La Valija de Amanda AÑO 1992 #2
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AÑO 1992 #2

Me acerqué, le entregué su copa junto a una pequeña servilleta y me senté frente a ella. Me agradeció. Yo estaba súper nervioso; sabía que su visita no era casualidad. Todo estaba fríamente calculado.

—Sabes, no es nada común que alguien con raíces hispanas se case con una mujer nórdica —comentó ella, estudiándome con la mirada—.

Conozco su cultura perfectamente. Mis padres y yo viajábamos a Suecia durante el verano y algunas Navidades.

Debo decir que no hay personas tan sistemáticas como los nórdicos: hablan solo lo necesario y parecen carentes de expresión; pero cuando forjas una amistad con uno de ellos, es sincera y casi infinita.

Cuéntame... ¿cómo se conocieron? ¿Cómo decidieron casarse?

Además, hasta ahora no me has contado prácticamente nada de ti.

—Tienes razón. Lo que pasa es que... te voy a ser sincero, y por favor no me malinterpretes. Como sabes tanto de mí, pensé que ya conocías toda mi vida, o al menos casi toda.

—Te equivocas. Sé lo esencial, solo lo que se requiere saber... —dijo, y continuó bebiendo de su copa.

Eso último me hizo replantear mi teoría: entonces había cosas que ella desconocía sobre mí. Claro, si es que lo que decía era cierto.

—Bueno, nos conocimos a bordo de un barco; ella era recepcionista y hacía un trabajo brillante.

Un día vencí mi timidez y la invité a salir.

Lo recuerdo como si fuera ayer: fue en Málaga, ambos teníamos ese día libre...

o bueno, unas horas libres. Comimos algo y conversamos.

Después de un rato me di cuenta de que teníamos varias cosas en común.

A partir de ese día nos encontrábamos por las noches para conocernos mejor.

Sin darnos cuenta, ya teníamos una relación y decidimos casarnos... bueno, a decir verdad, yo se lo pedí.

—Te felicito, porque entiendo que tienes una familia sólida. No solo porque hasta ahora sigues casado, sino porque venciste muchas barreras culturales.

—Sí, es cierto. Al principio fue muy difícil. Pensé que el haber dejado mi país desde joven para trabajar fuera era suficiente para conocer y entender a personas de diferentes rincones del mundo; pero es muy distinto cuando vives con uno de ellos.

—¿Y han planeado tener hijos?

Le mentí, a pesar de que mi esposa y yo lo deseábamos más que nunca.

—Bueno, aún lo estamos tomando en consideración, pero no está en nuestra lista de prioridades.

Estaba a la defensiva. Tenía que recordar constantemente cuál era la función de esa mujer; pero, por algún motivo, el solo hecho de conversar con ella me hacía sentir sumamente cómodo, y eso era lo peligroso.

Algo me decía que ella tenía algo «bueno» por dentro, una cierta candidez, y se me pasaba por la cabeza que luchaba contra eso.

—Entiendo —dijo ella en voz baja—. Es solo que el reloj biológico es el enemigo número uno para las mujeres que se quieren embarazar.

Esto último lo mencionó con una expresión de tristeza en el rostro.

Duró poco más de dos segundos; fue algo fugaz.

¿Acaso había estado embarazada en algún momento?

Era una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, obviamente en algún momento se había enamorado de alguien.

Tuve la intención de preguntarle, pero no quería volver a hacer «la pregunta incorrecta».

Era nuestra segunda copa y no podía desaprovechar la oportunidad para indagar sobre la lista de los Invulnerables.

—Sabes, te busqué hace como dos meses... pero no te encontré.

—Estuve trabajando... hago muchas cosas para el Jefe, no solo llevo o traigo maletas. Estuve fuera de la ciudad.

—Por favor, no te quiero molestar... pero quisiera saber un poco más de esa lista de los Invulnerables, es decir...

Me cortó rápidamente.

—No tienes por qué preocuparte por tu familia... y espero que entiendas que no te puedo dar más detalles al respecto.

Claro que lo entendía, pero ya no me importaba. Su última afirmación calmó esa paranoia que llevaba guardada. Además, mi esposa estaba a salvo a miles de kilómetros de distancia.

—Gracias... no voy a preguntar más al respecto. Te lo prometo... Pero volviendo al tema familiar, todos en algún momento nos hemos enamorado... tú... mmm...

—Por supuesto que sí. Me he enamorado —confesó mirándome directo a los ojos—.

Él era la persona perfecta. Aunque mis padres ya lo habían rechazado, a mí no me importó.

Pero sabía que no podía llegar a concretar nada con él y no tuve más remedio que dejarlo ir.

No era justo para él... El legado familiar era, y es, mi supremacía. Ya te lo había dicho: para esto nací.

En ese momento logré ver en ella ese orgullo familiar; definitivamente, su legado era demasiado pesado y no podía fallarle. Se puso de pie.

—Me tengo que ir. No vayas a buscarme a casa... yo te llamo primero y coordinamos.

—¿Me lo prometes?

—Por supuesto.

Todavía me quedaban varias preguntas, pero ahora eran de índole muy personal: ¿quién había sido ese hombre que logró robarle la mirada y tocar sus fibras?

Me lo imaginaba como alguien de un metro noventa, súper guapo.

