AÑO 2005 #2
—Sabes que no te puedo dar detalles; lo único que te puedo decir es que será un evento muy grande, con mucha gente que tiene demasiado poder.
Para mí era suficiente, me había dado la clave. Empecé a creer que ella me estaba arrojando ciertas pistas a propósito. Era demasiado astuta... estaba tratando de decirme algo; al menos eso fue lo que entendí.
Rápidamente, cambió de conversación.
—¿Y cómo te está yendo con la tesis?
—Gracias por preguntar. La tesis prácticamente está lista; estamos esperando la aprobación y hacer algunos ajustes antes de la exposición.
—Estoy segura de que lo vas a hacer muy bien.
—Sabes, nunca he sido muy bueno para la oratoria, y la verdad, eso me pone un poco nervioso.
—Todos los seres humanos tenemos algo en lo que debemos trabajar. Solo practica tu exposición todas las veces que sea necesario.
Tenía toda la razón. Como decía mi abuelo: «La práctica hace al maestro».
—Amanda, mmm, te quiero contar una pequeña historia —comencé, cambiando el tono a uno más sombrío—.
Sucedió cuando trabajaba en los cruceros.
Estábamos en el Caribe; era un período regular, el crucero estaba lleno de pasajeros, la mayoría americanos.
Algo muy peculiar sucedió en ese tiempo: tres personas se suicidaron en menos de cuarenta días.
Todos ellos simplemente se lanzaron desde la popa de la nave.
Era como si hubiese empezado una pandemia suicida.
Muchas personas quedaron muy afectadas, incluyéndome a mí.
Hice una pausa. Al mencionar esto último, ella me miró con mucha más atención y logré notar una genuina preocupación en su expresión. Continué:
—Era como si todos estuvieran esperando ver quién iba a ser el siguiente en lanzarse al mar; muchos rostros estaban llenos de terror.
Pero lo que más me llamó la atención es que, después del último suicidio, logré escuchar a unos oficiales decir que, en las tres grabaciones de las cámaras de vigilancia, no se había podido ver el momento exacto en que los tripulantes se lanzaban al mar porque una «mancha» los había tapado.
Esa misma «mancha» apareció en las tres grabaciones. ¿Tú sabes qué podría ser eso?
Ella no había probado nada de los bocadillos; iba por su segunda copa de champán.
—Noah, sé que eres y has sido un lector asiduo del Libro del Creador. Como ya debes saber, vivimos en un mundo natural y físico, pero también hay un mundo espiritual. Los seres humanos, por muchos motivos —a veces sin explicación aparente— toman esa decisión de acabar con su propia vida.
Me miró con mucha más seriedad y añadió:
—Hay seres que muchas veces tratan de «ayudar» a estos suicidas en potencia; trabajan en sus mentes hasta el último momento.
Estos espectros son los que le dieron la espalda al Creador y se rebelaron mucho antes de la creación.
¿Ahora entiendes quién es el Jefe realmente?
No tengo que mencionarte su nombre exacto.
Ahora que ya lo sabes, que no te quepa duda de que la organización va a hacer todo lo posible para anularte.
Ojo: dije anularte, no eliminarte. Recuerda la lista de los Invulnerables.
Y si quieres saber más detalles sobre el principio de estos seres... puedes comenzar leyendo Génesis 6.
Sabía a lo que se refería cuando mencionó Génesis 6, específicamente los primeros versículos: «donde los hijos de Dios vieron que las mujeres eran hermosas y las tomaron; y de esa unión, nacieron varones de renombre», a quienes se les conoció como los Nefilim.
Recordé de inmediato a los jóvenes que se habían «tirado» al mar.
Aunque nunca pude ver esas grabaciones con mis propios ojos, de pronto tuve la certeza de que estos entes habían sido parte de aquel suicidio masivo.
Y si había pasado en nuestra nave, era más que obvio que ocurriría —o ya había ocurrido— en otras; no solo de pasajeros, también de carga y de todo tipo.
Ya desde mis años de cadete había escuchado historias de numerosas muertes a bordo.
El problema era que, casi siempre, pasaban desapercibidas en los medios de comunicación.
Por algún motivo, durante años no se le prestó atención a la calidad de vida de los seres humanos en alta mar ni a las condiciones bajo las que operaban.
Muchos eran explotados con jornadas extenuantes sin recibir remuneración extra; los abusos de autoridad eran el pan de cada día, y los cruceros de pasajeros no eran la excepción.
Las mujeres que recién embarcaban, muchas sin siquiera cumplir los veinte años, sufrían el constante acoso de sus superiores.
Si no accedían a sus caprichos, se les condenaba a una vida miserable, asignándoles los peores turnos.
Estar aislado, lejos de casa durante meses, ya era un desafío titánico de por sí.
En suma, era aterradoramente fácil caer en una profunda depresión a bordo de cualquier barco.
Una presa perfecta para estas entidades.
—Mencionaste el Libro Sagrado como un texto muy particular y sí... sé a qué te refieres —le respondí—. A los «Híbridos»
—En este mundo espiritual hay jerarquías, y estos que mencionas son parte de una cadena, al igual que funciona con los ángeles y arcángeles.
