AÑO 2005 #3
Aunque, siendo sinceros, si ella me hubiese visto quince años atrás, tal vez ni siquiera se habría fijado en mí.
Pero también recordé lo que ella misma había mencionado: estaba casada con su trabajo y el legado de su familia era lo más importante.
Aun así, sabía que algo en su interior estaba batallando.
Ya había visto en ella rasgos de bondad, e incluso de un profundo amor.
Cuando retorné a casa, solo tenía en mente toda la conversación que había tenido con Amanda. Repasaba todas sus expresiones en mi cabeza; prácticamente había respondido a gran parte de mis preguntas. Pero por encima de todo esto, una verdad álgida lo cubría todo: ya sabía quién era el Jefe.
Antes de hojear nuevamente el contrato que Amanda me había entregado, tomé el Libro Sagrado. Toda la historia de ese «Jefe» estaba escrita allí, o al menos la parte que el Creador había dispuesto que los seres humanos conocieran.
Existen varios pasajes donde lo mencionan, pero hay uno muy especial en Apocalipsis 12:9: «Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él».
Satanás es representado como el dragón que intenta frustrar el plan divino atacando directamente al Mesías.
Sin embargo, su propósito fracasa rotundamente, ya que Jesús vence a la muerte, resucita y asciende al trono celestial para reinar.
Al no poder destruir a Cristo, el diablo queda expuesto como un enemigo derrotado frente al único y verdadero Salvador.
Como consecuencia de esta victoria, se libra una confrontación espiritual en la que Satanás y sus huestes son vencidos por el arcángel Miguel y expulsados definitivamente del cielo a la Tierra.
En resumen, ese tal Jefe es quien quiso tomar el lugar del Creador y fue expulsado, pero se llevó consigo a todo un séquito de huestes espirituales.
Y esta era la clave. «Espiritual» es definitivamente una palabra muy conocida, pero casi nada entendida.
Hasta ese momento, lo que había conocido de este mundo espiritual era tan real —o mejor dicho, mucho más real— que el mundo físico.
Tenía el contrato en mis manos, pero mi decisión ya estaba tomada.
El resto del documento solo contenía detalles sobre los seguros familiares, bonos, prestaciones y demás.
Esa misma semana Amanda iba a llamar y yo ya tenía mi respuesta formulada; era sencillo: no podía aceptar todo eso y ser parte de una organización híbrida involucrada en asesinatos, desapariciones y rituales.
Lo que me intrigaba era cómo iba a reaccionar ella.
Necesitaba de su ayuda para poder acceder a los recintos donde se iba a llevar a cabo la Cumbre Asiática.
Al día siguiente hablé con mi esposa. Estaba mucho más tranquila, al igual que su familia; lo peor ya había pasado y mi suegra estaba resignada ante la pérdida del patriarca.
El domingo por la noche encendí un rato la televisión para ver las noticias.
No era muy aficionado; la verdad, no tenía tiempo para ver programa alguno y nada me llamaba la atención.
De pronto, logré leer el siguiente titular en la pantalla: «Policía es baleado a quemarropa y se encuentra entre la vida y la muerte».
Me paré de un salto del sofá y me acerqué rápidamente al televisor mientras la reportera daba más detalles:
«Al parecer, cinco sujetos a bordo de un vehículo con lunas polarizadas emboscaron el auto del teniente Aron y dispararon a quemarropa. Por suerte, el oficial logró hacer una maniobra temeraria para esquivarlos, aunque no alcanzó a desenfundar su arma.
En este momento se encuentra en la unidad de cuidados intensivos».
No era posible. Habían querido asesinar a Aron. Yo le había prometido que nada le iba a pasar. ¿Cómo saber ahora si había sido presa de los sicarios del narcotráfico o de la organización? Tenía que ir a visitarlo. Según el reporte policial, estaba en un hospital privado.
Quise ir a verlo en ese mismo instante, pero ya era muy tarde; planeé ir al día siguiente después del trabajo.
Pero, al estar en cuidados intensivos, ¿cómo lograría verlo o saber quiénes le habían disparado?
Empecé a buscar información sobre el incidente en internet, pero todos los reportes decían exactamente lo mismo.
Después del trabajo me fui directo al hospital.
Cuando llegué, había varios periodistas tratando de buscar más información sobre el atentado.
Logré entrar y me presenté en recepción, pero no pude obtener nada.
Todo el caso estaba siendo manejado por la policía: la información sobre su estado de salud y su número de habitación había sido bloqueada.
Tendría que esperar más días para poder hablar con él...
si es que sobrevivía. Me sentía culpable de todo.
Sin siquiera saber los resultados de la investigación policial, muy en el fondo sabía que yo lo había llevado a esa cama de cuidados intensivos. Tenía que hacer algo, ¿pero qué?
Solo me quedaba esperar. Me sentía frustrado al no poder ayudar.
