La Valija de Amanda AÑO 2005 #8
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AÑO 2005 #8

—Ok, ok... pero por favor, necesito tu sonrisa.

Ella dejó escapar una leve sonrisa mientras se secaba las lágrimas.

—Eso está mucho mejor —le repliqué, devolviéndole el gesto.

De pronto, escuché la alerta de mensaje de un teléfono cercano. Ella lo sacó de su bolso y revisó la pantalla.

—Tu esposa está cerca... tengo que retirarme.

Me dio un beso en la frente y prometió que nos veríamos muy pronto. Yo estaba tan feliz que ya ni me importaban las balas; es más, comencé a sentirme mucho mejor.

Segundos después, mi esposa entró corriendo a la habitación. Al ver que tenía los ojos abiertos, se abalanzó sobre mí y rompió a llorar.

—Por favor, no llores... todo está bien.

—Sí, pero... ¿por qué? ¿Por qué pasó esto?

—Tranquila, amor... tranquila. Lo único que quiero es salir de aquí.

Un poco más calmada, se limpió el rostro y dijo:

—Tengo que preguntarle al doctor sobre tu alta después de los últimos exámenes.

—¿Y qué te preguntó la policía? —inquirí.

Me miró con cara de sorpresa.

—¿Qué policía? Hasta ahora no ha venido nadie.

Al parecer, ella recién caía en cuenta de que las autoridades debieron haber iniciado una investigación inmediata.

Para mí, sin embargo, el mensaje era claro: nadie iba a llegar y ninguna investigación vería la luz.

Había sido víctima de la organización, muy probablemente por órdenes directas del Jefe.

Pero de una cosa estaba seguro: Amanda no había estado involucrada en el atentado. Lo sabía.

—¿Y qué sabes del taxista?

—Al parecer al conductor no le pasó absolutamente nada.

La vi temblar. No era un temblor sutil; le temblaban las manos, los labios, la voz.

Mi esposa, esa mujer nórdica de temple de acero que rara vez mostraba vulnerabilidad, estaba desmoronándose frente a mí.

Y yo era el responsable. Yo y mis obsesiones.

Yo y mi incapacidad de haber dejado todo esto cuando aún estaba a tiempo.

—Mary, escúchame bien —le dije, tomándola de las manos—.

Sé que nada de esto tiene sentido para ti.

Y sé que te estoy pidiendo algo imposible: que confíes en mí sin que pueda darte todas las explicaciones.

Pero necesito que sepas una cosa: todo lo que he hecho, cada decisión que he tomado, ha sido pensando en nosotros. En ti y en nuestro hijo.

Ella me miró con esos ojos azules que tenían la profundidad del mar Báltico y, por primera vez desde que nos conocíamos, vi en ellos algo que me partió el corazón: desconfianza.

No una desconfianza absoluta, no la clase de desconfianza que destruye un matrimonio de raíz, sino una grieta fina, casi imperceptible, como las primeras fisuras en el hielo de un lago cuando comienza el deshielo de primavera.

Supe en ese instante que, cuando todo terminara, tendría que dedicar cada día del resto de mi vida a reparar esa grieta.

—¿Cuántos balazos recibí? —le pregunté de pronto, buscando romper el hielo de aquel silencio.

—Mmm... según el reporte del doctor, recibiste dos impactos: uno en el brazo izquierdo y otro en el abdomen.

No sabía cuántos disparos habían hecho en total, pero por alguna razón de gracia, solo me dieron dos. La pequeña intervención quirúrgica había sido para extraer la bala del abdomen, la cual estuvo a escasos milímetros de perforar el intestino.

De pronto, un latigazo de adrenalina me sacudió. El sobre. El USB.

—¿Te dieron mis pertenencias? —le pregunté de sopetón.

—Sí... tu teléfono, las llaves y un sobre manila... que aún está cerrado.

Respiré aliviado. Al menos el sobre seguía intacto; el pánico y el terror habían ocupado toda la mente de mi esposa, anulando cualquier atisbo de curiosidad.

Quería recuperarme pronto. Necesitaba salir de allí y ver esa grabación. Y, aparte, tenía que reunirme con Amanda; ella conocía los detalles oscuros de todo lo que me había pasado y el verdadero porqué del intento de asesinato.

Temprano a la mañana siguiente, el doctor de turno ingresó para darme la actualización de los exámenes:

—Felicitaciones, señor Noah. Le daremos el alta mañana al mediodía; sus heridas están cicatrizando mejor que nunca.

La verdad es que me sentía mucho mejor. Aún sentía dolor, pero era manejable.

Le pregunté si podía pararme y caminar un poco, pero me aconsejó esperar hasta el día siguiente.

Yo solo quería huir de ese hospital lo más rápido posible.

Echado en la cama, los pensamientos me asaltaban sin piedad.

El solo hecho de que pude haber muerto en ese taxi me llenaba de terror; no tanto por la muerte en sí, sino por la idea de dejar a mi esposa sola y, sobre todo, por perderme la oportunidad de conocer al hijo que venía en camino.

Yo había crecido sin mi padre biológico y su ausencia me había pesado a lo largo de toda mi vida; era algo innegable.

Mi madre se volvió a casar cuando yo tenía ocho años y, aunque nunca me llevé mal con mi padrastro, jamás logré verlo como una verdadera figura paterna.

