La Valija de Amanda AÑO 2005 #7
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AÑO 2005 #7

Vi cierta expresión de felicidad en su rostro, pero mezclada con una pizca de sorpresa... era algo que no había visto antes en ella, o al menos no recordaba haberla visto así.

Ella se paró y fue al baño. Vi que prendió las luces y, después de unos segundos, regresó y se sentó a mi lado con algo en la mano.

—Noah, mmm... estoy embarazada.

Al mismo tiempo me entregó una prueba de embarazo. Las dos líneas eran más que visibles; no cabía duda.

La abracé y lloramos juntos. Después de muchos años de intentos y tantos falsos positivos, al fin habíamos logrado nuestro cometido. Me sentía tan feliz... ese desborde de dicha me hizo olvidar todo lo que me había pasado hasta ese momento: la maleta, Amanda, Jhon...

En ese instante, mi vida comenzaba desde cero. El solo hecho de saber que en unos meses iba a ser padre había reseteado mi mente; es muy difícil explicar todo lo que sentí en ese momento.

—Igual tengo que hacerme un análisis de sangre para estar seguros y comenzar con los controles del embarazo —añadió ella entre lágrimas.

Retomamos el tema de los nombres. Yo quería un varón y ella, en cierta forma, también; pero ambos nos conformábamos con que, cualquiera fuera el sexo, naciera sano y sin ninguna novedad.

Faltaban pocos días para el inicio de la Cumbre.

Muchos mandatarios ya habían llegado al país; la mayoría, o casi todos, se habían hospedado en el hotel más lujoso, ubicado en pleno centro financiero.

Lo conocía perfectamente, ya que yo trabajaba en el edificio de enfrente.

Todos los noticieros solo hablaban de la llegada de los mandatarios, de empresarios de todo nivel y de la agenda que se iba a tratar.

Yo había pedido permiso en el trabajo justo para el día de la inauguración.

Quería llegar temprano. Al mismo tiempo, a cada rato miraba el teléfono a ver si tenía algún mensaje o llamada perdida de Amanda.

La extrañaba; ella ya era parte de mí. A veces me quedaba con la mirada perdida y mi esposa se había dado cuenta varias veces, pero yo le decía lo de siempre: que era el trabajo,

y que ahora que la familia iba a crecer tenía que pensar en aumentar los ingresos para mudarnos a una casa más grande y comprar de una vez un auto.

Excusas no me faltaban, pero lo cierto era que, muchas veces, mi mente estaba con Amanda.

Llegué a eso de las siete de la mañana a la central de vigilancia e hice lo mismo que la última vez: pregunté a los guardias de turno por Martín.

Uno de ellos llamó a un colega preguntando por él y, después de unos dos minutos, Martín ya estaba abajo.

Nos saludamos muy amablemente y me invitó a pasar.

Subimos sin cruzar palabra, y cuando llegamos solo alcanzó a decir:

—El módulo ya está listo.

Me paré en seco y le dije con voz firme:

—Martín, de todo el tiempo que me quede en el módulo, necesito las grabaciones; pero lo más importante es que no quede ningún tipo de copia en el sistema.

Bajó la mirada, como si estuviera pensando cómo hacer eso último que le había pedido.

—Sí... no hay problema. La grabación se la voy a entregar en un USB.

Le agradecí y me fui directo al módulo. Los monitores ya estaban encendidos y la pantalla dos, que era la que me interesaba, estaba mucho mejor optimizada: el brillo y el color tenían el mejor balance posible.

La avenida se veía despejada y estaba cercada por la policía; solo podían entrar autos autorizados.

En la parte posterior del cerco, como era de esperarse, estaba lleno de periodistas.

Eran casi las nueve de la mañana cuando arribaron dos autos resguardados por patrulleros.

Se estacionaron muy cerca de donde había echado casi todo el aceite.

De los vehículos salieron dos presidentes con todo su resguardo —unas quince personas en total—, y todos caminaron normalmente hacia la acera rumbo al centro de convenciones.

Después de unos minutos llegó otro grupo de autos; reconocí a un mandatario, pero no sabía quiénes eran los demás.

Tendría que hacer un cruce de datos con el noticiero de la noche para identificar los nombres completos

A la media hora, otro grupo de autos llegó; igual que los anteriores, todos bajaron y se dirigieron hacia el centro.

Yo ya había perdido la esperanza de ver algo diferente por las pantallas.

No estaba seguro de qué iba a ser "eso" diferente, pero ese había sido mi plan.

Me sentí frustrado; sentí que había sido un tonto al poner a prueba algo simbólico de esa manera.

Ya había pasado más de una hora y prácticamente habían llegado todos los invitados.

Los periodistas comenzaron a hacer fila para poder acceder al centro de convenciones y registrarse.

En un momento, vi que Martín se acercaba para preguntarme si todo estaba bien; solo asentí con la cabeza.

No sé si logró ver mi cara de frustración y enojo.

Unos diez minutos después, un auto se acercó y se estacionó muy cerca de la acera.

Alguien abrió la puerta; vi que una persona amagó con salir, pero, después de unos segundos, regresó la pierna al interior y terminó de sentarse nuevamente.

El auto comenzó a moverse lentamente y dio la vuelta hacia la otra parte del centro de convenciones.