Llegó el jueves. Aún estaba en la oficina cuando mi teléfono comenzó a timbrar. Era el mismo número desconocido. Sabía que era ella; además, habían pasado seis días exactos desde nuestro último encuentro. Contesté la llamada.
—Noah, ¿cómo estás?
—Hola, Amanda. Todo bien, aún en el trabajo.
—Entiendo. ¿Tienes tiempo para hablar un momento?
—Sí, claro.
Me fui a una de las salas pequeñas de reuniones para poder hablar con más tranquilidad.
—Noah, ¿tomaste alguna decisión con respecto a la propuesta laboral?
—Sí. Solo me queda agradecerte, pero en esta oportunidad no voy a poder aceptarlo. Y creo que los motivos son más que obvios.
Sin decir una sola palabra, Amanda cortó la llamada.
¿Y ahora qué hacía? Tenía que verla nuevamente. ¿Y si no la volvía a ver más? Además, no quería dejar de frecuentarla; algo muy dentro de mí había conectado con ella y estaba seguro de que ella sentía lo mismo.
Al terminar la tarde, salí rápidamente del trabajo.
No tenía ganas de hablar con nadie. Al llegar a casa, quise darme un baño, pero antes me dirigí hacia el escritorio para revisar el contrato nuevamente...
No estaba. Corrí hacia la mesa del comedor...
nada. Lo busqué en la mochila... nada. Me puse a registrar toda la casa.
No había ni rastro del papel. Alguien había entrado a mi hogar y, simplemente, agarró el contrato y se lo llevó.
No tenía cámaras de seguridad y, por idiota, no le había sacado ninguna copia.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que Amanda había llegado, había forzado la entrada de alguna manera, tomó el contrato y se lo llevó. O tal vez fue alguien más de la organización.
No quería pensar mucho al respecto. A este punto no me interesaba hacer ninguna denuncia policial, no tenía sentido alguno. Lo que sí sabía era que, tras mi negativa a aceptar el trabajo, Amanda había dado parte a su «Jefe» y alguien se había llevado el contrato de mi propia casa.
Encendí nuevamente la televisión y el cintillo de última hora me dio un golpe devastador: «Policía baleado no logró sobrevivir a las intervenciones quirúrgicas; sus restos serán velados en estricto privado».
Aron estaba muerto. Me sentí morir; quise dejarlo todo. No tenía ganas de nada. Me acordé de muchas vivencias de niños en el colegio y me puse a llorar de pura frustración y amargura. ¿Cómo enfrentar algo así? Su familia, sus hijas... ¿cómo serían sus vidas ahora?
Tenía que ir a ese velorio, o al menos enviar flores.
Si bien es cierto que sería en estricto privado, pensé que tal vez podría sacar un poco de información en el hospital, al menos una dirección.
Me fui para allá sin pensarlo dos veces.
Cuando llegué, me llamó la atención que ya no había prensa en los alrededores.
Fui directo hacia la recepción y pregunté por Aron; la enfermera encargada ni siquiera buscó en el registro de la computadora, solo dijo:
—Acabo de empezar mi guardia y lo único que sé es que el nombre del policía abatido ya no aparece más.
Claro, el incidente había sido tan mediático que ella ya sabía a quién me refería. No habían pasado ni doce horas de su muerte y ya lo habían sacado del sistema.
Por un momento quise ir a buscar a Amanda y preguntarle si ella sabía algo de él, pero después de la última llamada estaba seguro de que seguiría molesta por mi negativa a aceptar el trabajo. Todo se tornó gris. En ese instante vi mi plan fracasado; lo había perdido todo.
Pasaron semanas en las que no dejaba de pensar en cómo lograr asistir a esa bendita cumbre. Todo se manejaba por intermedio del gobierno, que ya había separado empleados, asistentes y hoteles, y cada detalle estaba siendo supervisado estrictamente por la policía.
Por otro lado, mi esposa me había llamado avisándome la fecha de su regreso; quedaban algunas semanas para que estuviera de vuelta.
Era sábado por la mañana cuando recibí un mensaje de texto de un teléfono desconocido:
«Hola, tienes que estar preparado para la 'gran marcha' este sábado 4 a las 14 horas».
A continuación, había una dirección en una avenida muy concurrida cerca del centro de la ciudad.
Primero pensé que era uno de esos mensajes de marketing promocionando productos; de hecho, estuve a punto de borrarlo.
Pero me llamó la atención eso de «gran marcha» entre comillas.
Un número desconocido... gran marcha... ¿Gran marcha?
Me lo repetí varias veces en la cabeza. ¿En dónde y cómo se va a realizar una «gran marcha»?
Y ese 4 14... «Noah, espera», me dije a mí mismo.
4:14 parece un pasaje de cualquier parte del Libro Sagrado.
Me puse a buscar «gran marcha» en internet y vi una página con una cruz de logo que decía: «Gran marcha: el Éxodo del pueblo hebreo».
¡Claro! Éxodo 4:14. Corrí hacia mi Libro Sagrado y busqué rápidamente el pasaje:
«Entonces Jehová se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón».