La Valija de Amanda AÑO 1992
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AÑO 1992

Me había levantado temprano para ir al colegio.

Ya estaba acostumbrado; mi madre decía que yo era el que abría la escuela.

Era un día como cualquier otro. Esa semana habíamos elegido a la reina de la primavera del tercero de secundaria; era una tradición escolar donde cada aula escogía a su candidata y luego, en una ceremonia, se elegía a la reina de todo el colegio.

Como de costumbre, habíamos hecho una colecta para el vestido de nuestra representante, y ella había guardado el dinero en su mochila.

A media mañana, todos salimos al patio principal para el receso, que duraba unos veinte minutos.

Durante ese tiempo, todos estaban ocupados comiendo, conversando o tratando de enamorar a la chica que les gustaba. Nadie pensaba en volver al aula.

Eventualmente, tras terminar el descanso, retornamos a clases. Recuerdo que, apenas unos minutos antes de empezar la clase de Literatura, la reina, con voz alta y nerviosa, anunció:

—Alguien ha robado el dinero.

Todos fijamos los ojos en ella. Prácticamente había vaciado todo el contenido de su mochila sobre el pupitre; una de sus amigas se acercó para ayudarla. Inmediatamente alguien fue a llamar a la maestra encargada de nuestra aula. Después de unos minutos, llegó y comenzó a preguntar en voz alta:

—¿Quién fue el payaso que sustrajo el dinero?

Obviamente, nadie dijo absolutamente nada; solo comenzamos a mirarnos las caras.

Fue en ese instante que me percaté de la media sonrisa burlesca de uno de mis compañeros de clase.

Fue una sonrisa muy corta... era la de Edy.

Él era parte del grupo de los chicos problemáticos.

Había venido de otra ciudad por un tiempo; él y Aron eran muy buenos amigos, salían juntos y...

bueno, hacían otras cosas que no vale la pena mencionar.

Muchos adultos lo considerarían «cosas de adolescentes»; yo lo llamaría «falta de moral, producto del desinterés de los padres».

Después de que la maestra hiciera algunas preguntas a unos cuantos, incluidos Aron y Edy, el dinero nunca apareció.

Pero yo ya estaba convencido de que Edy lo había robado, o al menos tenía fuertes sospechas.

Al día siguiente, al terminar la clase de inglés, me acerqué a él y de frente, sin siquiera dudarlo, le solté:

—Edy, devuelve el dinero. Si quieres dámelo y yo se lo entrego a la profesora con el pretexto de que alguien me lo puso en mi mochila.

Todos en el aula sabían que la maestra me conocía desde niño, y no solo a mí; éramos varios los que habíamos estudiado juntos desde la primaria. La diferencia era que yo tenía una conducta casi intachable y siempre ocupaba los primeros puestos en los exámenes.

—¿De qué estás hablando? ¿Acaso eres idiota? No tengo nada...

Mientras decía todo eso, casi ahogado en improperios, miraba de un lado a otro.

Con las justas me sostenía la mirada; sus nervios terminaron por delatarlo.

Claro que no tenía ninguna prueba. No podía ir donde el director y decirle: «Señor, al preguntarle a Edy sobre el dinero robado, me esquivó la mirada y se puso nervioso».

Jamás me lo iban a creer, no viniendo de un muchacho de trece años.

Días después, corría el rumor por todo el colegio de que tanto Edy como Aron habían sido cómplices del hurto.

Desde la adolescencia, uno puede deducir por el perfil de sus compañeros cómo serán sus vidas en el futuro.

Es un hecho innegable que, si no hay una corrección a tiempo en la vida de esos muchachos que se creen invencibles y hacen lo que les viene en gana, su futuro no promete nada bueno.

Digo esto porque, después de muchos años, no lo volví a ver, pero recuerdo que en 2014 su nombre y el de otras quince personas salieron en televisión nacional.

La policía los había capturado como miembros de una banda de narcotraficantes que había movido toneladas de drogas.

Por un lado, no me causó impresión ver su nombre en esas circunstancias; por otro, en cierta manera me dio pena. No es común ver un día el nombre de uno de tus compañeros de escuela etiquetado como delincuente.

—Dime, Noah... ¿qué te trae por aquí? ¿Tienes algún tema con la justicia? —preguntó entre risas, devolviéndome al presente.

—Jaja... no, no, todo bien, gracias a Dios. Sabes, como te comentaba, estoy haciendo una especialización y una de mis asignaturas es Investigación Tecnológica, orientada a rastrear el tráfico humano. Y necesito algunos datos.

Tuve que mentirle. Él sabía que yo había sido militar, así que mi supuesta «especialización en tecnología» no podía fallar. Su sonrisa cambió por una expresión que combinaba asombro y preocupación. No me preguntó más sobre la universidad ni sobre quiénes eran mis profesores.

—Pero, ¿qué estás buscando exactamente?

—Mira, como es un curso de seguridad, necesito datos sobre denuncias de padres que han perdido a sus recién nacidos, o infantes menores de dos años, en los últimos cinco años.

—Noah, ¿sabes lo que me estás pidiendo?

—Sí. Por supuesto que sí... mira, es para un trabajo muy especial. Con esa información se puede crear un algoritmo de rastreo; el objetivo es encontrar ciertos patrones.