Él había hecho todo lo humanamente posible por serlo, pero esa conexión, sencillamente, nunca se dio.

Yo no quería que la historia se repitiera.

Al día siguiente, mi esposa ya estaba a mi lado; había llegado muy temprano.

Logré levantarme de la cama. Sentía dolor al caminar, así que lo hice lentamente.

Tenían una silla de ruedas preparada con una enfermera al costado, pero me negué a sentarme en ella.

Quería caminar, o al menos intentarlo; necesitaba recuperarme lo más pronto posible.

El último día de esa cumbre era el lunes y habría una recepción de clausura en el hotel por la noche.

Aunque algunos mandatarios ya habían vuelto a sus países, la crema y nata del empresariado aún se encontraba en la ciudad.

Logré avanzar. Sentía punzadas, pero aún tenía las fuerzas necesarias en las piernas. La enfermera me felicitó por el esfuerzo y yo me limité a agradecerle por todas sus atenciones.

Al llegar a casa, solo quise echarme. Le pedí a mi esposa que me alcanzara mi computadora.

Con esfuerzo, logré tomar el sobre manila y sacar el USB.

Al conectarlo y abrir la única carpeta guardada, encontré un archivo de video de casi cinco horas, exactamente el tiempo que me había quedado vigilando en el módulo.

Abrí el video. Todo transcurría exactamente igual que el día anterior, hasta llegar a la última parte, donde aquel auto se había estacionado y su ocupante no pudo o no quiso bajar.

Minutos después, se veía a los guardaespaldas escudriñando el piso hasta toparse con el punto neutro de la entrada.

Pero en ese momento, noté en la grabación algo que no había podido identificar en vivo desde las pantallas del módulo.

Tuve que pausar el video. Agucé el oído para asegurarme de que mi esposa siguiera en la cocina; el tintineo constante de los utensilios me confirmó que estaba distraída preparando la comida.

Volví a darle play. Era muy claro: estaban allí.

Los mismos entes. Cuando llegaron cerca de la barrera de aceite, se quedaron quietos.

Los guardaespaldas humanos no podían verlos.

Y entonces, sucedió algo tan aterrador que, apenas procesé lo que vi, supe que tendría que quemar ese USB.

Uno de estos «seres» corrió directamente hacia la cámara y dio un salto abalanzándose sobre el lente; de repente, el video se fue a negro.

Lo que pude ver en esa fracción de segundo antes del corte fue indescriptible.

Fue como si, en el momento de estar tan cerca, la criatura se hubiera materializado.

El terror no radicaba únicamente en lo físicamente horroroso de su aspecto, sino en su expresión de odio.

Era un odio insondable, como jamás había visto en nadie.

A mis treinta y tres años había conocido a muchas personas en toda clase de circunstancias, presenciando las peores subidas y bajadas de humor, y los peores arranques de violencia.

Recuerdo uno en específico: la vez que un marinero indonesio casi mata a golpes a su jefe de cuadrilla.

Se necesitaron cuatro agentes de seguridad para contenerlo.

Su rostro en aquel momento reflejaba una furia despiadada y asesina.

Sin embargo, en comparación con lo que vi plasmado en este video, la ira de aquel marinero parecía la de un niño de guardería corriendo feliz y sonriente a los brazos de su madre.

Lo de la pantalla no era enojo humano. Era el mal absoluto.

Estaba aterrado. La certeza de una muerte inminente me heló la sangre; había llegado demasiado lejos con todo esto.

Al mismo tiempo, miles de ideas se cruzaban por mi cabeza acerca del atentado.

Por un instante llegué a pensar que había sido alguien cercano a mí, pero la lógica apuntaba directamente a Martín: él era el único que sabía el momento exacto de mi salida de la central de vigilancia.

Sin embargo, tras ver aquel video, comprendí que los tentáculos de esa organización lo abarcaban todo; podía haber sido cualquier persona.

De mi lista de sospechosos solo descartaba a dos mujeres: mi esposa y Amanda.

Esta última era la única que tenía el panorama completo.

Me paré, llevé el USB conmigo y busqué un recipiente de metal. Puse un poco de papel y le prendí fuego. No podía quedar rastro alguno de esa monstruosidad.

Mientras veía arder el USB, las llamas proyectaban sombras irregulares sobre las paredes de la cocina.

Me quedé hipnotizado por el fuego durante varios minutos, sintiendo cómo el calor me secaba las lágrimas que ni siquiera sabía que estaba derramando.

Lo que había visto en esa grabación iba más allá de cualquier cosa que la ciencia, la lógica o la razón pudieran explicar.

No era un truco visual, no era una falla del sistema, no era una alucinación colectiva. Esos seres existían.

En ese momento, mi mente viajó al Libro Sagrado con una urgencia que nunca antes había sentido.

Recordé el pasaje de Efesios 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo».

Durante años había leído esas palabras como una metáfora, como un recurso literario de los apóstoles para describir el mal en términos abstractos.

Pero ahora, con el hedor del plástico derretido llenando mi cocina y la imagen de esa criatura abalanzándose sobre la cámara grabada en mi retina, entendí que cada una de esas palabras era literal. Terriblemente literal.