AÑO 2005
SUICIDIO MASIVO
Había embarcado en Génova. Empecé mi contrato como cualquier otro, sin muchas expectativas, ya que se trabajaba prácticamente todos los días.
El contrato era por nueve meses. Después de hacer el itinerario del Mediterráneo, enrumbamos hacia el Caribe; tras una travesía de casi catorce días, llegamos a Fort Lauderdale.
Desde allí empezaríamos la ruta caribeña, cruceros de siete días que pasaban por Jamaica, Nassau y otras islas, para terminar nuevamente en Fort Lauderdale.
Estas inmensas naves son conocidas por parecerse a un pueblo pequeño, ya que todos nos conocíamos, o al menos siempre escuchábamos algo de alguien.
Era inevitable; así uno quisiera estar desconectado, bastaba con sentarse a comer para que el compañero de al lado soltara el nombre de la última novia del capitán o los nombres de las camareras recién embarcadas.
Pero algo pasó en marzo de 2005; algo que simplemente no se puede olvidar y que te afecta de por vida.
Hasta la mente más fuerte y cuajada se vio impactada por lo que sucedió.
Recuerdo que estábamos navegando muy temprano en la mañana.
Al entrar a mi oficina, mi colega ya había llegado y, ni bien me senté frente a mi computadora, me soltó: —¿Sabías que en la madrugada alguien se tiró al mar por la popa?
En ese momento recordé que, durante la madrugada, casi medio dormido, sentí que el barco se había movido de una manera muy particular, inclinándose hacia un solo lado.
El clima era muy favorable, así que enseguida entendí por qué había ocurrido ese peculiar ladeo: el capitán había ejecutado la maniobra de rescate de «Hombre al agua», conocida internacionalmente por sus siglas en inglés MOB (Man Overboard). La había estudiado cuando era cadete.
Un marinero, al percatarse de lo ocurrido, lanzó la boya salvavidas y llamó al puente para dar el aviso.
—¿Y quién fue? —pregunté.
—Un joven que trabajaba en mantenimiento.
—¿Y lo encontraron?
—No. Al parecer el capitán lo buscó durante horas, pero nada.
Estaba en lo correcto. El capitán había hecho la maniobra, pero sin resultados positivos. Estábamos en el mar del Caribe y, lamentablemente, las aguas de temperatura cálida siempre están llenas de tiburones. Era casi imposible encontrarlo.
El joven era de Madagascar. No recuerdo su nombre y nunca se supo el porqué lo había hecho. Solo se escuchaban rumores. «Estaba muy deprimido», decían algunos; otros aseguraban que «se enteró de que su esposa estaba con otro hombre». Nunca hubo una investigación seria.
Lo que más me perturbó no fue el acto en sí —que ya de por sí era espantoso—, sino la reacción de la tripulación.
O, mejor dicho, la ausencia de reacción.
El capitán ordenó un minuto de silencio durante la formación matutina, se redactó un reporte para la compañía naviera y, al día siguiente, la vida a bordo continuó exactamente como si nada hubiera ocurrido.
Los pasajeros seguían tomando el sol en la cubierta, los animadores seguían organizando juegos en la piscina, y la orquesta seguía tocando valses en el salón principal mientras tres mil personas cenaban langosta sin saber que, horas antes, un joven se había arrojado al vacío desde la popa.
Yo no pude comer durante dos días. Me obsesionaba una pregunta: ¿qué lleva a una persona a elegir el océano como tumba?
El mar no es como un edificio o un puente; no hay impacto inmediato, no hay certeza de muerte instantánea.
Cuando caes al agua desde esa altura, la superficie te golpea como cemento, pero si sobrevives al impacto, te espera algo peor: la inmensidad oscura del abismo debajo de ti, la corriente arrastrándote, la certeza de que nadie va a encontrarte. Es la muerte más solitaria que existe.
Una noche, incapaz de dormir, subí a la cubierta más alta del barco.
Estaba completamente vacía. Me apoyé en la barandilla y miré hacia abajo, hacia el agua negra que se movía como un animal vivo.
No sentí tentación alguna —Dios me libre—, pero sí sentí algo que solo puedo describir como una presencia.
Algo que estaba ahí, en la oscuridad, observándome.
El vello de mis brazos se erizó y una voz interior —no una voz audible, sino algo más profundo, como un pensamiento que no era mío— me dijo con claridad meridiana: «Baja de aquí, Noah».
Obedecí sin pensarlo dos veces y no volví a subir a esa cubierta de noche durante el resto del contrato.
Después de una semana de lo acontecido, otra persona de la misma nacionalidad se tiró por la popa muy entrada la madrugada.
No habían pasado ni siete días y otro trabajador había terminado con su vida.
Pasaron un par de semanas más cuando escuché la noticia de que un tercer tripulante, alguien aún más joven, se había lanzado a las profundidades del mar a medianoche; esta vez era un muchacho de la India.
Ya eran tres personas las que, en menos de un mes, se habían tirado al mar por motivos desconocidos, siendo tragadas por lo más profundo de ese universo acuoso.
La mayoría de las personas que veía en los pasillos ya no eran las mismas: sus expresiones eran de preocupación, algunas de tristeza, y otras de un terror apabullante.