—Entiendo, pero esa información es muy confidencial. Además, se necesita un permiso judicial para extender alguna copia de los casos activos o recientes.

—¿Eso quiere decir que hay casos archivados en los últimos cinco años?

—No lo sé... mira, déjame ver qué es lo que puedo hacer, pero no te prometo nada.

Le agradecí y me comprometí a ir a almorzar juntos cualquier día que estuviera libre. Miré mi reloj y no quería molestarlo más... pero tenía que aprovechar ese momento, así que le lancé la pregunta:

—Aron, ¿recuerdas esa vez que le robaron a Mariana el dinero de la colecta para su vestido del reinado? Fue Edy, ¿cierto?

Él me miró con una expresión de sorpresa y confesó:

—Sabes, siempre admiré tu inteligencia para las materias y esa habilidad en los exámenes... casi siempre terminabas primero. Pero, sobre todo, admiraba tu perspicacia para ver las cosas... cosas que los demás no veían. Y sí, fue él. Bueno, fuimos ambos. Pero no quiero hablar de eso.

Vi cierta tristeza en su rostro. Claro, ambos sabíamos que su «compañero» estaba preso. Después, añadió:

—Yo estuve en el equipo que participó en su captura. Tenía que hacerlo, era mi deber; habíamos sido muy amigos. No lo había visto en años hasta que su nombre apareció en la investigación preliminar. Pero primero soy policía.

—Entiendo. No debió ser nada fácil.

Me despedí, pero antes le recalqué que, si conseguía la información, me llamara a mi nuevo número para pasar a recogerla; quería evitar a toda costa los correos electrónicos.

Cuando llegué a casa, me contacté con mi esposa para pasarle el número.

No quería olvidar aquello, ya que corría el riesgo de que ella me buscara usando todos los medios posibles.

Al día siguiente tenía que levantarme temprano para ir a trabajar, pero mi mente estaba ocupada pensando en cómo encontrar a Amanda. Me hice muchas preguntas, aparte de las que ya me había causado el no haberla encontrado las últimas veces que fui a buscarla.

Ya estaba al tanto de una importante reunión que se iba a celebrar en mi ciudad: la famosa Cumbre Asiática.

Líderes de muchos países iban a reunirse en unos pocos meses, y esa era mi oportunidad para encontrar a estas personas vendidas al famoso Jefe.

En ese mes no solo iban a llegar presidentes, sino también empresarios de diversas naciones.

Definitivamente no podía desaprovechar esa cumbre, que duraría una semana.

Tenía casi seis meses para prepararme, o al menos para obtener la mayor cantidad de información posible; pero, además, necesitaba un plan para infiltrarme en el evento.

O al menos, estar lo más cerca posible. Era más que obvio que iba a necesitar ayuda, ya que en esos días los lugares de reunión estarían fuertemente resguardados.

La primera idea que me vino a la cabeza fue pedirle ayuda a Aron, pero por ahora solo era una idea que revoloteaba en mi mente.

Al día siguiente, después del trabajo, tenía que ir a estudiar, pues me faltaba muy poco para terminar mi especialización. Llegué a casa y, cuando estaba a punto de salir, sonó el timbre. Yo vivía en un primer piso; tenía intercomunicador, pero era más fácil asomarse por la ventana.

Corrí un poco la cortina y ahí estaba ella.

Amanda estaba de pie, con la mirada clavada fijamente en mi ventana.

Un escalofrío repentino me recorrió todo el cuerpo, pero al mismo tiempo me sentí feliz.

Era una mezcla de sensaciones que tenía que saber controlar...

al más mínimo paso en falso podría caer en su encanto.

Además, yo estaba seguro de que ella ya sabía que mi esposa no estaba en la ciudad.

Me apresuré a abrir la puerta principal desde el interruptor y salí a recibirla.

Ella se acercó con esa sonrisa casi familiar y me besó en la mejilla.

Dios santo, estaba tan bella; su perfume era increíblemente cautivador.

—Hola, Noah. Han pasado muchas semanas desde la última vez que nos vimos...

Mientras le indicaba el camino hacia la entrada de mi departamento, quería que pasara rápidamente para evitar las miradas de cualquier vecino curiosos. Había llegado en un auto muy lujoso con ventanas polarizadas; no logré ver si había un chofer esperando por ella.

—Sí... por favor, entra. Siéntate... no sé qué servirte u ofrecerte.

No me había dado cuenta de que llevaba una botella de vino en el bolso, hasta que me la entregó.

—La misma botella. Me he dado cuenta de que te encanta el Merlot.

A estas alturas ya no me interesaba si realmente se había dado cuenta por mi reacción anterior o si ya sabía todo de mí desde mucho antes. Seguramente ambas eran correctas.

—Gracias... bueno, sí... ahora lo abro. ¿Deseas un poco de hielo? —le pregunté para sonar mucho más amable.

—Sí, solo un par de cubos.

Me apresuré a buscar el sacacorchos; no tenía ninguno eléctrico, pero había aprendido a abrir botellas de vino en uno de mis contratos en los cruceros, gracias al buen entrenamiento que me dio un amigo sommelier.

Mientras tanto, ella no quitaba la mirada de las paredes.

Tenía pocos cuadros colgados; uno de ellos era la foto de mi boda.