Para enamorar a una mujer así tendría que haber sido un actor de cine, no un magnate, pues, por lo poco que la conocía, el dinero le importaba muy poco.

La acompañé hasta la calle; quería percatarme si conducía ella o si tenía chofer. Un hombre vestido muy elegantemente bajó del auto y le abrió la puerta. Antes de subir, ella se me acercó y me besó en la mejilla.

—Gracias por tu hospitalidad y tu sinceridad.

—Gracias a ti —fue lo único que atiné a decir.

Entró en la parte trasera del auto. El chofer cerró la puerta, corrió hacia el volante y arrancó el vehículo hasta perderse en la noche.

Todo estaba saliendo de maravilla. No había tenido necesidad de buscar a Amanda nuevamente; su visita había sido lo mejor que me había pasado en semanas.

Sin embargo, no quería que viniera a casa otra vez.

Era demasiado peligroso. Estaba solo y no quería ceder ni un milímetro ante cualquier tentación.

Recuerdo haber escuchado en una oportunidad a un predicador americano —no recuerdo bien si hablaba de un amigo o se refería a él mismo—, pero dijo algo así: «Lo único que le queda a cualquier persona que no quiera cometer adulterio es huir. No se les ocurra querer batallar o tratar de hacer algo,

porque no sirve de nada».

Y si bien es cierto que me había quedado a solas con Amanda durante una hora, ante semejante belleza, esto no me había ocasionado ningún tipo de pensamiento adúltero o de fornicación.

No lo voy a negar, mis ojos se desviaron muchas veces hacia su rostro y otros atributos, pero de ahí a pasar a otro nivel... no. No tenía ningún tipo de interés.

Lo que me intrigaba era cómo me había visto ella.

¿Qué era lo que tenía en mente? Las veces que nos habíamos visto se mostró muy cándida, con una educación que solo el sistema inglés te enseña.

No había percibido ningún tipo de coquetería, o al menos no lo había notado.

Aún no la consideraba una amiga, pero, en cierto modo, sentía que estábamos forjando el inicio de cierta amistad.

Me había propuesto que, en nuestro próximo encuentro, intentaría saber un poco más sobre ella, pero sin hacerla sentir incómoda; no quería que desapareciera.

Me interesaba saber de su vida. ¿Dónde trabajó por primera vez?

¿Dónde había conocido a ese hombre que le había robado el corazón, al menos por un tiempo?

Pero no podía alejarme de mi plan, tenía que seguirlo al pie de la letra.

Pasaron algunos días. En el trabajo todo era casi igual, tan monótono como en cualquier otra oficina. Llegó el viernes. Ese día tenía un horario diferente y salía un poco más temprano. Recuerdo que eran como las diez de la mañana cuando timbró mi teléfono.

—Noah, ¿qué tal?

Era Aron. Un cierto nerviosismo invadió mi cuerpo... pero eran nervios de logro, combinados con satisfacción y una pizca de felicidad.

—Hola... todo bien. Aún estoy en la oficina, pero dime.

—Dime... ¿almorzamos hoy?

No dijo absolutamente nada sobre lo que le había pedido, detalle que le agradecí mentalmente.

—Claro... mmm, ¿qué te parece a las dos de la tarde? Yo paso a buscarte.

—Perfecto. Pasas por mí... hay un restaurante muy bueno por aquí cerca.

Nos despedimos y rápidamente terminé el reporte que estaba redactando desde temprano.

Poco después del mediodía, salí de la oficina y me dirigí a casa para ponerme algo más cómodo (bueno, cualquier cosa era más cómoda que la ropa de oficina y los pantalones de vestir).

Inmediatamente después, salí rumbo a la estación policial.

Logré entrar después de anotar nuevamente mi nombre y número de documento. Aron ya estaba casi listo. Cargaba una mochila militar y aún llevaba el uniforme, pero después de saludarnos, simplemente dijo:

—Espérame un momento, ahora me cambio.

Era lo mejor que podía hacer; no quería que nadie me viera con un policía.

En ese instante, un pensamiento me saltó a la cabeza.

Bueno, no exactamente un pensamiento; más bien era una aseveración: ya me habían visto por aquí.

Si salía junto a él, iban a involucrarme con él, o mejor dicho, lo iban a involucrar a él conmigo.

Bajo ninguna circunstancia quería que le ocurriera algo.

Era obvio que sabía defenderse y siempre portaba su arma reglamentaria, pero ante estas personas o grupos que trabajaban para el Jefe, su arma y su entrenamiento no servirían de absolutamente nada.

Salí de su oficina y caminé casi corriendo hacia la salida de la estación.

Disminuí el paso bruscamente antes de que los guardias de la entrada pudieran darse cuenta de mi apuro.

Logré salir y crucé dos calles hacia el norte.

Cuando estuve a cierta distancia, vi un parque con muchos niños. Tomé el teléfono y lo llamé:

—Aron, discúlpame, tuve que salir porque tenía una llamada entrante de mi esposa y no lograba conectarse. Te espero en el parque que está a dos cuadras de la comisaría, hacia la avenida principal.

—Dale, no te preocupes. Justo acabo de terminar de cambiarme... voy para allá.

No me quedaba otra opción que mentir, no quería ponerlo en riesgo. Me aterraba la idea de que pudiera pasarle algo a él o a sus hijas.