AÑO 1998 #2
Yo había aprendido que cuando ella alzaba la voz o se quejaba de cualquier cosa, me quedaba callado o simplemente decía: «Disculpa, pero continuamos mañana», y ella se ponía histérica.
Sé que era un error por mi parte, pero no me agradaba la idea de escucharla quejarse por horas.
Lo peor era que, cuando llegaba del trabajo después de una discusión, me encontraba dizque dormido.
—Lo que pasa es que he tenido algunos problemas en el trabajo... pero ya está todo casi solucionado —le dije.
—Pero, ¿qué pasó?
—Nada, tonterías que suelen pasar en los inventarios... pero ya está casi ajustado en el sistema.
No podía contarle nada aún, no era el momento adecuado. Tenía que obtener algunas respuestas. Lo hacía por su seguridad y también por la del resto de mi familia.
—Ok, habrá que creerte... —replicó ella con una sonrisa casi forzada.
En ese momento sonó su teléfono. Contestó y me dijo en voz baja:
—Es mi hermano.
—Mándale saludos.
Se metió al cuarto a contestar la llamada. Yo aproveché para lavar la vajilla y terminar de limpiar la mesa. Después de veinte minutos, ella se dirigió a la sala, se sentó en el sofá y comenzó a llorar. Corrí hacia ella. Nunca la había visto así de triste antes. Solo pregunté:
—Pero, ¿qué pasó?
—Mi papá falleció durante la madrugada... al parecer por un paro cardíaco.
La abracé para consolarla y, sollozando, añadió:
—Tengo que viajar esta semana para el funeral. ¿Vienes conmigo?
—Tengo que preguntar en mi trabajo. Déjame ver eso hoy mismo.
Llamé a mi jefa, le conté la situación y me dio luz verde para viajar, pero solo por dos semanas.
Como ya había tomado mis vacaciones anuales, era un permiso excepcional.
Abrimos la página de búsqueda de vuelos, pero casi todos estaban llenos.
Encontramos uno de bajo costo; era el único que salía en cuarenta y ocho horas.
Mi suegra quería que estuviéramos allí lo más pronto posible.
Alistamos las maletas. Era obvio que tenía que acompañarla; con todo lo que ya sabía y siendo consciente de que prácticamente me estaban vigilando, no podía dejarla sola. En ese momento, una duda me paralizó: «¿Y si ellos mataron a mi suegro?», me pregunté. ¿Acaso era posible?
Mi esposa no se dio cuenta de mi súbita falta de movimiento. Continué haciendo el equipaje y, cuando terminé, le dije:
—Mira, tenemos casi treinta y seis horas antes del vuelo. Antes de irnos, tengo que hacer algo urgente... es por el trabajo —le mentí.
—Dale, pero no te demores.
Ya había pedido un taxi por aplicación que me estaba esperando.
Le di el destino de siempre: L1017. Cuando llegué, toqué la puerta otra vez, pero no hubo respuesta.
Esperé unos minutos y nada. ¿Acaso se habría mudado?
Me aparté un poco de la entrada para poder divisar la ventana del segundo piso: la misma luz seguía encendida.
Esperé casi una hora, pero nadie abrió la bendita puerta.
Volví a casa. Mi esposa había pedido comida a uno de los restaurantes cercanos y ambos apenas probamos bocado.
Todo era muy abrumador. La muerte de mi suegro había hecho que mis cinco sentidos estuvieran alerta a cada mínimo movimiento.
¿Y si ambos estábamos en peligro? ¿Y si todo eso de la lista selecta de los Invulnerables era pura patraña?
Nos fuimos a la cama mucho más temprano que de costumbre. Conversamos un poco; ella me hacía recordar cosas que había vivido en su infancia junto a su padre.
Mi suegro era una persona muy callada. La primera vez que lo conocí, él regresaba de dar una vuelta por el campo.
Ya estaba jubilado y se había dedicado a la ganadería; era de contextura gruesa y medía un metro ochenta de estatura.
Era un hombre de pocas palabras. Recuerdo haber comentado con mi esposa que él parecía un ermitaño: no salía del campo y jamás quiso mudarse a la ciudad.
Todos sus hermanos se habían marchado a las grandes urbes, pero él eligió quedarse con la casa de campo y seguir trabajando allí.
Mi esposa me había contado varias veces que, de niño, él salía a caminar por horas y se perdía entre los arbustos y los árboles.
Amaba la naturaleza. No tenía muchos amigos, solo los vecinos que habían crecido con él.
Tenía un carácter muy duro; siempre tuve la idea de que, si su país entraba en guerra, él hubiese sido el primero en estar en la primera línea de batalla. Era un patriota que amaba a su país.
Después de casi una hora de recordar su casa y, especialmente, algunos pasajes de la vida de su padre, nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente despertamos temprano, sin apuros.
Yo aproveché para darme una ducha, pero antes miré mi teléfono para ver si tenía algún mensaje...
nada. Ya con las maletas hechas, enrumbamos hacia el aeropuerto.
Yo había comprado el boleto de ella abierto, sin fecha de retorno, aunque el plan era que regresara después de tres meses.
Como yo solo podía estar fuera por dos semanas, ya tenía mi pasaje de vuelta.
