La Valija de Amanda AÑO 1998
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AÑO 1998

Me faltaban un par de años para graduarme de la Escuela Naval.

Ese fin de semana estaba de franco. Había seguido todas las reglas que, como cadete, tenía que cumplir para poder salir; odiaba quedarme arrestado.

Tenía veinte años y quedarme era como estar en la cárcel: no había nada que hacer salvo seguir la rutina y estudiar.

Pero ese fin de semana aproveché para ir a una de las conferencias de teología que se impartía en un auditorio cerca de mi casa.

Asistía a una iglesia local desde niño...

ya para esa fecha conocía algo de teología.

Realmente no era un lector asiduo del Libro Sagrado, pero algo sabía, y estaba muy curioso por esa conferencia que había sido anunciada unas semanas antes.

El conferencista era un teólogo americano muy reconocido.

El título para esa noche (dado que era una serie de muchos temas impartidos en siete días) era «El castigo eterno» o algo similar.

La clase no duró más de una hora. Entre todas las cosas expuestas —como el tribunal formal donde el Creador, un juez perfectamente justo, dictará un veredicto final, y la falta de inocencia de todos los seres humanos—,

hubo algo que siempre me llamó la atención porque nunca lo había escuchado de esa manera.

Había asistido a muchas prédicas donde varios ministros hablaban sobre el infierno como el lugar letal y más horroroso, indescriptible con palabras humanas, un lugar para los pecadores lleno de ángeles caídos o demonios.

Pero esa noche escuché algo diferente. No digo que todo lo anterior no sea cierto, pero este conferencista dijo algo que realmente me aterró en ese momento.

Son esas cosas que escuchas y nunca olvidas: «De hecho, el mayor terror del infierno es que el Creador está allí castigando activamente. La verdadera salvación es ser salvado de la ira del Creador».

Esa última parte: «ser salvado de la ira del Creador». Entendí por primera vez que el infierno no era sencillamente un lugar aterrador. No, no. Era estar a espaldas de la misericordia del Creador, recibiendo toda su ira posible. Era más que aterrador... era pavoroso.

No me sorprendía que el Jefe supiera todo eso.

Hasta ese momento, el terror o pánico que sentía se había convertido en preocupación.

Pensaba en mi esposa, en mi madre, en mi hermano...

No quería que ellos pudieran estar en peligro por el solo hecho de que yo hubiera visto esa maleta o conociera a Amanda.

Ya sabía lo suficiente: personas que se alimentaban de la sangre de inocentes recién nacidos, una bella mujer que era pieza clave en el tráfico humano, informantes regados por todo el mundo...

Y esa era mi gran duda: ¿quiénes eran estos informantes?

¿El FBI estaba metido en esto también? ¿El Mossad israelí?

Al final, se me vino a la mente lo que Carlos me había comentado años atrás: «Noah, ¿sabes que hay personas que beben sangre de bebés y luego se los comen?»

. ¿Cómo sabía él todo eso? ¿Acaso también era parte de esta organización?

Era mi oportunidad de preguntarle a Amanda; ella debía tener alguna información sobre él. Sin vacilar, pregunté:

—Amanda, entiendo que todos estos informantes han estado activos por muchos años, ¿correcto?

—Sí... pero Noah, recuerda hacer las preguntas correctas, y todo va a estar bien.

—Claro está, me lo has mencionado tantas veces —dije. (Esta era mi oportunidad, ella me había dado prácticamente un resumen muy completo de a qué se dedicaba su organización). Continué

—: Pero, bueno... sabes, hace muchos años conocí a una persona que trabajó conmigo a bordo de un barco de pasajeros. Su nombre era Carlos... ¿Él fue parte de tu organización? ¿Trabajó para ustedes?

—Bueno, la pregunta es válida. Él no, pero su padre sí.

En cualquier trabajo común, cuando ya no te sientes a gusto o encuentras un mejor empleo, simplemente renuncias.

Pero aquí no. Ronny había sido reclutado; hacía trabajos simples...

Aceptó el trabajo por el dinero. Después de unos años...

simplemente no pudo más. Quiso esconderse, pero nadie puede esconderse del Jefe.

Unos años después, lo encontraron colgado en su departamento.

—Entonces... Carlos...

—No, no. Él pertenece a la lista de los Invulnerables.

Sentí alivio por él, y por saber que, aun conociendo ciertas cosas del trabajo de su padre, no le había pasado nada.

—Y... ¿tú tienes la lista de los nombres de los Invulnerables?

Quería preguntar nombre por nombre: el de mi esposa, mi madre, mi hermano menor, el de mis abuelos y hasta el de mis suegros. Me moría de ganas por saber si sus nombres estaban escritos en esa lista tan selecta.

—Noah, tienes que retirarte... tengo que salir en unos minutos.

Su rostro cambió. Estaba seria. Definitivamente había hecho la pregunta incorrecta; no le había gustado para nada. Me paré y, antes de irme, solo la miré y le dije:

—Disculpa, no quería... tú sabes.

Ella no dijo nada. Solo dio media vuelta y subió las escaleras. Caminé hacia la entrada principal. Pensé que estaría detrás de mí, pero nada. Quería que estuviera allí, aunque fuera para decir adiós. Era obvio que estaba muy enfadada. Algo tendría que hacer para poder regresar nuevamente.

