AÑO 1992 #3
Me interné en el centro del parque. Había muchos juegos y estaba lleno de niños con sus niñeras o padres paseando mascotas; era viernes y los más pequeños querían jugar. Logré divisarlo. Me estaba buscando, así que alcé la mano una vez, luego otra, hasta que logró ubicarme. Caminó hacia mí:
—Noah, ¿todo bien? ¿Lograste hablar?
—Sí, estuve hablando y caminando... lo que pasa es que mi esposa viajó a su país. Mi suegro falleció y, bueno, ella se va a quedar unos meses más, así que estamos en comunicación constante.
—Cuánto lo siento. Mis condolencias.
—Gracias. Sí, al parecer fue un infarto... pero dime, ¿dónde está el restaurante?
—Está aquí, prácticamente a la vuelta de la avenida principal.
Caminamos unos metros y entramos. Ambos pedimos el especial del día.
Al sentarnos, recién me percaté de que traía consigo la misma mochila militar.
Mmm... si bien es cierto que muchas personas usaban ese tipo de mochilas —universitarios, trabajadores, deportistas—, eso me puso en alerta.
Comencé a observar las mesas a nuestro alrededor y el tipo de gente que había: parejas, grupos de oficinistas, hasta familias. Nada fuera de lo normal.
Después de unos minutos, la mesera trajo los platos y comenzamos a comer.
Al mismo tiempo hablábamos de todo un poco: sobre los últimos asaltos e investigaciones que tuvo que resolver, sobre sus hijas, y yo le comentaba sobre mi trabajo y los detalles del viaje que tuve que realizar con mi esposa por la muerte de mi suegro.
Unos minutos más tarde, tras haber terminado el segundo plato, dijo:
—Tengo tu pedido en la maleta.
Lo dijo en voz muy baja, pero lo que hizo a continuación me dejó perplejo. Agarró una servilleta de papel, tomó un bolígrafo que llevaba en uno de los bolsillos de la mochila y, ocultando la mano entre el florero decorativo y la jarra de agua, escribió con rapidez:
«A DOS MESAS. ALGUIEN OBSERVANDO. NO MIRES».
Me quedé observando la mesa por unos segundos.
Agarré el vaso de agua, que estaba lleno de hielo; la palma de mi mano se humedeció al instante por la condensación.
Aproveché esa humedad y la tensión superficial para presionar la servilleta y adherirla a mi piel.
La ciencia cumplió su cometido: el papel, al ser tan blando, comenzó a deshacerse casi de inmediato producto del agua.
Terminé de estrujarlo en mi puño, hice el ademán de limpiarme la boca y eché la pequeña masa húmeda sobre el plato, que aún contenía restos de comida.
Inmediatamente después me puse a reír, como si Aron me hubiese contado el último chiste de moda en los programas cómicos de la televisión.
Aron hizo lo mismo y hasta comenzó a golpear la mesa, como si la risa no le bastara.
Seguimos conversando como si nada pasara.
Después de unos minutos, me fijé que, lentamente y con el pie izquierdo que daba hacia la pared, trataba de abrir un bolsillo de la mochila que descansaba cerca del piso.
Tras unos intentos logró hacerlo; gracias a que la mesa tenía algunas decoraciones de vidrio, logré divisar la culata de su arma.
Entendí que quería estar listo ante cualquier ataque o asalto.
En ese momento, logré aclarar mejor la situación en mi cabeza: probablemente esa persona era parte del séquito de trabajadores del Jefe.
Pero Aron también era policía y había hecho arrestos importantes —incluyendo la detención de la banda de narcotraficantes a la que Edy había pertenecido—, así que también era probable que él tuviera sus propios enemigos.
Después de casi una hora, llamé a la camarera para pedirle la cuenta. Tenía efectivo; había sacado varios billetes, pues no quería usar ninguna tarjeta para evitar dejar rastro, o al menos el menor posible.
Cuando nos dirigíamos a la salida, me fijé en las mesas que Aron había señalado: ya estaban vacías.
Antes de abandonar el restaurante, Aron se acercó a la recepción y escuché que pidió hablar con el administrador o gerente.
A los pocos minutos, el gerente salió y yo me acerqué un poco.
Solo logré escuchar a Aron pidiéndole conversar a solas por unos minutos, argumentando que era muy importante, y al mismo tiempo le mostró su placa de policía. Esto último lo hizo muy discretamente.
Lo esperé afuera. Más o menos entendía lo que intentaba hacer, pero preferí esperar y preguntar. Después de casi veinte minutos salió y, cuando nos dirigíamos hacia la parada de taxis, me dijo:
—He pedido las grabaciones de todas las cámaras que tengan a disposición.
—¿Y qué te dijeron?
—Bueno, lo de siempre: que necesitan una orden judicial... pero eso no es un problema. Tengo un amigo en la fiscalía que me puede ayudar.
—Pero, ¿cómo era el tipo?
—Noah, no era un hombre... eso fue lo que me llamó la atención. No la había visto antes, pero por alguna razón sentí que algo no andaba bien.
Con cara de desesperación, le pregunté (en ese momento se me cruzó por la cabeza la idea de que podía ser Amanda):
—¿Y cómo era esa mujer? ¿Lograste verla bien?
