La Valija de Amanda AÑO 2005 #5
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AÑO 2005 #5

—Me tienes que dar unos días. Recuerda que ahora tengo muy pocos contactos en los que pueda confiar, pero ya tengo en mente a alguien.

—Para mí es más que suficiente, yo te espero lo que quieras... Necesito tu número de teléfono.

—No, aún no te lo puedo dar. Pero no te preocupes, apenas tenga algo yo te contacto.

Me despedí. Al salir, vi que su madre todavía estaba esperando. Le di un abrazo y ella logró decir: «Gracias por venir a verlo». En ese momento entendí que, al parecer, ella aún no estaba enterada de todos los cambios de identidad que «Aron» tendría que asumir.

Al salir, me topé con los mismos mastodontes en la puerta.

El mismo auto estaba allí, así que me senté directamente en la parte de atrás.

El mismo hombre que me trajo no dijo palabra alguna, solo arrancó y condujo directamente a casa.

Una interrogante me asaltó de pronto: ¿cómo sabía la dirección de mi casa?

«Jhon se lo habrá mencionado», me respondí a mí mismo, afirmando que así había sido.

No quería más interrogantes en mi cabeza.

Pasaron un par de días y me fui al aeropuerto a recoger a mi esposa; ya habían transcurrido dos semanas desde que me anunció su llegada.

Cuando me vio entre la multitud que esperaba a sus familiares, corrió hacia mí y la besé como nunca.

Como si hubiesen pasado siglos. Algunas personas que estaban allí hasta aplaudieron.

Cuando estábamos en el taxi rumbo a casa, ella se apoyó en mi hombro y dijo:

—Hace tiempo que no me besabas así.

—¿No te gustó?

—Me encantó, solo que... no sé... es como si hubieses tenido algo guardado.

—Te extrañé muchísimo.

La verdad es que verla nuevamente me había devuelto cierta parte de mi humanidad, había rectificado el rumbo de mi vida.

Después de todo lo que me estaba pasando, el solo verla había llenado el vacío y echado fuera las frustraciones y enojos.

Cuando llegamos a casa la amé como no lo había hecho antes; de esa noche nacería, tiempo después, nuestro primogénito.

A la semana siguiente, mi esposa y yo retomamos la rutina de siempre. Yo aún tenía la esperanza de volver a ver a Amanda; no sabía nada de ella desde la última llamada.

Aún no llegaba al trabajo cuando recibí un mensaje de Jhon: «Martín...» seguido de una dirección.

Era el contacto que me había prometido. Al menos eso fue lo que me pasó por la cabeza. Tenía que ir a esa dirección y preguntar por Martín.

Tenía planeado revisar las cámaras de seguridad durante la llegada de los mandatarios y empresarios en el primer día de la Cumbre. Para ello, me había acordado de algo.

En mi adolescencia asistía a una iglesia y recuerdo perfectamente uno de los tantos sermones que fue algo especial: el ministro encargado de la prédica sacó una jarra de aceite —no recuerdo bien de qué tipo era,

al parecer era de oliva— y llamó a todos los presentes que se sentían enfermos para interceder por ellos.

Se formó una larga fila y, mientras las personas iban pasando y subiendo a la tarima, el ministro humedecía sus dedos y los pasaba por la frente de cada uno de ellos.

Siempre recordé ese momento, porque no se había hecho antes ni se volvió a hacer después.

Recordando aquel evento, me puse a investigar qué significaba exactamente el aceite de la unción; entendía que era, más que todo, un simbolismo.

Había aprendido que la única manera de contrarrestar a cualquier hueste o ente del mal era a través de la oración.

Pero mi idea de interceptar las cámaras era poder identificar a estos seres durante la llegada de toda esa gente; es decir, tenía en la cabeza la sospecha de que muchos de los supuestos «humanos» que vemos en la calle o en la televisión, no son realmente humanos. Pero no tenía nada seguro.

Conocía a un ministro muy anciano que lideraba una iglesia en un lugar muy apartado.

Era una de las personas más nobles que había conocido en mi vida; asistí a uno de sus sermones alguna vez, y era uno de los pocos que de verdad predicaba sobre el arrepentimiento.

Quería pedirle un poco de aceite. Mi madre lo conocía muy bien y me contó que él siempre lo guardaba.

Cuando llegué a su iglesia, él estaba en su pequeña oficina. Me hizo pasar muy amablemente. Me presenté y me respondió que se acordaba de mi rostro. Yo no tenía mucho tiempo, así que sin rodeos le pedí un poco de aceite, argumentando que lo necesitaba para mi hogar.

Él no dudó en abrir una de las gavetas que tenía cerca y me dio una pequeña botellita que estaba casi llena. Sin embargo, ocurrió lo que me temía.

—No quiero que te sientas mal, pero... ¿para qué exactamente lo quieres? —me preguntó.

—Como le dije, lo quiero para mi hogar. Vivo con mi esposa, somos solo los dos.

—El aceite es solo un símbolo del Espíritu del Creador.

—Algo así había escuchado.

—¿Necesitas algo más?

—No, solo quería el aceite. Si gusta, se lo compro.

—No, no, no te preocupes. Solo espero verte nuevamente algún domingo por acá.

Cuando llegué a casa, mi esposa se rio al verme con la pequeña jarra.

