AÑO 1992 #4
Es increíble lo que la mente humana puede llegar a generar producto de la adrenalina mezclada con los nervios: desde los miedos más absurdos hasta escenarios muy válidos.
Llegué a casa y me di un baño muy rápido.
Aún faltaba un par de horas para la cita, pero quería llegar primero.
Quería vigilar ese parque para observar a las personas que se encontraban allí en ese momento; de repente vería rostros «sospechosos», por decirlo de alguna manera... y luego iría al restaurante.
Cuando llegué al parque, faltaba casi una hora para encontrarme con Aron.
Era tiempo más que suficiente para hacer mi pequeña investigación.
Las manos me sudaban. Era un día soleado, perfecto para usar mis gafas oscuras y así ocultar la dirección de mi mirada.
El parque estaba lleno de niños con sus padres; todo era un bullicio.
Había personas haciendo un poco de ejercicio.
Caminé alrededor del perímetro hasta que, en una de sus esquinas, me topé con un pequeño quiosco de revistas y periódicos.
Me acerqué y el hombre que atendía me pareció súper familiar al instante.
Lo recordé: era el mismo vendedor de periódicos que estaba en aquel cruce principal donde pasé muchos días esperando volver a ver a Amanda.
Era él, no cabía la menor duda. ¿Pero qué hacía allí?
¿Justo allí? ¿Era una coincidencia o él también era parte de la organización?
—Hola... ¿qué tal? ¿Me recuerda?
Él me miró, entrecerró los ojos como si tratara de enfocarme mejor, y luego respondió:
—Mmm, no... la verdad que no.
—Lo vi allá, por el cruce principal, en el puesto de periódicos. Usted ya me había visto varias veces, ya que yo pasaba seguido y me quedaba leyendo los titulares.
—Es que pasa tanta gente y veo a tantas personas que, a decir verdad... además, soy muy desmemoriado.
—Bueno, ¿y por qué se mudó aquí?
—Es que el dueño me hizo el traslado con un pequeño aumento de sueldo... y bueno, acepté.
—Entiendo. Bueno... me da gusto volver a verlo.
Todo parecía muy creíble; es decir, su historia tenía sentido. Hasta ese momento, todo parecía ser solo una amable coincidencia.
Ya era casi la una de la tarde, así que simplemente caminé hacia el restaurante. Aron ya estaba allí, sentado en una de las mesas cerca de la entrada; al parecer lo hizo a propósito para vigilar quién entraba y quién salía en caso de cualquier percance.
—Hola, Aron... llegaste temprano.
Él estaba muy serio, pero, más que serio, la preocupación parecía estar matándolo.
—Mmm... acabo de llegar.
Al mismo tiempo, escaneaba con la mirada a las personas que ya estaban sentadas.
Pedimos dos almuerzos especiales. La verdad, no tenía nada de hambre; se me había quitado todo el apetito después de los mensajes de texto. Y, al parecer, Aron estaba en las mismas.
Con voz muy cautelosa, y sin alterar el gesto, comenzó a hablar:
—Noah... pude ver los videos de las cámaras de seguridad de aquella vez que estuvimos aquí.
Estaba impresionado con la velocidad con la que había logrado conseguir la orden judicial para obtener esas grabaciones.
—Sí, claro... ¿y qué pudiste ver?
—Solo había dos cámaras. Una de ellas solo logra grabar la entrada y los alrededores, y la segunda apunta a la parte donde estaba aquella mujer, o al menos hacia ese lado.
—Entonces lograste identificarla. ¿Quién era?
—Ese es el problema. En los minutos en que ella debió aparecer en el video... simplemente está todo borroso, como si algo estuviese ocultándola. Pero eso no es lo peor.
¿Qué podía ser peor que eso? No poder identificarla ya era un súper agravante. Era una pieza clave para armar el rompecabezas de la organización, o al menos para saber si era un agente de los grupos de narcotraficantes que Aron había desbaratado.
—Cuando empecé a revisar la cámara que está cerca de la entrada... ¡ella nunca entró!
—¿Perdón? —dije, con cara de espanto.
—Noah, sin gestos —me reprendió, y luego continuó—: Sí, lo que escuchaste. Ella, al menos ese día, nunca entró.
—Pero cabe la posibilidad de que haya entrado un día antes y se haya quedado ahí, o en el baño, o en algún lado.
—Sí, eso también se me pasó por la cabeza.
Ayer vine un momento antes de que cerrara el restaurante y hablé con el personal que limpia por las noches.
Le pregunté al supervisor si en esos días había pasado algo extraño o si habían encontrado a alguna persona escondida en las instalaciones.
Me dijo que todo el trabajo se había realizado sin novedad.
—¿Entonces?
—Acá viene lo peor. Le llevé los dos videos al especialista, ¿y sabes qué me dijo?
—¿Qué? Aron... ¡¿qué?!
—Que nunca había visto algo así en su vida. Es decir, una cosa es que la imagen se vea borrosa por fallas en la lente o en la cinta de video, y otra muy distinta es que «algo» literalmente haya tapado a esa mujer.
—Aron, tengo que ver esos videos... por favor, tengo que verlos.
—No hay problema, te puedo pasar una copia en un USB. Pero antes dime... ¿en qué te has metido?
