La Valija de Amanda AÑO 2005 #6
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AÑO 2005 #6

Cuando por fin nos despedimos del jurado —quienes aún seguían anonadados—, salí corriendo. Ella estaba parada junto al mismo auto con el que había llegado a mi casa semanas atrás.

—Amanda... no sé qué decir... solo... gracias.

—No, no tienes nada que agradecer. Lo hiciste muy bien... se ve que te preparaste.

—Seguí tus consejos —le dije, y le guiñé un ojo.

Mis compañeros de tesis venían acercándose hacia mí; era obvio que querían que se la presentara. Amanda se dio cuenta y se apresuró a decir:

—Tengo que irme.

—Amanda, tengo que hablar contigo... necesito hablar contigo.

—Yo te llamo.

Me dio un pequeño abrazo, un beso en la mejilla y subió al auto.

Me hubiese encantado irme con ella. Sabía que mis compañeros me iban a bombardear con preguntas y era obvio que tendría que inventarles alguna mentira.

—¿Quién es?

—¿Dónde la conociste?

—No puede ser posible...

Las preguntas y los comentarios iban y venían.

—Noah... por favor, sé sincero. Una mujer así... —Por ese último comentario me sentí un poco ofendido, pero en cierta manera tenían razón.

Finalmente, solo alcancé a decir que era una de las oficiales que conocí a bordo en uno de mis tantos contratos en los cruceros, y que estaba de vacaciones en la ciudad visitando con su esposo. Me creyeron muy poco. Anthony me miraba con cara de sorpresa y duda.

—¿Una mujer así en los cruceros? Mínimo ha estado en una película hollywoodense —dijo, y comenzaron a tratar de recordar en qué película la habían visto.

A pesar del interrogatorio, yo estaba feliz; había aprobado mi tesis y la exposición. Por otra parte, había visto a Amanda nuevamente, y lo mejor de todo era que me iba a llamar.

Cuando llegué a mi casa, mi esposa ya me esperaba con una pequeña torta para celebrar mi próxima graduación, pues le había avisado por teléfono que todo había salido muy, pero muy bien.

Celebramos como nunca. Era un logro de ambos; había recibido su apoyo incondicional durante los dos años que duró el programa.

Para esa misma semana, tenía planeado visitar primero a Martín. Quería ponerlo al tanto de lo que tenía en mente y confirmar si podía darme acceso a las grabaciones de las cámaras ubicadas cerca de la Cumbre Asiática.

El miércoles después del trabajo, salí sin prisa hacia la central de vigilancia donde operaba Martín; no tenía ninguna otra información acerca de él.

Cuando llegué, en la entrada había dos guardias que me pidieron mi documento de identidad.

Después de verificarlo, me preguntaron el motivo de mi visita; yo solo mencioné que venía a ver a Martín.

Ellos revisaron algún tipo de lista, al parecer un registro de trabajadores autorizados.

Unos segundos después me dijeron que, efectivamente, Martín estaba en el segundo piso, pero que no podían dejarme pasar ya que nadie había dado aviso de mi llegada.

Pregunté si podían avisarle para ver si podía atenderme.

Uno de ellos tomó el anexo y se comunicó con alguien que al parecer era otro guardia en la planta superior.

Después de mencionar mi nombre un par de veces, el guardia colgó el teléfono y me pidió que esperara unos minutos.

No pasaron ni dos minutos cuando Martín llegó casi corriendo.

Cuando me miró, tenía una expresión que mezclaba admiración y terror; era como si supiese todo lo que estaba pasando, o al menos eso fue lo que pensé en ese preciso momento.

Solo me estrechó la mano y les indicó a los guardias que tenía que entrar. Ellos no dudaron y me dejaron pasar rápidamente.

Martín era el gerente de la dirección de vigilancia. Mientras íbamos rumbo al segundo piso, solo mencionó:

—No se preocupe, va a obtener todo lo que pida. Aron ya me puso al tanto.

No lo corregí con respecto al nombre. Pensé que de repente Aron había decidido revelarle el cambio de identidad a «Jhonatan» solo a algunos pocos, y Martín, al parecer, no estaba en esa lista.

—¿Sabes todo? —le pregunté.

—Bueno... creo que sí.

No estaba seguro de qué era lo que realmente sabía, pero decidí no preguntar más. Llegamos al segundo piso, que estaba lleno de módulos de vigilancia. Cada módulo tenía unos cuatro monitores con imágenes de video en vivo. Había como veinte estaciones de trabajo en total. Martín señaló una:

—Siéntese en el número siete.

Le agradecí. Los monitores ya estaban encendidos.

El monitor número dos tenía una sola cámara que enfocaba perfectamente la avenida por donde ingresarían los asistentes a la convención; la vista era inmejorable.

Y lo mejor de todo era que el módulo estaba ubicado en una esquina: a mi costado derecho había una pared y detrás de mí no había paso, lo que me otorgaba una privacidad total.

Me quedé unos minutos observando la calle, calculando mentalmente cuánto tramo, más o menos, tenía que recorrer esparciendo el aceite.

Cuando estaba por retirarme, Martín me esperaba en la entrada. Me despedí de él y aproveché para decirle:

—El primer día de la convención estaré por aquí. Solo necesito usar el mismo módulo.

