado esta llave maestra? Definitivamente, había sido ella.
Tenía que hacer todo lo que estuviera de mi parte para recuperarme. Aún sentía dolor y caminaba con mucha dificultad. Mi esposa se acostó a mi lado y yo intuí, con amargura, que lo que venía después era inevitable.
—Amor, sé que aún estás adolorido... pero tengo que preguntarte algunas cosas.
Yo no había preparado nada para responder; no podía contarle absolutamente nada. Aún no. Tenía que estar prevenido, pero me aterraba la idea de que a ella le pudiera pasar algo por mi culpa.
—Noah, ¿qué hacías allí ese día? —preguntó con el rostro desencajado por la preocupación.
Forcé una mueca de agonía, haciendo que mis gestos de dolor parecieran más agudos, y al mismo tiempo me acomodé pesadamente en la cama para evadirla.
—Por favor, Mary... ahora no, por favor. Cuando me recupere te doy todos los detalles, pero ahora quiero y necesito dormir.
Ella se acercó muy despacio y me dio un beso.
—Ok, lo entiendo. Discúlpame.
Se paró y se fue a la cocina. Había logrado zafarme por esta vez, pero necesitaba armar una coartada sólida en caso de que me enfrentara a un nuevo interrogatorio. Esta vez había sido muy fácil, pero conocía muy bien a Mary; era demasiado perspicaz, así que tenía que estar preparado.
Al día siguiente, me quedé en cama soportando los dolores.
Amanda aún no había llamado, lo cual era lógico: ella sabía que yo seguía convaleciente.
El último evento empresarial en el hotel era a la mañana siguiente, y todo indicaba que no iba a poder asistir.
Al menos no con todas mis capacidades motrices.
Tenía el acceso ilimitado para ingresar a cualquier espacio dentro del hotel, pero me frustraba mi estado físico.
Me quedé dormido y, después de un par de horas, me despertó el sonido del timbre de la puerta.
Mi esposa trató de asomarse por la ventana a través de las cortinas.
Me paré de inmediato como pude y, casi gritando, le ordené que no abriera la puerta fuera quien fuera.
Ella frenó en seco y, obedeciendo, caminó hacia mí.
Le dije que esperara dentro de la habitación.
El timbre sonó una vez más. Caminé hacia la ventana y vi a una mujer parada afuera, vistiendo un uniforme médico azulado. Terminé por abrir la puerta y ella se acercó al umbral.
—Vengo del hospital para revisar cómo sigue de salud y administrarle una medicación extra.
Le pedí su identificación y, efectivamente, su fotocheck correspondía a una enfermera del hospital donde había sido atendido.
—Pero ya tengo la medicación prescrita por el doctor... —repliqué con desconfianza.
Ella comenzó a mirar a los lados con evidente nerviosismo y alcancé a escucharla decir, en un susurro apenas perceptible:
—La señora Amanda me envió.
Abrí la puerta por completo y la invité a pasar, fijándome rápidamente si había alguien más afuera. Nada. Cerré con seguro y caminé con ella hacia mi cuarto. Muy amablemente, me indicó que me echara en la cama y me pusiera de costado.
Traía un pequeño maletín parecido al que usan los paramédicos. Mi esposa, parada a un costado con los brazos cruzados, le preguntó de inmediato qué era lo que me iba a poner. La enfermera, esbozando una media sonrisa, respondió que era solo parte de la terapia de recuperación.
Por algún motivo incomprensible, confiaba en ella al cien por ciento.
Tenía todas las razones lógicas para desconfiar de todo el mundo, pero el solo hecho de que hubiera mencionado el nombre de Amanda anuló mis defensas.
Unos segundos antes de que cargara la jeringa con un preparado de color muy extraño, casi luminiscente y de tono azulado, recibí un mensaje de texto de un número desconocido. Decía:
«No te preocupes, con eso te vas a recuperar... espero verte muy pronto».
Era ella.
Le dije a la enfermera, ya sin rastro de duda:
—Por favor, póngame la inyección.