—Mmm, una mujer regular... eso sí, un poco más alta que el promedio.
—Pero, ¿qué te hizo prender la alarma? Vi que tenías tu arma lista.
—A ver, soy policía, y hay ciertas miradas que salen de lo común. Es algo que se aprende y se afina a través de los años.
Subimos a un taxi juntos. Aron le indicó al conductor:
—Por favor, solo dé vueltas por el vecindario por unos diez minutos y luego me deja frente a la estación policial.
Al mismo tiempo, sacó de su mochila un sobre manila sellado, no muy grueso, y me lo entregó.
—Quédate en el taxi y vete a tu casa directamente, es lo mejor.
No dije palabra, solo le agradecí. Él bajó del taxi después de lo acordado con el conductor y yo me dirigí hacia mi casa. Después de pagar, salí del auto y entré. Me senté rápidamente en el sofá y abrí el sobre.
Todos los documentos eran copias, pero aún se apreciaban los sellos.
Cada uno de ellos era un resumen; no tenían ningún documento adjunto.
Solo contenían el número de identificación, la fecha de la denuncia, el lugar de lo ocurrido y la descripción del acto criminal cometido.
Por obvias razones, y por respeto a los denunciantes, no puedo publicar nombres ni detalles personales; esta información es de carácter estrictamente privado.
Pero lo que sí me llamó la atención fue que la mayoría de las denuncias habían sido hechas en provincia.
Al final de todos los folios había un documento en particular que llevaba como título: «Investigación policial y judicial derivada de denuncias en los últimos diez años».
El resumen de ese documento era el siguiente, y la última parte me dejó helado:
«Las investigaciones y pericias del Ministerio Público confirman la operación sistemática de redes de trata de personas enfocadas en el comercio de menores.
Esta dinámica criminal capta a mujeres y adolescentes en situación de extrema vulnerabilidad económica, quienes acuden a clínicas clandestinas con la intención de interrumpir su embarazo.
Los traficantes aprovechan esta precariedad para persuadirlas de llegar al parto —a menudo ofreciendo compensaciones económicas— para luego arrebatarles a los bebés.
Estos hechos no son aislados. Existen antecedentes documentados en 2005 y 2015 que involucran a exdirectores de la policía e integrantes de instituciones religiosas, evidenciando una red de encubrimiento y corrupción que burla los controles del sistema de salud y del registro de identidad.
El objetivo final de estas redes de tráfico trasciende los fines convencionales. Según las comunicaciones interceptadas a los imputados y las evidencias recolectadas, los menores comercializados son destinados a adopción irregular, así como fetos para ofrendas y/o rituales».
«Ofrendas y rituales». Cuando terminé de leer esta última parte, me quedé sin palabras.
Mi mente conectaba a Amanda, al Jefe y a toda su organización; pero lo que no podía entender en ese preciso instante era cómo las autoridades ya tenían cierto conocimiento de esto último: las ofrendas y los rituales.
¿Acaso no se había hecho nada? ¿La policía especializada no había realizado capturas?
Pero era más que obvio: el Jefe intervenía en esto.
Es decir, si el Poder Judicial emitía cualquier orden de captura, simplemente quedaba anulada.
¿Era esto parte de lo que hacía Amanda? ¿O la organización tenía a otras personas encargadas de ese trabajo?
Definitivamente esto iba a escala mundial; pero me equivocaba, porque iba muchísimo más allá.
La semana empezó nuevamente y no lograba concentrarme en el trabajo.
Mi cabeza le daba vueltas a los nombres de los denunciantes, las fechas y las descripciones de los crímenes.
No había encontrado nada específico en la capital; hubo algunos casos, pero databan del 2010.
No había nada reciente para poder conectar con lo que había visto esa vez: la maleta y aquel bebé.
Al terminar la semana no tenía ningún plan, pero quería volver a ver a Amanda, conversar con ella y, tal vez, poder sacarle más información.
Quería saber cómo se manejaban esos temas de las denuncias.
¿Estaba yo en lo cierto? ¿Acaso las denuncias se «truncaban» en el camino por obra de la organización para la cual ella trabajaba?
El sábado temprano decidí ir al gimnasio después de mucho tiempo. Llevaba poco más de una hora, y cuando estaba por terminar mi segunda serie de tríceps, el teléfono vibró anunciando un mensaje de texto. Era Aron.
—Noah... hablamos?... s i es que n o está s ocupado.
Respondí rápidamente.
—Sí, sí... ¿en el mismo lugar? —escribí.
—Sí, en el mismo.
Después de unos segundos, miré bien su primer mensaje. Me llamó la atención la extraña separación de letras en la última parte: «s i es que n o está s». La «S» separada, después la «O» y también la última «S»... S.O.S.
¡Estaba en peligro! O algo muy, pero muy urgente y grave estaba pasando.
—Mmm, entiendo. ¿Almorzamos a las 13 horas, ok?
—Perfecto.
Nuevamente los nervios comenzaron a invadirme de forma acelerada.
¿Qué estaba pasando? ¿Era por los documentos que me había dado?
¿Amanda ya lo había ido a visitar? ¿Había recibido alguna amenaza?
¿Alguien le había dejado una maleta en su escritorio?