—Sí, no se preocupe —respondió muy amablemente.

—Otra cosa, voy a ir antes... tengo que hacer algo y tiene que ser por la noche o de madrugada.

—No hay problema, yo siempre trabajo hasta la medianoche. En el módulo siete, después de esa hora, no hay nadie monitoreando; es considerada una zona segura.

Mientras bajaba las escaleras, sentí que su admiración por mí había crecido. Quise regresar para conversar un poco más, pero al mismo tiempo no quería involucrarlo en nada más de lo estrictamente necesario. Tenía mucho temor de que sufriera algún atentado; era algo que no podría soportar.

Ahora que ya tenía una visión mucho mejor de todo ese tramo, debía ir cualquier día durante la madrugada, pues no quería que la gente viera a un loco rociando un líquido extraño entre la pista y la vereda.

Pero, ¿qué podía decirle a mi esposa para salir a la una de la mañana?

¿Qué excusa podía usar para no causar preocupación o sospecha?

No tenía nada en mente. Lo único que se me ocurrió fue decirle que tendría una celebración con el grupo de la maestría.

Y así fue. Unos días antes de ese fin de semana, le dije una pequeña mentira:

—El sábado me voy a reunir con los chicos de la maestría. Vamos a ir a comer algo y después a un pequeño bar.

—¿Y a qué hora regresas?

—No sé, pero lo más pronto posible... ya sabes que no me gusta tomar.

Con esa última frase había sellado el pequeñísimo interrogatorio, ya que ella sabía perfectamente que no me gustaba el alcohol, y mucho menos frecuentar bares.

Ese sábado me alisté para salir. Ya tenía mi mochila lista con la botella pulverizadora.

Salí de casa un poco después de las seis de la tarde para no levantar sospechas; para ese entonces ya usaba la aplicación de taxis desde mi teléfono, así que contacté a uno para que me dejara cerca del lugar de «operación».

Cuando llegué, entré al restaurante más cercano y pedí el postre del día y un café bien cargado; al parecer la noche iba a ser muy larga.

Me terminé el café en treinta minutos; llamé a la camarera y le pedí otro macchiato y una botella de agua con gas.

Ya habían pasado dos horas y recién eran casi las nueve de la noche (el restaurante cerraba cerca de las diez), así que pedí la cuenta y me dirigí directamente hacia mi objetivo.

Pensé que tendría un poco de suerte y no habría tanta gente.

Por alguna razón, así fue: solo había una pareja cerca de la esquina principal.

El tráfico de personas era casi nulo y los autos pasaban en intervalos muy prolongados.

Caminé ida y vuelta todos esos metros para observar con detenimiento el borde que unía la acera con la calzada.

De pronto, un patrullero pasó muy cerca, a unos treinta kilómetros por hora.

Por un momento pensé que venían por mí, pero los oficiales solo me miraron, siguieron su curso y doblaron en la siguiente esquina.

Tenía que apurarme, era el momento. Si pasaban nuevamente les parecería sospechoso...

¿Pero de qué? ¿De echar aceite al piso? Rápidamente pensé en la organización, en sus agentes...

en el Jefe. Solo era cuestión de horas, o tal vez de minutos, para que se enteraran de que yo estaba allí.

La aparición de esos policías era como una especie de aviso.

Me fijé en la cámara de vigilancia; ahora yo estaba del otro lado.

Era seguro que alguien me estaba viendo desde el centro de control, pero confiaba en que Martín tenía todo bajo dominio.

Sentía que él me estaba mirando a través de la lente, y eso me daba mucha más confianza.

Caminé hacia la otra esquina, justo por donde había doblado el patrullero, para fijarme si no había oficiales merodeando.

La calle y sus alrededores estaban vacíos.

A lo lejos vi a un grupo de jóvenes que, al parecer, estaban bajo los efectos del alcohol.

Aproveché ese momento; si pasaba cualquier persona, ese grupito sería el punto de atención.

Ya con el frasco en mano, di media vuelta, di mis primeros pasos y comencé.

Ya lo había puesto en práctica un día que me encontraba solo en casa: caminaba y, cada tres pasos, apretaba el gatillo pulverizador; después contaba hasta cuatro.

No quería que el aceite se me acabara antes de completar el tramo.

Cuando llegué justo al centro de la cuadra, donde estaba la entrada principal del centro de convenciones, aumenté la frecuencia a un disparo por paso, dando por sentado que ese sería el punto de mayor concentración de autos oficiales.

Al rebasar el punto medio, continué reduciendo la frecuencia a dos, y luego a tres pasos.

Cuando terminé el recorrido me di con la sorpresa de que aún me quedaba aceite en el contenedor, así que di media vuelta y, al llegar nuevamente al «punto medio», vacié el resto. Unos segundos después, la botella estaba completamente vacía.

Seguí de frente, arrojé toda la «evidencia» a un tacho de basura y pedí un taxi por la aplicación.

Cuando llegué a casa, mi esposa aún estaba despierta. Era casi la medianoche.

—Pensé que te ibas a demorar más —comentó ella.

—Comimos y nos pusimos a conversar... luego los dejé en un bar. Los chicos saben que no bebo alcohol.

—Noah, tenemos que hablar...