AÑO 1998 #3
En aquel año aún no existía la portabilidad para mantener el mismo número al cambiar de compañía, así que esa era la excusa perfecta para deshacerme de mi línea, la cual, además, no estaba vinculada a ningún banco ni centro financiero.
—De acuerdo, pero me avisas apenas tengas el número nuevo... voy a estar esperando —respondió ella.
—No te preocupes, todo va a estar bien. Aprovecha el tiempo aquí para apoyar a tu mami; recuerda que ahora es viuda.
Me moría de ganas de prohibirle usar el correo electrónico, pero se habría dado cuenta. Ella ya se olía ciertas cosas, aunque, afortunadamente, su mente ahora estaba ocupada en la casa de sus padres.
Ya en el avión, me dediqué a ajustar y afinar mi plan.
Tenía que encontrar a Aron. Además, compartíamos una vieja intriga no resuelta que nos había involucrado a ambos en la secundaria.
Por otro lado, ya había contratado un servicio de VPN para poder conectarme de forma segura desde casa (algo que en esos años aún era bastante costoso).
Después de eso, me tocaría montar guardia frente a la casa de Amanda; las últimas veces que la fui a buscar me sentí demasiado frustrado al no hallarla, al punto de pensar que estaba jugando a nivel psicológico conmigo.
La tercera parte del plan era lograr conocer, o al menos ver de lejos, a uno de los miembros de esa Élite que se daba festines con seres humanos. Amanda no me había dado mayores detalles, pero era obvio que en una reunión de esa calaña no se conformarían únicamente con el «líquido».
Cuando por fin llegué a casa, me di un baño y me fui directamente a la recámara. Quería dormir lo más pronto posible; no había pegado un ojo en ninguno de los dos vuelos con tal de poder vencer el desfase horario. Por fortuna, llegué un sábado, así que tenía todo el domingo libre para buscar a Aron.
Me levanté temprano, preparé un poco de café y, con mucho apuro, salí rumbo al centro comercial.
Pero, ¡qué idiota! Al llegar me di cuenta de que todo estaba cerrado aún.
Tenía que esperar un par de horas, así que regresé a casa sin pensarlo mucho para terminar de desempacar y limpiar un poco.
Cuando me di cuenta, ya eran casi las once de la mañana.
Tomé mis cosas y retorné al centro comercial.
Al llegar a la tienda de telefonía, solo atiné a recalcarle al vendedor que necesitaba activar una nueva línea lo más pronto posible.
Ya con el número nuevo activado, volví a mi hogar.
Encendí mi laptop, activé la VPN y me puse a investigar sobre Aron.
Lo último que sabía de él era que tenía a su cargo una de las comisarías en la capital.
No fue muy difícil localizarlo: en la página oficial de la policía apareció su nombre completo, con su cargo activo y su ubicación.
Solo figuraba un teléfono fijo público, así que marqué sin dudarlo.
Tras unos segundos, un agente contestó muy amablemente.
Le pregunté si el teniente Aron estaba de guardia ese día.
Hubo una pausa en la línea; al parecer, el agente estaba revisando los horarios.
Finalmente, me confirmó que la guardia del oficial empezaba a las veinte horas. Le agradecí y colgué de inmediato.
Tenía que verlo en persona; no podía desaprovechar la suerte de que justo ese domingo estuviera trabajando.
Era la oportunidad perfecta. Preparé algo de comer y regresé a la cama, pues el desfase horario sí me había afectado un poco.
Cuando desperté, eran casi las seis de la tarde. Me alisté y salí rumbo a la comisaría.
Al llegar, los dos policías de la entrada me preguntaron el motivo de mi visita.
Sin vacilar, les dije que necesitaba ver al oficial Aron por motivos personales.
Me revisaron y, tras apuntar mi nombre y número de identidad en el libro de novedades, me permitieron el acceso.
Obedecí las instrucciones que me dieron: «En el siguiente corredor, a la derecha».
Al llegar, vi una placa en la puerta que decía: «Teniente H. Aron». Toqué, y desde adentro respondió una voz con un tono casi militar:
—Adelante, por favor.
Abrí la puerta y asomé la cabeza.
—Hola, Aron... ¿cómo has estado?
El levantó la mirada de su escritorio, algo sorprendido, y entrecerró los ojos para enfocarme.
—Mmm... ¿Noah?
—Así es, después de tanto tiempo... ¿cuándo fue la última vez que nos vimos? Hace unos seis años en una de mis vacaciones, allá por el centro.
Nos dimos un pequeño abrazo y me ofreció sentarme frente a su escritorio. Su oficina era sencilla, con una computadora y varias carpetas a un lado, además de algunos cuadros en la pared que mostraban su entrenamiento como policía.
—Sí, hace ya varios años. ¿Y qué ha sido de tu vida? ¿Sigues trabajando fuera del país? Cuéntame.
—No, ahora estoy trabajando por aquí y también estoy haciendo una especialización... me casé. Todavía no tenemos hijos... pero estamos trabajando en eso.
No quería entrar en detalles, ya que siempre he querido mantener la vida de mi familia en privado, y ahora más que nunca.
Pero tampoco quería parecer reacio, pues necesitaba sacarle información.
Conversamos de todo un poco: de su familia, de sus dos hijas y de su proceso de divorcio.
Recordamos algunas anécdotas del colegio, y fue entonces cuando aproveché para sacarme aquella duda de lo ocurrido en la secundaria.