La Valija de Amanda AÑO 1992 #5
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AÑO 1992 #5

Todo estaba claro: no solo había agentes humanos, algo más formaba parte de todo esto.

De algo estaba casi seguro: no se podía combatir con armas.

Era algo mucho más poderoso que cualquier tecnología conocida por la vista humana.

¿En qué me había metido? ¿Qué podía hacer yo ante todo esto?

Era demasiado para mí. No tenía ningún medio para combatirlo.

Pero había algo que sí podía hacer: darlo a conocer al mundo.

Esto estaba pasando constantemente: muerte de seres humanos con pocos días de vida y también de otros mayores.

No era el tráfico humano en sí —eso era de conocimiento público—, sino la existencia de personas que hacen festines con sangre y carne humana; de eso no mucha gente sabe.

Pero lo más aterrador de todo era que había ciertos...

llamémosles «espectros», que también eran parte de la organización.

¿Pero qué eran realmente? ¿Una nueva tecnología?

Mi única salida para aclarar todas, o gran parte de mis dudas, era esperar la llamada de Amanda. Recordé que la última vez que nos vimos en mi casa, eso fue lo pactado, al menos por su parte: me iba a llamar o a contactarse conmigo.

Esa era otra interrogante: la propia Amanda se había convertido prácticamente en parte de mí.

Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados a partir de ese día en que vi la maleta, y ese giro terminó de dar su estocada final cuando la conocí a ella.

Por muchas razones la tenía en mi mente a diario, tratando de repasar cada diálogo y todo lo que hasta ese momento me había contado.

Empezó la semana de trabajo y, voy a ser honesto, trabajaba porque tenía que hacerlo, pero mi mente estaba muy ajena a cualquier reunión, llamada o conferencia por Skype.

Hacía todo lo posible para cumplir con lo estipulado en mi contrato, pero mi cabeza estaba metida en Amanda, en su valija, en Aron, los videos y en ese extraño espectro.

No quería bajar mi rendimiento; tenía que desconectarme de algún modo, así que empecé a ir al gimnasio por las noches nuevamente.

Mis estudios ya estaban por terminar y me encontraba en fase de tesis, así que lo máximo que hacía era reunirme con mi grupo y el profesor encargado de evaluarnos una vez por semana.

Tenía que terminar la tesis y exponerla en la fecha indicada; dado que era grupal, nos habíamos dividido el trabajo en cuatro partes.

Mis compañeros de trabajo habían empezado a notar los cambios.

Patricia, la secretaria del departamento, me preguntó una mañana si estaba enfermo porque tenía «ojeras de tres días de fiesta».

Mi jefe directo me llamó a su oficina para preguntarme si necesitaba vacaciones.

Yo me limitaba a sonreír y repetir la misma excusa: la maestría, el estrés, las noches de estudio.

Nadie sospechaba que detrás de mi agotamiento no había libros de texto, sino horas interminables revisando grabaciones de seguridad, leyendo el Libro Sagrado y planificando cómo infiltrarme en una cumbre internacional.

La ironía de mi situación me golpeaba cada mañana cuando me sentaba frente a mi escritorio.

Ahí estaba yo, Noah, el logístico metódico y predecible que archivaba facturas y optimizaba rutas de distribución, viviendo simultáneamente la experiencia más extraordinaria y aterradora que cualquier ser humano pudiera imaginar.

Era como habitar dos realidades paralelas que no debían tocarse jamás: la del empleado responsable que volvía a casa a cenar con su esposa, y la del hombre que había descubierto que el mal no era una abstracción filosófica, sino una fuerza organizada, tangible y aterradoramente real.

Pasaron casi dos semanas cuando entró una llamada. De nuevo, un número desconocido. Sabía que era ella.

—Aló... buenas tardes.

—Qué elegancia. Te noto muy alegre, ¿a qué se debe?

—Bueno, estoy alegre por escucharte nuevamente.

Ella sonrió con esa elegancia que llevaba grabada en el ADN.

—Gracias por esa pequeña flor. Entonces... ¿puedes venir este viernes?

—Por supuesto. ¿A qué hora puedo llegar? ¿Y quieres que lleve algo?

—No te preocupes por nada, y ven a la hora que puedas. Después del trabajo está bien.

—Ok, nos vemos el viernes entonces.

—Lovely —se le escapó esa frase típica que yo había escuchado tantas veces de los pasajeros ingleses cuando trabajaba en los cruceros haciendo la ruta del Mediterráneo.

—Perdón —se disculpó suavemente, y añadió—: Pero sí me entendiste, ¿verdad?

—¿Tú qué crees?

Ella sonrió nuevamente por la línea.

—Bye.

—Bye.

Estaba ansioso. Quería que los días pasaran rápido.

Parte de mi plan ya estaba hecho, pues había conseguido parte de la información que necesitaba; pero conforme pasaban las horas, muchas más interrogantes surgían en mi cabeza.

Definitivamente no podía darles respuesta a todas, pero al menos tenía que solucionar las más apremiantes y concluir con lo planeado.

No podía esperar mucho tiempo: tenía que estar listo para la visita de los mandatarios.

Era mi única oportunidad para conocer a estos parásitos come-humanos.

Por otro lado, esa entidad que había aparecido en las grabaciones policiales me había hecho recordar algo que sucedió años atrás, a bordo de uno de los cruceros.