Se puso de pie, se acercó y se sentó a mi lado. Tomándome de las manos, y casi suplicando, dijo:
—Por favor, no sigas con esto. Ya llegaste demasiado lejos.
Me lo había pedido con tanta preocupación y cariño que, por un momento, sentí que me tenía en sus manos. Sabía que había algo bueno escondido muy dentro de ella, y estaba trabajando a mi favor.
—Amanda, desde que te vi aquel día con esa maleta, mi vida cambió por completo —le confesé—.
Todo ha sido muy diferente desde entonces.
Mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados...
y creo que para mí ya no hay marcha atrás, aunque hasta ahora no sé qué es lo que finalmente voy a encontrar al final del camino.
Ella se paró y caminó hacia el frente, colocándose detrás del sofá; se había puesto un poco nerviosa. Cruzándose de brazos y casi susurrando, alcancé a escuchar:
—Es que no quiero que te pase nada.
—¿Perdón? —hice como si no hubiese escuchado bien.
—Noah, sí; no quiero que te pase nada. Si bien es cierto que tu nombre está en esa lista, eso no quiere decir que «cualquier cosa» que te pase no te vaya a arruinar la vida. Solo el Creador decide el final.
Estuve un poco confundido con lo último que había mencionado, pero finalmente logré entenderlo.
Es cierto, el Creador es quien da y quita la vida en última instancia; eso lo había aprendido de pequeño.
Y sí, era muy fácil sufrir cualquier tipo de «accidente», o lo que más me aterraba: que alguien de mi círculo familiar sufriera por todo esto.
—Entiendo. Pero creo que mi plan está siendo ejecutado por voluntad del Creador, y contra eso nadie puede hacer nada, ni siquiera el Jefe...
—Espérame un momento, tengo que alcanzarte algo —me interrumpió ella.
Subió las escaleras sin mucha prisa y, después de unos minutos, bajó con una carpeta y me la entregó. Contenía varias páginas muy bien encuadernadas.
—¿Qué es esto?
—Solo lee la primera página; el resto son detalles.
En la primera página solo decía Contrato de Trabajo con mi nombre completo.
El título del puesto era «Coordinador Oficial», con un salario base desorbitantemente exagerado: era prácticamente lo que yo ganaba en mi trabajo actual en veinticuatro meses, pagado en un solo mes, y por laborar apenas treinta horas mensuales.
El contrato tenía muchas secciones más detalladas; se notaba que estaba redactado profesionalmente.
Pero lo que más me llamó la atención fue que no figuraba ningún nombre oficial de la «organización» ni razón social.
Me quedé boquiabierto. No lo voy a negar: me sentí súper tentado en ese momento.
La casa donde vivía era rentada, no tenía auto propio...
Por mi cabeza pasaba un solo pensamiento: «Noah, esto te va a solucionar la vida».
Pero... sabía que no solo el trabajo era parte del trato; había un precio oculto.
—Noah, no tienes que contestar ahora. Date tu tiempo —dijo, observando mi reacción—. Pero quiero recalcar algo: ese contrato que tienes en tus manos jamás lo conseguirías en otro lado. Ni siquiera el CEO de una empresa local ganaría eso. Piénsalo bien.
Era muy cierto. Cuando comencé a hojear con más detalle la segunda página, vi que uno de los tantos beneficios era la participación en acciones corporativas, seguro de vida familiar, entre muchas otras cosas.
Pero estaba seguro de que el intercambio en ese documento no se limitaba al ámbito profesional.
Estaba siendo tentado, seducido. Jamás en mi vida laboral me habían ofrecido algo así; de repente, una mujer bellísima me entregaba el contrato más jugoso que cualquier persona pudiera imaginar.
No quería negarme en ese momento, porque sabía que si lo hacía ella me insistiría, y no podía otorgarle ventaja alguna.
—Amanda, lo puedo pensar, ¿cierto?
—Por supuesto que sí. Eso sí, tienes seis días para contestar.
—Entiendo. Apenas lo lea completamente, te respondo... —hice una pausa y añadí—: Pero antes de irme, quiero preguntarte algo respecto a tu trabajo. Es algo que me da mucha curiosidad y, si quieres, me respondes... no quiero que te enojes.
Ella sonrió un poco.
—A ver, ¿qué quiere preguntar el señor?
Solté una pequeña carcajada para aliviar la tensión.
—Te lo voy a preguntar directamente: ¿Cómo hace la organización para evitar las investigaciones? Y me refiero específicamente a lo de las maletas.
—Mmm... sabes que no te puedo dar muchos detalles. Pero si miras ese contrato que tienes en la mano, fácilmente te puedes dar cuenta y sacar tus propias conclusiones.
No tenía que leer el contrato nuevamente; era más que obvio. El dinero que esta organización manejaba era descomunal. Prácticamente eran dueños de todo; con esas sumas, era muy fácil para ellos comprar jueces, policías y una larga lista de autoridades.
—Entiendo. Creo que está muy claro todo. Ya me tengo que retirar... espero que nos volvamos a ver pronto.
Me paré y ella me acompañó a la entrada. Se despidió con un abrazo y un beso en la mejilla.
—Yo te llamo.
Dios mío. Si la hubiera conocido años antes, definitivamente y sin duda alguna me habría casado con ella.