En ese momento solo tomé mi vaso con agua y comencé a beber. No sabía qué decirle. «¿Y si le cuento todo? No, no... Dios mío, ¿qué hago?». Solo atiné a decir:
—Pero, ¿por qué me preguntas eso? ¿Qué tiene que ver todo eso conmigo? Yo solo te pedí cierta información, eso es todo.
—Noah, yo he arrestado a muchas personas, he participado en decenas de operativos y, como ya es de tu conocimiento, he tenido que lidiar hasta con narcotraficantes.
Cuando vi a esa mujer, pensé que era un ajuste de cuentas; que alguien la había mandado para matarme.
Pero después de ver esa grabación, me queda claro que no vino por mí.
Y qué coincidencia que, después de tanto tiempo, me contactes y me pidas toda esa información.
—Pero... —intenté replicar, pero me cortó súbitamente.
—Espera. Además, ya sé que en tu especialización no tienes ese curso de seguridad ni todo ese cuento que trataste de venderme... Recuerda que soy policía de investigaciones.
Me tenía pillado. En cierta manera me sentí avergonzado con él, pero no le había mentido por mentir; más bien lo había hecho para protegerlo. No quería que le ocurriera nada, ni mucho menos a su familia.
—Aron... perdóname. Sé que, en cierta manera, abusé un poco de nuestra amistad y de los años que compartimos en la escuela.
Pero todo esto tiene una explicación, la cual no te puedo proporcionar.
Y por favor, no me vayas a insistir. Te prometo que en su momento te voy a contar todo.
Lo único que te puedo adelantar por ahora es, primero, que si te mentí fue para proteger tu integridad y la de tu familia; y segundo, que no estoy metido en nada criminal.
—Noah... por el amor de Cristo, soy policía. Si quiero, ahora mismo te puedo obligar a decirme todo... Habla, por favor.
Había alzado un poco la voz, y eso le estaba restando el pragmatismo con el que habíamos empezado la charla.
—Si continúas así, la gente comenzará a mirar y llamarás la atención de todos, incluyendo al personal del restaurante.
—Mmm... tienes razón.
—Tranquilo, todo está bien. Solo necesito las copias de esos videos.
—Agh —gruñó un poco, como tratando de dejar escapar la ira, y añadió—: Vamos después a mi oficina para entregarte las copias.
Después de probar un poco del plato principal, llamé a la camarera para pagar la cuenta y salimos rumbo a la estación policial.
En la entrada, Aron les hizo una seña a los guardias, indicando que yo venía con él, así que no tuve la necesidad de registrarme en el libro de bitácora.
Llegamos a su oficina; encendió su computadora, sacó un USB y comenzó a grabar los dos archivos.
Tardó un poco más de diez minutos. Luego me entregó la memoria.
—Estoy confiando en ti, y espero que sepas lo que estás haciendo.
—No te preocupes, todo va a estar bien... pero tenemos que cambiar un poco los planes. Evitemos los teléfonos. Yo voy a venir a buscarte cualquier viernes... recuerda, viernes.
—¿Tan grave es todo esto que ni siquiera podemos usar teléfonos, ni siquiera para mensajes de texto?
Me fijé en los alrededores por la ventana para asegurarme de que nadie estuviera cerca de la entrada de la oficina, y cerré las persianas.
—El problema de todo esto no es la gravedad, sino la escala. Y eso es parte del asunto en el que estoy metido. Perdóname, pero tengo que retirarme.
Él se puso de pie y nos dimos un fuerte apretón de manos.
—Noah, por favor, cuídate.
Salí de la oficina y me despedí de los guardias de la entrada.
Llevaba el USB en el bolsillo y sentía una desesperación devoradora por ver esas grabaciones.
Cuando llegué a casa, me senté, agarré mi laptop y conecté la memoria.
Abrí la carpeta que llevaba el nombre del restaurante y, efectivamente, encontré dos archivos en formato MP4, numerados como Video 1 y Video 2.
Hice clic en el primer video, el de la entrada del restaurante.
Solo vi gente entrando y saliendo, nada relevante hasta el momento.
Luego abrí el Video 2; duraba unos cinco minutos y había sido recortado.
Cuando llegó la parte donde supuestamente entraba la mujer, solo había una mancha que simplemente la tapaba y la seguía hasta la mesa (efectivamente, la misma mesa en la que Aron había hecho hincapié).
Pero esa mancha estaba allí... no era algo borroso.
Era como un tipo de... no sé cómo explicarlo, como una «nubosidad» que formaba la silueta de una persona.
Si el especialista había dicho que nunca había visto algo así, le daba toda la razón.
No tenía sentido. Esto era diferente a los típicos videos que llenan internet de supuestos fantasmas o luces blancas.
No, nada de eso. Esto era muchísimo más real...
no sé si esa sea la palabra correcta. Es decir, «eso» era parte de todo lo que estaba grabado, como si hubiese estado físicamente presente en ese momento.
Nuevamente abrí el Video1, para ver a todas las personas que entraban y salían; pero no pude reconocer a nadie ya que Aron era el único de los dos que la había visto.
¿Qué era eso? ¿Y quién era esa mujer? Definitivamente, la única persona que podía aclarar todo esto era Amanda.
Pero, ¿cómo preguntarle sin que se molestara?