Odiaba las inyecciones desde niño, pero en ese instante no me importaba. Cuando la enfermera terminó de inyectar todo aquel líquido, sentí un alivio frío e increíble que me recorrió el torrente sanguíneo, e inmediatamente después perdí el conocimiento. Fue como si hubiera recibido un nocaut.
Al día siguiente, cuando abrí los ojos, me sentí como si nada hubiese ocurrido.
La vitalidad era tal que tuve que revisarme las cicatrices, porque por un segundo llegué a pensar que todo lo del atentado había sido una pesadilla.
Pero aún estaban allí; tenía las vendas limpias y puestas, señal de que la enfermera me las había cambiado.
Al escuchar que me había levantado, mi esposa entró casi corriendo a la habitación.
—Noah... ¿cómo te sientes?
No necesité responder con palabras. El solo hecho de verme ágil, agachándose con facilidad para ponerme los zapatos, la dejó boquiabierta.
—Nunca había visto a alguien recuperarse tan rápido. ¿Qué fue lo que te dio esa enfermera?
—Ni idea... pero, ¿qué te dijo después? —pregunté, tratando de desviar el tema.
—Nada. Yo me asusté porque, ni bien ella terminó de ponerte esa inyección, te quedaste profundamente dormido.
Me dijo que no me preocupara, que era una reacción normal a la medicina y que, al despertar, ibas a ser un hombre nuevo...
Veo que tenía razón. La acompañé hacia la puerta y se despidió muy amablemente.
Era increíble: el dolor prácticamente había desaparecido.
No entendía cómo era posible que en menos de doce horas todo el malestar se hubiera esfumado.
No del todo, claro está, pero lo que quedaba era tan leve que bastaba con tomar un simple analgésico.
Hasta me habían dado ganas de salir a correr por treinta minutos, pero tenía que guardar mis energías para la tarde.
Una hora después, mi esposa entró nuevamente al cuarto. Se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada:
—Noah... tenemos que hablar. ¿Qué es todo esto?
Hace una semana casi te matan y al taxista no le pasó absolutamente nada.
¡Esos balazos eran para ti! Y luego aparece una enfermera de la nada, te inyecta algo extraño y tu convalecencia se reduce de cinco semanas a un par de horas... No me tomes por tonta.
No sabía qué decirle. No tenía excusa alguna; los acontecimientos me habían sobrepasado y no había tenido tiempo de armar una coartada creíble. Lo único que se me vino a la cabeza fue aferrarme a la ignorancia:
—A ver, Mary... al parecer fui víctima de una confusión.
Tú sabes que solo trabajo en el área administrativa de una empresa; hasta hace unas semanas mi única distracción era el estudio.
No conozco a nadie que esté metido en negocios turbios.
Sabes que mi círculo se reduce a unos cuantos amigos y compañeros de trabajo.
Y, para colmo, ni siquiera hay una investigación policial en curso.
Es como si ese intento de asesinato jamás hubiese existido.
Yo sabía perfectamente el porqué de ese desinterés policial y la ausencia de peritos, pero no podía revelarle la verdad. Sabía que entraría en pánico.
—Noah, eso es lo que más me aterra... Nadie ha venido a hacerte ni una sola pregunta.
—Tal vez hay una investigación secreta y simplemente no estamos enterados —tuve que mentir para intentar calmar su ansiedad.
Ella se quedó pensativa y ladeó el rostro. Conocía ese gesto a la perfección; siempre precedía a una pregunta de jaque mate.
—¿Y qué me dices de la enfermera con la «pócima mágica»?
—No lo sé. Yo ni siquiera la conozco. Volvimos juntos del hospital hasta la casa... ¿tú la habías visto antes?
—No... al menos en el hospital, no.
—¡Imagínate! Si tú no la viste, mucho menos yo. Pero... ¿no te parece genial que ya esté recuperado? ¿O no te alegra verme así de bien?
Quise hacerla sentir un poco culpable. No por maldad intrínseca, sino para forzar un giro en la conversación.
—Además, él se lo merece —añadí, señalando su vientre incipiente.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que será varón? —replicó, suavizando el tono.
Sonreí y le respondí:
—Sabes que me da igual... pero, sinceramente, sí, me encantaría que fuera un varoncito.