Cuando comencé a caminar, una idea me asaltó: «¿Solo por hacer una pregunta equivocada alguien iba a aparecer de repente con un arma y dispararme? ¿O simularían un accidente de tráfico?»

. Nuevamente, corrí y encontré un taxi estacionado para irme directamente a casa.

Mientras el taxista conducía, yo observaba sus expresiones por el espejo retrovisor...

¿y si era un informante? Era un señor de mediana edad, que, cuando se dio cuenta de que lo observaba tan detalladamente, atinó a preguntar:

—Señor, ¿todo bien?

—Perdón... sí, todo bien... solo que... olvídelo, todo está bien —respondí.

Cuando llegué a casa, no había nadie. Recordé que mi esposa estaba llena de clases hasta la noche.

Le hice una llamada breve para saber si todo estaba en orden; todo sin novedad.

Aproveché para darme una ducha. Después de comer algo, encendí mi laptop y comencé a buscar información sobre ella...

Amanda. Aun enfadada se veía bella; hasta puedo asegurar que molesta se veía aún más hermosa.

¿Pero era posible tanta belleza? Escribí su nombre en el buscador y me salieron cientos de opciones.

Claro, si tan solo tuviera su apellido. Lo único que sabía era su nombre, su lugar de nacimiento, que provenía de una familia rica y, por supuesto, a lo que se dedicaba.

Pero algo saltó de inmediato en mis pensamientos: en todo su último relato, cuando se refirió a las personas que vendían sus almas al Jefe, no lo hizo con agrado; y lo mismo pasó cuando habló del proceso de transferencia espiritual.

Es más, pude notar una expresión de asco en su rostro.

¿Acaso ella estaba pensando en dejar su trabajo?

Pero era imposible; si lo dejaba, también iba a desaparecer como la enfermera o el papá de Carlos.

Además, ella tenía otro rango en esa organización.

Algo no me quedaba claro: ¿su trabajo era solo trasladar los cuerpos?

Era obvio que no. ¿A dónde los llevaba? ¿Quién o qué era el siguiente eslabón en la cadena de entrega?

Y la pregunta más importante: ¿quiénes eran estas personas «sin almas» que saciaban la felicidad del Jefe?

Tenía que encontrarme nuevamente con Amanda.

Nuestra última reunión no había terminado muy bien por mi «equivocada» pregunta.

¿Debía esperar una llamada suya? ¿O simplemente aparecer en su casa?

Me decidí por esperar, pero cada día que pasaba me sentía más desesperado.

Quería verla... tenía que verla. Quería saber más.

Pasaron tres semanas y nada, ni siquiera una llamada perdida.

Estaba como loco revisando mi teléfono a cada momento para ver si tenía una llamada entrante, chequeando mi correo electrónico (y la carpeta de spam) a ver si me había llegado algún mensaje extraño.

Pero nada, solo correos publicitarios. Decidí ir ese día, simplemente no podía aguantar más.

Me mataba la idea de que ya no la iba a volver a ver y que todo lo que rondaba en mi cabeza se quedaría sin respuesta.

Salí del trabajo, corrí hacia el ascensor y apreté el botón de bajada tantas veces que el agente de seguridad me preguntó: «¿Está bien, señor?»

. El ascensor se abrió y me metí sin dar respuesta alguna.

Después de los interminables quince pisos, llegué a la recepción, divisé un taxi y le señalé al conductor:

—Por favor, deprisa... a la L1017.

El tráfico a esa hora es simplemente desquiciante.

Después de casi una hora llegué a mi destino.

Tras pagar, bajé rápidamente y toqué el timbre una sola vez.

Quería tocar varias veces seguidas, pero no quería que ella supiera que estaba desesperado (aunque, bueno, de repente ya lo sabía).

Pero nadie abrió la puerta. Toqué una segunda vez...

nada. Esperé unos diez minutos, diciéndome: «De repente se quedó dormida».

Pero nada. Me quedé cinco horas esperando.

Ya había oscurecido y comencé a observar las ventanas; había una luz encendida, pero no me había percatado de ella antes.

No había remedio, tenía que regresar otro día.

Volví a casa desilusionado, desesperado y molesto...

pero tenía que cambiar mi mal humor, o al menos aparentar algo diferente.

Tuve suerte ese día: cuando llegué, mi esposa aún no había vuelto.

Me asusté, pero recordé que tenía clases hasta tarde.

Me fui a acostar directamente, no quería probar bocado; hasta el hambre se me había ido.

Cuando mi esposa llegó a casa, me hice el dormido; no quería hablar con nadie en ese momento.

Ella se acercó para decirme algo, pero al verme con los ojos cerrados, dio media vuelta hacia el comedor.

Al día siguiente por la mañana, yo ya estaba sentado en la mesa con el teléfono en la mano para ver si tenía algún mensaje o llamada. Pero nada. Mi esposa se sentó frente a mí y, sin vacilar, me dijo:

—Ayer no probaste bocado, la comida está tal como la dejé antes de irme a trabajar... Noah, ¿me vas a decir qué es lo que está pasando?

—Pero, ¿a qué te refieres?

—Noah... te hiciste el dormido. Recuerda que soy tu esposa y te he visto hacer eso muchas veces. Creí que ya habíamos superado esa etapa.

En el primer año de casados discutíamos constantemente.