Ninguno de los monitores que tenía a mi disposición contaba con acceso visual hacia ese lado.

Quería ver esa parte nuevamente. Estaba a punto de irme, asumiendo que los últimos invitados ya habían llegado a la cumbre, cuando vi muy claramente a dos guardaespaldas caminar por la vereda y acercarse hacia el borde, como buscando algo.

Cuando llegaron justo al medio, donde se concentraba todo el aceite que yo había esparcido, retrocedieron de golpe y se fueron casi corriendo hacia el auto que se encontraba al otro lado del complejo.

Estaba seguro de que habían visto u olido el aceite. Había funcionado. Había algo en ese cerco que, simplemente, este personaje no había podido cruzar. Lo tenía en mis manos, y lo mejor de todo es que tenía la prueba de las pruebas en video.

Después de casi cuatro horas de haber estado allí, me paré, fui a la entrada y pregunté por Martín. Unos minutos después, él salió con un sobre en la mano. Bajamos juntos y, cuando estábamos en la escalera, me lo entregó:

—Guárdelo, por favor.

Me lo metí en el bolsillo rápidamente. Después de pasar la salida principal, nos despedimos.

—Cuídese, por favor —me dijo con cara de angustia.

No respondí nada, pero eso último que vi en su rostro me preocupó un poco.

Al momento de salir de aquel lugar, simplemente agarré el primer taxi que estaba cerca y le mencioné al conductor la dirección de mi casa.

Estábamos llegando ya a una de las avenidas principales cuando noté un auto pegado hacia el lado izquierdo.

Yo iba sentado en la parte de atrás. Muchos vehículos nos habían rebasado, pero este en particular se acercó demasiado; por un instante nos pasó, pero en cuestión de segundos frenó —no en seco, pero sí lo suficiente para igualar nuestra marcha—.

Las lunas estaban polarizadas. La ventana descendió lentamente y lo único que vi fue el cañón de un arma con silenciador apuntándome. Mi único instinto fue tirarme hacia el otro lado del asiento, casi acostándome, y entonces sentí un ardor seco recorriéndome el cuerpo.

Abrí los ojos. Lo primero que percibí fueron luces blancas deslumbrantes y voces difusas a mi alrededor. Alcancé a escuchar a alguien decir:

—La bala estuvo a punto de perforarle el intestino... tuvo mucha suerte.

No podía moverme bien y un dolor agudo me atravesaba todo el torso; era tan intenso que solo quería volver a dormir. Tenía la boca completamente seca. Uno de los doctores se dio cuenta de que había despertado.

—Señor Noah... tranquilo. Se encuentra en el hospital, ha estado sedado veinticuatro horas. Le hicimos una pequeña intervención en el abdomen.

No lo voy a negar, me asusté. En ese momento recordé lo que había pasado en el taxi.

Ese ardor inicial había sido la perforación de los proyectiles.

Cuando era cadete, uno de mis profesores —un excombatiente— nos habló de sus heridas de bala.

Recuerdo que le preguntamos qué se siente cuando el plomo rompe la piel.

Nos contó que al principio no se siente nada, dependiendo de la trayectoria del proyectil; era obvio que, si atravesaba un órgano vital, el shock bloqueaba el dolor inicial.

Nos había mostrado una cicatriz en el brazo y dijo: «Esta no dolió al principio, pero quemó como el infierno unos minutos después».

Poco a poco fui recobrando el sentido. Quise murmurar algo y me di cuenta de que podía hablar; al menos tenía las fuerzas para hacerlo, aunque con una voz muy rasposa. Cuando volteé hacia la puerta, vi que alguien se acercaba. Tenía la visión un poco borrosa, pero logré reconocerla: era Amanda.

—Noah... no hables mucho, por favor... por favor.

Vi ese rostro perfecto; sus ojos estaban llenos de lágrimas, reflejando tanta preocupación y angustia que, paradójicamente, me sentí protegido.

Al mismo tiempo que me acariciaba la cabeza, no dejaba de mirar hacia el pasillo.

Lo único que me vino a la mente fue el escenario desastroso que se desataría si mi esposa llegaba en ese preciso instante.

La conocía perfectamente; si veía a Amanda allí, y en ese estado, las consecuencias serían peores que mi propia convalecencia.

Amanda me tomó de la mano y susurró:

—No te preocupes... nada malo va a pasarte, eso te lo puedo asegurar.

—Si mi esposa llega... —alcancé a decir con esfuerzo.

—No te preocupes. Ella estuvo aquí hace una hora, pero se fue. Si regresara, lo sabré de inmediato.

Sus palabras me tranquilizaron, pero lo que realmente me cautivaba era esa mirada angelical, llena de ternura y de dulzura. En cierta forma, vi un amor genuino hacia mí; era evidente que había estado llorando.

Noté que había dos enfermeras paradas en el umbral de la puerta; la miraban de reojo y murmuraban entre ellas. Amanda no pasaba desapercibida en ningún lugar ni bajo ninguna circunstancia; su belleza era un espectáculo en sí misma.

—Gracias por estar aquí... —Respiré con dificultad—. Pero, ¿quiénes fueron?

—Noah... por favor, guarda tus fuerzas. No necesitas saber eso por ahora... por favor.

Vi que estaba a punto de quebrarse nuevamente.