Muchas veces preguntaba a mis colegas si todo estaba bien; ellos siempre respondían que sí, pero sus rostros decían otra cosa.
Recuerdo que, en una de las comidas, estaba sentado cerca de uno de los oficiales de cubierta que conversaba con un colega.
Ambos eran italianos. Para ese entonces, yo ya entendía muy bien el idioma.
Entre todas las cosas que hablaban, alcancé a escuchar: —El video de esa cámara estaba borroso, además todo oscuro.
—Pero se ve al muchacho parado... —Sí, pero cuando está por saltar, todo se nubla.
—Estamos en el mar, la niebla es común. —Pero no así.
Y pasó exactamente igual en las tres veces.
En ese momento recuerdo haber pensado que estaban hablando de simples fallas técnicas, y que las cámaras debían cambiarse lo más pronto posible por temas de seguridad y vigilancia.
Pero ahora, después de lo ocurrido con Aron y de haber visto las grabaciones policiales de esa «mancha» o «ente», veía una clara conexión con lo acontecido aquel año. Eran escenarios completamente distintos, pero compartían algo en común: una entidad o «algo» que trataba de cubrir los hechos.
¿Pero por qué esa cosa tendría que cubrir a tres personas que simplemente querían matarse? No tenía ningún sentido. A menos que no se hubieran matado. A menos que los hubieran asesinado. Y eso era algo que tenía que preguntarle a Amanda, sí o sí.
Por más que pensaba cómo hacerle todas esas preguntas, no lograba encontrar las palabras correctas para llevar a cabo mi pequeño interrogatorio.
Definitivamente no lo podría hacer en una sola reunión; tendría que dividirlo en dos o tres más.
Tenía que dar lo mejor de mí para no sofocarla con un ejército de preguntas.
Finalmente llegó el viernes. Todo estaba listo en el trabajo. El solo hecho de saber que me encontraría con Amanda me había cambiado por completo; el trabajo que hacía de pronto había vuelto a cobrar sentido. Muy en el fondo sabía que ella me iba a ayudar, o que al menos me daría ciertas pistas.
Primero me fui a casa a cambiarme de ropa y comer algo. Sabía que ella me iba a ofrecer lo de siempre —una copa de Merlot— y no quería beber con el estómago vacío. Tenía que estar en todos mis cabales y súper concentrado.
Al llegar a su casa, como era de esperarse, la puerta principal ya estaba abierta.
Yo ya me había mentalizado para encontrarme con un encanto de mujer; no podía ceder ni un milímetro.
Tenía que estar preparado. No quería fallarle a mi esposa, pero, sobre todo, no quería fallarle al Creador; recordaba constantemente las promesas que hice el día que uní mi vida con la de mi mujer.
Pasé por la entrada principal y cerré la puerta. Al cruzar el pequeño jardín, me pareció increíble que las flores que había visto meses atrás siguieran igual; no era un experto, pero era evidente que ella, o algún jardinero especialista, se hacía cargo de todos los cuidados que estas requerían.
Cuando entré a la sala principal, todo lucía igual que la última vez que estuve allí.
Amanda ya estaba en el bar, pero el recibimiento era diferente: había servido dos copas de Dom Pérignon (logré distinguir el nombre en la botella, además de reconocer su inconfundible aroma), acompañadas de un plato con diferentes quesos y otro con salmón ahumado.
Todo lo que ella usaba como atuendo simplemente le quedaba perfecto: llevaba un pantalón claro con una blusa que hacía juego a la perfección con sus zapatos bajos, y un perfume que armonizaba con el clima.
Nuevamente, me había quedado un poco deslumbrado ante tal belleza.
Pero tenía que concentrarme en mis preguntas y permanecer el tiempo mínimo indispensable en esa casa.
—¿Cómo has estado? ¿Qué tal la semana de trabajo? —preguntó.
—Bueno, la semana pasó muy rápido. Y lo del trabajo... lo de siempre. ¿Y tú? ¿Has estado trabajando?
No sabía cómo preguntarle sobre «su trabajo»; no había encontrado una forma sutil de hacerlo.
—Trabajo todas las semanas. A veces tengo que viajar, pero esta semana me tocó quedarme por aquí. Recuerda que mi trabajo consiste en varias tareas. Y sí, todo bien; estoy pensando en ir a Inglaterra dentro de poco a visitar a unos familiares.
—Ah... ¿y cuánto tiempo piensas quedarte, si se concreta tu viaje?
—Bueno, máximo veinte días.
—¿Y cuándo piensas viajar?
—Aún no lo sé. Es más, de repente me veré obligada a no viajar.
—Pero, ¿por qué?
—Mmm —suspiró, y añadió—: Lo que pasa es que en pocos meses hay un evento súper importante y tengo que estar presente.
Eureka. Era la visita de los presidentes y empresarios que se celebraría dentro de poco; era más que evidente.
—¿Cuál evento?
—Noah, tú sabes perfectamente de lo que estoy hablando.
—Mmm... ¿te refieres a la Cumbre Asiática?
—La misma. Va a ser una semana muy ocupada para mí, así que, si viajo, tendría que ser pronto. Tengo que estar lista; todo está detalladamente planeado. Nada puede, ni tiene, que salir mal.
—¿Qué es exactamente lo que te toca hacer esos días?