Todo había encajado a la perfección, porque al regresar iba a estar solo, lo que me permitiría poner en marcha mi plan, el cual ya tenía casi listo.
Más o menos disponía de tres a cuatro meses para ejecutarlo, antes de que ocurriera lo inevitable.
Mi plan era sencillo: encontrar a Amanda como diera lugar y hacer las preguntas correctas.
Me había propuesto no descansar hasta conocer, al menos, a una de esas personas que habían hecho pacto con el Jefe.
No quería entablar conversación con ninguno de ellos; solo quería saber un nombre, alguien real y con pruebas contundentes.
Pero la única prueba que podía obtener saldría de la boca de Amanda; sabiendo eso, podría tener una idea de por dónde empezar.
Sin embargo, antes de encontrar a Amanda, tenía que buscar a mi amigo del colegio, Aron.
Habíamos estudiado juntos por más de siete años, nos conocíamos desde niños.
Él había sido un chico problemático, pero enderezó su vida tras la muerte de su padre y se convirtió en oficial de policía.
No nos habíamos visto en años, pero él podría darme información oficial sobre gente desaparecida o denuncias de padres que perdieron a sus bebés en los hospitales.
Cierta información ya la había buscado en internet, pero todo se reducía a noticias con investigaciones muy pobres.
El vuelo salió casi a las diez de la noche.
Teníamos que hacer escala en Ámsterdam. Después de casi dos días de viaje, sumando la escala y los tiempos de espera, llegamos a la casa de mi suegra.
Mis cuñados y ella apenas articulaban palabra; me imagino que ya habían apagado su dolor llorando horas antes, pues habían pasado casi cuatro días desde la muerte de mi suegro.
Su cuerpo se lo había llevado la policía para realizar la autopsia y el peritaje de ley, ya que había muerto en su casa y tenía solo sesenta y ocho años.
Mi suegra me abrazó y le di el pésame en inglés, que inmediatamente fue traducido por mi esposa.
Luego, las dos se echaron a llorar. Les alcancé a ambas un poco de agua, pero las dejé a solas porque sabía que querían conversar.
Mis cuñados con las justas me devolvieron el saludo y el pésame, y luego ambos se retiraron a sus recámaras.
Habían viajado desde lejos apenas su madre les avisó de lo acontecido.
Ya por la noche, mi esposa y yo nos fuimos a su recámara, que era la misma que tenía desde niña, y me contó algunos detalles.
Mis suegros llevaban muchos años durmiendo en camas separadas, y no era porque estuvieran peleados o se llevaran mal, sino por mutuo acuerdo; al parecer, descansaban mejor así.
La última noche, él se fue a dormir como siempre y comenzó a roncar.
No era algo inusual, lo hacía desde hacía años.
Pero, ya muy entrada la madrugada, mi suegra escuchó dos ronquidos muy fuertes que la despertaron.
Después de eso, un silencio absoluto. Entre sueños, ella pensó que por fin se había callado, pero muy en el fondo le había entrado un temor silencioso; sabía que algo era diferente, aunque no le prestó mayor atención.
Muy temprano por la mañana, mi suegra estaba preparando café.
Al ver que él no bajaba, comenzó a llamarlo, pero nada.
Fue ahí cuando se asomó a la cama y se dio cuenta de que no respiraba.
En ese instante llamó a la policía y a sus hijos.
Cuando los agentes llegaron, constataron que efectivamente estaba muerto.
Yo quería conocer el parte médico y el reporte de la autopsia, pero los resultados iban a demorar meses.
Justo antes de mi regreso, se celebró el velorio.
Era la primera vez que presenciaba uno al estilo nórdico; fue una experiencia diferente.
Algunos familiares hicieron una pequeña reseña de lo que había significado la vida de mi suegro, recordando su niñez y distintos pasajes de su historia.
Un ministro luterano dio un breve mensaje del cual no entendí casi nada.
Inmediatamente después se llevó a cabo el entierro.
Los familiares más allegados alzaron el ataúd con cierta elegancia, utilizando unas cintas que ya estaban sujetas a los costados, y nos dirigimos todos hacia la cripta familiar.
Mi esposa me tenía tomado del brazo. No pronunciaba palabra, pero se mantenía muy estable en comparación con los días previos.
Un día antes de dirigirme al aeropuerto para emprender mi retorno, empaqué todo.
Me sentía tranquilo, ya que mis cuñados se iban a quedar en la casa familiar por varias semanas, lo que les brindaría protección a mi esposa y a su mamá.
Además, vivían en un lugar muy alejado de la ciudad, una villa hermosa rodeada de pequeños lagos y bosques de pinos.
Me despedí de mi esposa, recordándole que nos comunicaríamos cuando fuera necesario.
Le sugerí que pasara más tiempo con su mamá y le aseguré que todo iba a estar bien.
A decir verdad, mi intención era que ella usara lo menos posible el correo electrónico o el teléfono celular.
Recordé aquella vez que Amanda me llamó sin siquiera conocer mi número; era obvio que tenía mis registros y, muy probablemente, mi línea estaba intervenida.
Para no alarmarla con mi paranoia, simplemente le dije:
—Cuando llegue a casa voy a cambiar de operador. La cobertura es malísima, sobre todo cuando estoy en espacios cerrados o en la oficina.