—Noah, jajajaja, ¿ahora con qué me vas a deleitar?

Entendía su risa; yo odiaba la cocina. Sabía cocinar, pero simplemente no tenía paciencia para eso.

—Qué graciosa —le dije, imitando su risa.

Mi plan era sencillo. Si bien es cierto que no hay nada parecido escrito en el Libro Sagrado, y si le hubiese contado a cualquier teólogo lo que tenía en mente seguramente me habría agarrado a bofetadas, no tenía otra opción. Además, ellos no estaban pasando por lo que yo estaba pasando.

Tenía grabada la dirección de la avenida principal donde iban a cuadrarse los autos oficiales con los gobernantes invitados y todo su séquito.

Tenía que pasar por toda esa calle, que era de casi cien metros, e ir esparciendo poco a poco el aceite entre la calzada y la acera hasta cubrir todo el tramo.

Para esto, iba a vaciar el contenido en una pequeña botella con pulverizador e ir rociando; aunque no sabía si el líquido me iba a alcanzar para los cien metros.

Mi lógica era la siguiente: si los que bajaban de esos autos y cruzaban ese umbral eran humanos, no pasaría nada.

Pero si alguno de ellos no lograba cruzarlo por equis razón, se confirmaría que estos «humanos» tenían algo más que tejidos, células, órganos y sistemas; alguno tenía que caer.

No tenía ninguna base sólida para probar que esto funcionaría, pero lo único que sabía era que el aceite que tenía el ministro se usaba para ungir a los feligreses y traer sanidad espiritual.

Además, este mismo tipo de aceite, aunque con una fórmula más específica, era usado por el antiguo pueblo hebreo para la «separación» o «unción» de sus reyes como un acto de obediencia. Esa era la palabra clave: separación.

—Noah, en serio, ¿para qué trajiste esa botella? —insistió mi esposa.

—Nada, solo pasé por la iglesia y vi al reverendo cerca de la puerta. Me llamó para conversar un poco y, bueno, me regaló un poco de aceite alegando que lo podía usar cuando tuviera alguna enfermedad.

Ella se quedó pensando. Habíamos ido juntos a varios servicios en el pasado, pero ella no era muy asidua a las reuniones eclesiásticas.

Al no hacer ningún otro comentario al respecto, dio por aprobada la llegada de esa pequeña botella, y yo me sentí más que satisfecho: significaba un interrogatorio menos.

Por esos días, la tesis de mi maestría ya estaba terminada y aprobada para su exposición, que era la última evaluación. Ya teníamos fecha definida y solo nos quedaban dos semanas para prepararnos. Mi grupo y yo nos habíamos dividido las partes de la sustentación.

Cuando llegó el día, estábamos nerviosos, pero muy concentrados en el trabajo.

Habíamos practicado la exposición con una serie de posibles preguntas.

Sin embargo, incluso en esos días estresantes, tenía a Amanda clavada en la mente.

No me la podía sacar de la cabeza; quería verla, pero después de aquella vez que hablamos por teléfono, había desaparecido.

Cuando entramos al aula de exposición, había tres asientos libres destinados a cualquier persona del público que quisiera presenciar el acto.

Estábamos listos frente al jurado calificador, compuesto por el subdirector del programa, el líder de nuestro grupo y un miembro tutelar del área administrativa.

Estábamos a punto de empezar cuando, de pronto, sentí ese perfume... Dios mío. Era ella.

Amanda ingresó. Estaba vestida con tanta elegancia y poseía una presencia tan imponente que, literalmente, los miembros del jurado quedaron atónitos ante tanta belleza y perfección.

Yo quise correr hacia ella y saludarla, pero me contuve.

Ella solo saludó con un discreto «Buenos días» y tomó asiento.

Me lanzó una sonrisa cómplice y yo solo apreté los labios, tratando de contener mi alegría.

Anthony, uno de mis compañeros, se había dado cuenta. Volteó a verme y susurró:

—Noah... ¿quién es ella?

—Cállate, después hablamos. Tenemos que exponer.

Me puse de mil colores, seguramente con una intensa tonalidad roja, y comenzamos.

El solo hecho de verla allí me subió la autoestima y me llenó de ganas de arrasar en esa exposición.

Algo que no pasó desapercibido fue que el jurado y mis compañeros no estaban del todo concentrados; seguían extasiados por la presencia de Amanda, sentada en la parte de atrás, del lado del público.

Después de casi una hora de exposición y ronda de preguntas, el jurado deliberó y nos felicitó, anunciando que habíamos obtenido el grado de Máster en Dirección de la Cadena de Suministro.

Yo estaba feliz y, al mismo tiempo, buscaba a Amanda con la mirada.

Ella había estado atenta a todo. Cuando cruzamos miradas, vi que estaba más que satisfecha con mis resultados.

Se puso de pie y se retiró. Todos se le quedaron mirando.

Ni bien cruzó el umbral de la puerta, los miembros del jurado comenzaron a preguntarse entre ellos quién era esa mujer.

Era comprensible; estaba seguro de que jamás ninguno de ellos había visto a alguien así, a pesar de haber viajado por varios países por temas académicos.

Anthony me bombardeó a preguntas, pero yo solo quería salir y alcanzarla.

Quería hablar con ella, o al menos quedar en verla nuevamente.